Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
EDUARDO MENDOZA | Un relato de

EL ÚLTIMO TRAYECTO DE Horacio Dos

Resumen. El gobernador relata a Horacio su vida: su nombramiento para dirigir la Estación Espacial, su matrimonio y posterior paternidad... Cuando se va a dormir, Horacio oye unos extraños ruidos, pero no les da importancia. Al día siguiente, durante la operación de avituallamiento, se da cuenta de la que la Estación Espacial Fermat IV está en estado de ruina, y además le han cobrado un precio exorbitado por las provisiones.

8

Con estas provisiones podríamos alcanzar la Estación Espacial más próxima, pero este régimen alimentario, en opinión del doctor Agustinopoulos, a quien he consultado al respecto, afectaría gravemente la salud de los tripulantes y pasajeros de la nave. Según cálculos del doctor, se morirían la mitad de los Ancianos Improvidentes y todas las Mujeres Descarriadas sufrirían trastornos metabólicos.

Como ante esta adversa contingencia no sé qué hacer, aplazo cualquier decisión y voy en busca de la señorita Cuerda. Si ésta hubiera obtenido los productos cosméticos que necesita, se podría paliar la magnitud del desastre o al menos evitar que la información llegase a conocimiento del Comité de Evaluación antes de que éste falle sobre mi demanda de jubilación anticipada.

Encuentro finalmente a la señorita Cuerda y le ruego me informe sobre el tema ya citado, pero la señorita Cuerda rehúye la cuestión. Parece agitada, y al preguntarle si también ella durmió mal anoche, me responde que ha de hablar conmigo de un asunto espinoso urgentemente y a solas, por lo que esta misma noche acudirá a mi habitación en cuanto acabe la cena. Asimismo me insta a ser discreto con respecto a su visita y a cuanto pueda derivarse de ella.

La proposición de la señorita Cuerda no me desagrada en modo alguno, pero me plantea un serio dilema de índole ética y reglamentaria. En mi condición de comandante de la nave, no puedo dejar plantado al gobernador en la sobremesa sin una excusa verosímil, que por el momento no se me ocurre.

Mismo día por la noche

El problema protocolario se ha resuelto por sí solo y del modo más inesperado, pues ha sido el propio gobernador quien a los postres, alegando un repentino malestar y presentando mil excusas, se ha retirado. Su actitud ha vuelto a sorprenderme, ya que se había pasado la cena entera llorando con desconsuelo, lo que me había hecho suponer que al término de la misma desearía desahogarse conmigo refiriéndome sus cuitas.

Aprovechando la circunstancia he vuelto a mi habitación, me he aseado, he redactado el grato informe del día y he corregido algunos errores ortográficos y sintácticos que se habían deslizado en los anteriores. Luego, como transcurrieran lentamente los minutos sin novedad, he descabezado un ligero sueñecito, del que me ha sacado el suave contacto de una mano en mi hombro. Llevado de un impulso súbito, me he levantado y la he abrazado susurrando en su oreja 'criatura celestial', 'polvo de estrellas' y otras expresiones de índole similar, demostrativas de ternura, pero compatibles con mi dignidad de comandante, hasta que la percepción de un cuerpo fornido, un rostro hirsuto y un aliento vinoso me han indicado que no estrechaba entre mis brazos a la señorita Cuerda, sino al llamado Garañón, el cual ha respondido a mi arrebato instándome a dejarlo para mejor ocasión.

Preguntado por la razón de su presencia no autorizada en mi habitación a esta hora intempestiva, responde que debe informarme de algo urgente y de vital importancia.

Le insto a rendir su informe y dice que en el día de la fecha, al término de la jornada laboral en la dársena, habiendo entablado relaciones de camaradería con varios estibadores de la misma, ha ido con ellos a un figón donde han degustado una cena pantagruélica y liquidado varias botellas de un vino sintético que nada tiene que envidiar, según Garañón, a mi Poully Montrâchet. Al término del ágape, y consolidada una estrecha amistad entre los presentes, los estibadores han revelado a Garañón que la Estación Espacial dispone de abundantes reservas de alimentos frescos y salutíferos, así como de medicinas y de cualesquiera otros productos que pudiéramos necesitar o apetecer, pues dicha Estación Espacial no sólo es un refugio de contrabandistas, como el propio Garañón me había insinuado antes del desembarco, sino también de piratas y otros depredadores del espacio interplanetario. Y habían añadido acto seguido que ellos estarían dispuestos, en connivencia con sus jefes, incluido el administrador general o contralor, el proveedor de almacén y tal vez el propio gobernador, a proporcionarnos las mercaderías a un costo razonable si nosotros, a cambio, partíamos dejando en la Estación Espacial a la señorita Cuerda, cuya presencia aquel mismo día en la dársena había provocado su ardimiento.

