Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:LA SITUACIÓN DEL PAÍS VASCO

Autodeterminación y cordura

Cree el autor que el actual debate sobre la autodeterminación responde sólo al deseo caprichoso del nacionalismo vasco y al deseo intransigente de Aznar y los populares.

'El Estatuto garantiza suficientemente todos los derechos de los vascos'

En la lección inaugural del curso académico de la Universidad de Deusto, en 1978, el profesor José Antonio de Obieta desarrolló el tema La Autodeterminación de los pueblos como derecho humano. Eran tiempos en los que la palabra autodeterminación ni metía miedo ni era usada como coartada para conseguir votos y adeptos a los partidos; era más bien una válvula de escape para tantos demócratas que acababan de sufrir la dictadura franquista y, por tanto, no habían debatido sobre éste y tantos otros asuntos. Por fin, España quedaba en manos de los españoles, y se abría un proceso en que cada uno de los pueblos de España también tenía que tomar sus riendas en aquel inminente mapa autonómico que aspiraba a convertir la Una, Grande y Libre en Unas, Grandes y Libres. En suma, nada que ver con la cerrazón franquista ni con esta actual obstinación nacionalista que tanto perjuicio está provocando en la sociedad vasca.

Parte el trabajo del artículo 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos y del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (que entraron en vigor en 1976 en la práctica totalidad de los Estados, que los habían ratificado): 'Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de él establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural'. Con este enunciado supera las alusiones anteriores de este concepto según las cuales dicho derecho sólo era de aplicación a los países o naciones que sufrían la condición de colonias o habían sido invadidos y privados de su soberanía. El autor desarrolla un amplio trazado alrededor de conceptos como etnia, pueblo, nación y estado, con especial atención al término 'pueblo', que aparece en la transcripción del artículo 1 de los pactos, dándole su sentido más amplio, de tal forma que incluyese estados, naciones y cualquier grupo humano que fuese capaz de organizarse como entidad política. Aunque el autor no se refiere en ninguna ocasión a Euskadi, bien se ve su intención de que las conclusiones finales fueran de aplicación a la comunidad autónoma vasca que se abría paso, poniendo todo el énfasis en algunas veladas referencias a hechos que, ya entonces, se proponían como diferenciadores del 'pueblo vasco' frente a otros pueblos. Simplificando demasiado, dado el carácter 'humano' del pueblo, en cuanto colectividad de personas, infiere el profesor que el derecho de autodeterminación es por consiguiente un derecho humano y una garantía para el resto de los derechos humanos.

Donde se abre una incógnita de solución complicada es en la aplicación de dicho derecho. Señala el autor: 'La inmensa mayoría de los pueblos del mundo se encuentran englobados en Estados sociológicamente multinacionales, o Estados con base étnica múltiple... En estos casos la aplicación ilimitada e incondicionada del derecho de autodeterminación llevaría probablemente a la disolución de la mayor parte de los Estados y crearía problemas gravísimos de incalculables consecuencias'. Las consecuencias fatales tienen que ver con el hecho de que la convivencia histórica de pueblos diversos en un Estado genera vínculos cuya ruptura afecta tanto a intereses como a derechos adquiridos de los restantes pueblos y las personas que a ellos pertenecen. Por esto, 'la separación o secesión se nos presentaría en este caso como un último remedio para ser aplicado in extremis cuando todos los demás medios de salvar la esencia misma del pueblo han fallado. Y la causa inmediata de esa separación habría que buscarla no en una presunta voluntad malévola de este pueblo sino en la negación por parte del Estado de los derechos humanos fundamentales, entre los cuales se encuentra el derecho a su cultura, a una parte de sus ciudadanos'. A renglón seguido el autor afirma que en la mayor parte de los casos no será necesario (la separación o secesión) porque 'el pueblo puede obtener todo aquello a lo que tiene derecho en el seno del Estado al que pertenece'.

Ya no es necesario profundizar más en el trabajo para advertir que la actual discusión en torno a la autodeterminación en el País Vasco responde a dos deseos contrapuestos: el caprichoso del nacionalismo vasco y el altivo e intransigente de Aznar y el PP. ¿Para qué queremos los vascos la autodeterminación? ¿Qué derechos esenciales tenemos conculcados los vascos a causa de nuestra pertenencia al Estado español? ¿Cuántos vascos quieren y cuántos no le necesitan para nada, el derecho a autodeterminarse? Responder a estas preguntas con detalle es la mejor aportación que los partidos pueden hacer a los ciudadanos vascos.

