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COLUMNA

¡Noticia bomba!

Finalizada la campaña, los acampados de Sintel desmontaron sus tiendas y levantaron el campo. Los sitiadores, que eran a la vez sitiados, soportaron un largo invierno, una primavera destemplada y buena parte de un verano tórrido, sobre un kilómetro de acera del paseo de la Castellana y volvieron a verificar la validez de ese lúcido aforismo ibérico que afirma que en este país triunfa el que resiste. Los sintelianos contaron con el apoyo y con la solidaridad del pueblo de Madrid; pues, quien más quien menos, entre la clase trabajadora, ha vivido en carne propia o cercana las humillaciones del desempleo y ha sido víctima de privatizaciones, remodelaciones, flexibilizaciones y reconversiones abusivas al amparo del Ministerio de Economía y Hacienda, esa gris fortaleza del paseo de la Castellana, cercada, por segunda vez en unos años, por los descontentos.

El primer campamento de la Castellana fue el más juvenil del 0,7%, y sus integrantes tuvieron que desmantelarlo sin conseguir sus fines globales y solidarios, pero obtuvieron una pequeña y significativa victoria al llamar y fijar la atención sobre los problemas de la globalización y su cara oscura. Ellos fueron como un anticipo de estas concentraciones anti-g, que hoy se reproducen allá donde van los ricos del mundo para seguir perfeccionando la receta de una pócima que pretenden hacer pasar por panacea y que comienza atrabiliariamente por purgar a los que no tienen nada que comer, a las economías más pobres.

Los acampados, en vísperas de su partida, ofrecieron al Ayuntamiento de Madrid, que se había portado 'guarramente' con ellos, según uno de los portavoces del campamento, limpiarle la zona y dejarla como los chorros del oro, 'mejor que estaba', incluso replantando césped si fuera necesario, pero la alcaldesa interina, Mercedes de la Merced, y el concejal de Limpieza, Alberto López Viejo, rechazaron la oferta, presuntamente por dos razones: para que se fueran de allí cuanto antes, no fueran a cambiar de idea a última hora, y para poder quejarse enfáticamente en cuanto se hubieran ido y acusarles de vandalismo y destrozos, esta vez con menos énfasis porque no estaba el horno para bollos.

Los 240 operarios del servicio de limpieza del Ayuntamiento que trabajarían en tres turnos de ocho horas durante 48 horas, según las previsiones municipales, habrían, sin duda, preferido que el municipio aceptara la generosa oferta de los acampados, o que en su defecto la alcaldesa interina y el concejal del ramo, que tan apresuradamente la rechazaron, se hubieran puesto personalmente manos a la obra con los escobones y los recogedores.

Quizás había otra razón oculta para justificar la negativa. Según el delegado de UGT en el campamento de la esperanza, los acampados estaban dispuestos a correr con todos los gastos, del desalojo y de los destrozos que hubieran podido causar, entre otras cosas, para demostrarle al alcalde, José María Álvarez del Manzano, 'que somos 40 veces mejor personas que él'. Esta demostración hubiera significado un oprobio más, un vilipendio exagerado para el primer edil, que se ha ido de vacaciones para reponerse precisamente de tanto oprobio y vilipendio como acumula últimamente con motivo de su gestión.

Hacerse cargo de las mil toneladas de escombros que había que retirar le dio derecho al concejal López Viejo para ponerse apocalíptico: 'La zona ha quedado en unas condiciones lamentables, como si hubiera caído una bomba', declaró apesadumbrado el edil, como si le hubiese tocado a él recoger los escombros cascote a cascote.

Bocas de riego dañadas, tapas de alcantarillas desaparecidas, árboles supuestamente dañados y destrozos en las aceras son los principales efectos de la onda expansiva de la bomba Sintel, que el edil, 'viejo zorro', ha hecho explotar ante la opinión pública para alertar a los madrileños sobre las consecuencias de acampar a la intemperie fuera de las zonas reservadas para ese uso y en plena vía pública.

Lo que no queda tan claro es eso de devolver a la Castellana su aspecto normal, porque la normalidad en este eje capitalino brilla por su ausencia desde hace años y proliferan continuamente otros campamentos, barracones y cercas de innumerables obras, los cortes de tráfico y los destrozos en las aceras.

Tal vez cuando acabe el verano, el Ayuntamiento nos hable de los efectos de esas otras bombas que son los chiringuitos no fiscales de la Castellana con sus terrazas tropicales que, con todos los pronunciamientos favorables del Excelentísimo Ayuntamiento, se instalan cuando llega el buen tiempo en los maltratados bulevares de un paseo por el que ya no pasea nadie, ni a pie, ni a caballo, ni en coche. Seguro que las bocas de riego, el pavimento y los árboles sufren tanto o más con las obras y los chiringuitos que con las acampadas reivindicativas o solidarias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001