A esto ha respondido Garañón que, 'a la vista del percal', entendía la actitud de los estibadores y de las autoridades y que el trato le parecía justo, pero que él no podía dar luz verde a la transacción sin la complicidad del comandante de la nave. Y ésta era la razón de su visita intempestiva.

Cuando Garañón acaba de rendir su informe considero lo expuesto y concurro con él en la conveniencia de aceptar la oferta de los estibadores tanto desde el punto de vista práctico como legal, pues el comandante de una nave es responsable de la integridad física de sus tripulantes y pasajeros, la cual, de no aceptar la oferta de los estibadores, se vería negativamente afectada a causa de una dieta deficiente, carencia de medicinas y otras privaciones, en tanto que, de aceptar la oferta de los estibadores, se solucionarían estos problemas sin que nada indicara que la integridad física de la señorita Cuerda fuera a resultar afectada por el trueque.

En vista de ello, doy mi conformidad y acto seguido Garañón me indica las medidas que debo tomar en mi condición de jefe de la expedición, y que consisten en lo siguiente: ordenar la pronta marcha de Garañón, acompañado del segundo segundo de a bordo y del doctor Agustinopoulos, a los almacenes de la dársena, donde les esperan los estibadores para proceder a la selección de las mercaderías y su traslado al lugar de fletamiento, mientras el portaestandarte acude a la nave y comunica mis órdenes de disponerlo todo a fin de cargar las mercaderías y partir con celeridad, para lo cual la tripulación deberá estar en sus puestos y los motores calientes. Hecho lo cual, me personaré yo en la dársena acompañado de la señorita Cuerda para proceder al pago de las mercaderías en efectivo y al trueque convenido. Una vez concluida esta operación en forma satisfactoria, se procederá a la estiba de las mercaderías con la máxima celeridad. De este modo la nave estará lista para el despegue antes del amanecer y, salvo error en las maniobras de despegue, fuera del campo gravitacional de la Estación Espacial para cuando los habitantes de ésta se percaten de lo sucedido.

El plan me parece bueno y, en virtud de las atribuciones que me confiere el cargo, dispongo que así se ejecute, para lo cual Garañón parte al instante con sigilo y premura.

Domingo 9 de junio

Los impensados y vertiginosos sucesos ocurridos en las últimas horas me han impedido proseguir la redacción de este grato informe con la regularidad y el rigor habituales en mí, pero confío que el Comité de Evaluación, a la vista de lo que me propongo relatar acto seguido, sabrá disculpar esta aparente negligencia.

Dejé interrumpido este grato informe la noche del pasado viernes, 7 de junio, en el momento preciso en que Garañón abandonaba mi habitación para tomar las disposiciones sugeridas por él, pero autorizadas por mí, y encaminadas a la selección, adquisición y estiba de las mercaderías necesarias para nuestra subsistencia, así como a la partida de la nave del modo más expeditivo y sigiloso.

Mientras esto hacía él, yo, a solas en mi habitación y a la espera de la anunciada comparecencia de la señorita Cuerda, debatía en mi fuero interno dos problemas de cuya resolución podía depender el éxito de la operación y mi propia tranquilidad de conciencia. En efecto, ¿qué debía hacer para entretener a la señorita Cuerda en mi habitación, sin más aliciente que mi don de gentes, hasta la hora convenida para la transacción? Y ¿cómo convencer a la señorita Cuerda de que me acompañara a la dársena donde debía procederse al trueque de las mercaderías por la propia señorita Cuerda sin revelarle la naturaleza del trueque y la parte del mismo concerniente a su persona? Sobre mis hombros recaía una grave responsabilidad.

Continuará

www.eduardo-mendoza.com

Capítulo anterior | Capítulo siguiente

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001