El Estatuto vasco garantiza suficientemente todos los derechos de los vascos, con la salvaguarda además de la Constitución, que es la auténtica garantía de que España es un estado multinacional y multicultural. No sólo eso, sino que da a los vascos muchos más instrumentos de los que en rigor necesita para mantener su 'esencia'. Si no es entendido de este modo por el nacionalismo, en modo alguno lo es porque hayan descubierto algún déficit esencial que vaya en detrimento de los ciudadanos vascos, uno por uno, sino por la voluntad malévola del nacionalismo, excesivamente etnicista y claramente ofuscado por el poder en todas sus variantes. Como el más genuino de los nacionalismos, el vasco ha subrayado algunos caracteres con los que aprovecha todas las fuerzas e interacciones que se producen en su sociedad: el conservadurismo de la sociedad rural, la religión en su versión menos evolucionada, la interpretación interesada de la historia, la creación ilusoria de un enemigo indefinido ajeno a sus dominios, la trama de una red económica que incluye desde el ahorrador diminuto hasta los grandes potentados, la utilización de las instituciones públicas en las que gobierna al servicio de sus objetivos partidistas,...

Frente a éste, el pseudonacionalismo español que ejercita con escaso disimulo Aznar da ínfulas al nacionalismo para que continúe en la absurda quimera que han dado en llamar 'ámbito vasco de decisión' y que se define con una sucinta frase: 'Los vascos serán lo que ellos decidan ser', aunque lo hagan por medios democráticos. Por tanto, ¿cómo no ver voluntades malévolas en ambos comportamientos?. En el fondo, lo que subyace en ambas posiciones sólo es el empecinamiento en la mutua intransigencia que, por cierto, cuando afecta a personas debe ser entendido como una afrenta a esos derechos individuales.

¿Y si los vascos podemos desarrollar todas nuestras potencialidades y derechos en el marco político actual y en el seno del Estado, qué provoca el clima actual de incomunicación, de incomprensión y de inestabilidad? Nombraré algunas razones: un terrorismo asesino sin más objetivo que matar; un nacionalismo violento que solo entiende la acción política a la sombra de ETA; un nacionalismo democrático en el que el PNV se ve obligado a llevar en la mochila la pesada carga de una EA sin espacio político ni líneas ideológicas; un socialismo vasco en horas de recomposición que, aunque está llamado a construir la alternativa plural al desaguisado, no acaba de decidirse a hacerlo, y un PP enrabietado por la derrota electoral del 13-M, que se encastilla en la Moncloa para ignorar la complejidad del panorama vasco. No se trata de poner aros para que los otros pasen por ellos, se trata de estar dispuestos a compartir caminos.

Yo, que creo en el derecho de autodeterminación, considero estéril dedicar tanto tiempo a debatir sobre él en este momento. Bien creo, con el profesor Obieta, que el derecho de autodeterminación puede llegar a ser considerado un derecho humano siempre que no interfiera frente a los otros derechos, sin duda mucho más importantes y hoy seriamente amenazados y contravenidos por quienes matan y quienes pregonan que se mata 'por algo'.En la lección inaugural del curso académico de la Universidad de Deusto, en 1978, el profesor José Antonio de Obieta desarrolló el tema La Autodeterminación de los pueblos como derecho humano. Eran tiempos en los que la palabra autodeterminación ni metía miedo ni era usada como coartada para conseguir votos y adeptos a los partidos; era más bien una válvula de escape para tantos demócratas que acababan de sufrir la dictadura franquista y, por tanto, no habían debatido sobre éste y tantos otros asuntos. Por fin, España quedaba en manos de los españoles, y se abría un proceso en que cada uno de los pueblos de España también tenía que tomar sus riendas en aquel inminente mapa autonómico que aspiraba a convertir la Una, Grande y Libre en Unas, Grandes y Libres. En suma, nada que ver con la cerrazón franquista ni con esta actual obstinación nacionalista que tanto perjuicio está provocando en la sociedad vasca.

