Jonathan regresó a sus mejores días a la improbable edad de 35 años, cuando menos se espera en una especialidad que requiere elasticidad, fuerza y rapidez. Ganó la final de triple salto con una marca de 17,92 metros, la novena mejor de todos los tiempos, cercana a aquellas que consiguió en 1995, cuando protagonizó las mejores actuaciones que se han visto jamás. Aquel año saltó 18,29 en los Mundiales de Gotemburgo, en una serie inolvidable de saltos porque representaban el ideal de los triplistas. Se pensó que aquella sería la cima de su carrera, un atleta de 29 años que había sido transportado a algún lugar desconocido del atletismo. Lo normal sería un declive más o menos pronunciado. Pero resulta que lo mejor de su trayectoria deportiva ha llegado en los últimos seis años. Subcampeón olímpico en Atlanta, segundo en Atenas, tercero en Sevilla, campeón en Sydney, ganador en Edmonton, donde logró su mejor marca en los tres últimos años. Tal y como definen los americanos a esta clase de esplendor crespuscular, el verano indio de Edwards no tiene comparación.
Dice que nunca que se ha sentido más relajado. 'La victoria en Sydney me quitó un enorme peso de encima', declaró ayer. Edwards corría el riesgo de convertirse en uno de los ilustres malditos que nunca habían conseguido una medalla de oro en los Juegos. Su magisterio en el triple era tan grande que sólo se le permitía la victoria. Con Edwards no valía los segundos o terceros puestos. Tampoco él se lo permitía. Sabía que Sydney era su última oportunidad para cerrar el círculo sagrado: campeón mundial, plusmarquista, campeón olímpico. Lo consiguió y se dio este año como una temporada de felicidad. Por fin disfrutaba de la posibilidad de competir sin presión, simplemente quería dedicarse a saltar. Ahora reconoce que no pensaba llegar tan lejos. 'Creía que nunca volvería a saltar tanto como en 1995 y 1996', manifestó.
Su único síntoma de debilidad en Edmonton fueron los calambres que sufrió en los tres últimos saltos. Pero cuando necesitó demostrar su prodigiosa técnica, nadie logró oponerse. Junto a sus cualidades técnicas y a su calidad como atleta, el saltador británico es un competidor implacable. En la serie de clasificación para la final, se vio comprometido en una situación límite: después de los dos primeros saltos figuraba en el 16º puesto, lo que le impedía entrar en la final. Es el tipo de momento que pone a prueba la confianza y el sistema nervioso de los atletas. Edwards lo resolvió con un salto de 17,45 metros que le sirvió para clasificarse y enviar un aviso para navegantes, especialmente para el joven sueco Christian Olsson, un admirador furibundo del inglés. Olsson es 14 años más joven que Edwards y parece su sucesor in pectore. Es un saltador altísimo, de cerca de dos metros, procedente del salto de altura. Hace pocas semanas derrotó a Edwards, en lo que se anunció como un intenso duelo que no tuvo lugar. Después de un discutido salto nulo que valía más de 18 metros, el gran campeón dejó las cosas claras. Con una carrera extremadamente veloz y un tempo perfecto en los saltos, todos elásticos, casi ingrávidos, perfectos, Edwards cerró la competición en el tercer intento. No le hizo falta mirar al marcador para comprobar la medición. Se sabía ganador. Fueron 17,92 metros, una distancia prohibida para todos los saltadores actuales. Excepto para el pálido canguro de Newcastle.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001