Parte el trabajo del artículo 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos y del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (que entraron en vigor en 1976 en la práctica totalidad de los Estados, que los habían ratificado): 'Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de él establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural'. Con este enunciado supera las alusiones anteriores de este concepto según las cuales dicho derecho sólo era de aplicación a los países o naciones que sufrían la condición de colonias o habían sido invadidos y privados de su soberanía. El autor desarrolla un amplio trazado alrededor de conceptos como etnia, pueblo, nación y estado, con especial atención al término 'pueblo', que aparece en la transcripción del artículo 1 de los pactos, dándole su sentido más amplio, de tal forma que incluyese estados, naciones y cualquier grupo humano que fuese capaz de organizarse como entidad política. Aunque el autor no se refiere en ninguna ocasión a Euskadi, bien se ve su intención de que las conclusiones finales fueran de aplicación a la comunidad autónoma vasca que se abría paso, poniendo todo el énfasis en algunas veladas referencias a hechos que, ya entonces, se proponían como diferenciadores del 'pueblo vasco' frente a otros pueblos. Simplificando demasiado, dado el carácter 'humano' del pueblo, en cuanto colectividad de personas, infiere el profesor que el derecho de autodeterminación es por consiguiente un derecho humano y una garantía para el resto de los derechos humanos.

Donde se abre una incógnita de solución complicada es en la aplicación de dicho derecho. Señala el autor: 'La inmensa mayoría de los pueblos del mundo se encuentran englobados en Estados sociológicamente multinacionales, o Estados con base étnica múltiple... En estos casos la aplicación ilimitada e incondicionada del derecho de autodeterminación llevaría probablemente a la disolución de la mayor parte de los Estados y crearía problemas gravísimos de incalculables consecuencias'. Las consecuencias fatales tienen que ver con el hecho de que la convivencia histórica de pueblos diversos en un Estado genera vínculos cuya ruptura afecta tanto a intereses como a derechos adquiridos de los restantes pueblos y las personas que a ellos pertenecen. Por esto, 'la separación o secesión se nos presentaría en este caso como un último remedio para ser aplicado in extremis cuando todos los demás medios de salvar la esencia misma del pueblo han fallado. Y la causa inmediata de esa separación habría que buscarla no en una presunta voluntad malévola de este pueblo sino en la negación por parte del Estado de los derechos humanos fundamentales, entre los cuales se encuentra el derecho a su cultura, a una parte de sus ciudadanos'. A renglón seguido el autor afirma que en la mayor parte de los casos no será necesario (la separación o secesión) porque 'el pueblo puede obtener todo aquello a lo que tiene derecho en el seno del Estado al que pertenece'.

Ya no es necesario profundizar más en el trabajo para advertir que la actual discusión en torno a la autodeterminación en el País Vasco responde a dos deseos contrapuestos: el caprichoso del nacionalismo vasco y el altivo e intransigente de Aznar y el PP. ¿Para qué queremos los vascos la autodeterminación? ¿Qué derechos esenciales tenemos conculcados los vascos a causa de nuestra pertenencia al Estado español? ¿Cuántos vascos quieren y cuántos no le necesitan para nada, el derecho a autodeterminarse? Responder a estas preguntas con detalle es la mejor aportación que los partidos pueden hacer a los ciudadanos vascos.

El Estatuto vasco garantiza suficientemente todos los derechos de los vascos, con la salvaguarda además de la Constitución, que es la auténtica garantía de que España es un estado multinacional y multicultural. No sólo eso, sino que da a los vascos muchos más instrumentos de los que en rigor necesita para mantener su 'esencia'. Si no es entendido de este modo por el nacionalismo, en modo alguno lo es porque hayan descubierto algún déficit esencial que vaya en detrimento de los ciudadanos vascos, uno por uno, sino por la voluntad malévola del nacionalismo, excesivamente etnicista y claramente ofuscado por el poder en todas sus variantes. Como el más genuino de los nacionalismos, el vasco ha subrayado algunos caracteres con los que aprovecha todas las fuerzas e interacciones que se producen en su sociedad: el conservadurismo de la sociedad rural, la religión en su versión menos evolucionada, la interpretación interesada de la historia, la creación ilusoria de un enemigo indefinido ajeno a sus dominios, la trama de una red económica que incluye desde el ahorrador diminuto hasta los grandes potentados, la utilización de las instituciones públicas en las que gobierna al servicio de sus objetivos partidistas,...

Frente a éste, el pseudonacionalismo español que ejercita con escaso disimulo Aznar da ínfulas al nacionalismo para que continúe en la absurda quimera que han dado en llamar 'ámbito vasco de decisión' y que se define con una sucinta frase: 'Los vascos serán lo que ellos decidan ser', aunque lo hagan por medios democráticos. Por tanto, ¿cómo no ver voluntades malévolas en ambos comportamientos?. En el fondo, lo que subyace en ambas posiciones sólo es el empecinamiento en la mutua intransigencia que, por cierto, cuando afecta a personas debe ser entendido como una afrenta a esos derechos individuales.

¿Y si los vascos podemos desarrollar todas nuestras potencialidades y derechos en el marco político actual y en el seno del Estado, qué provoca el clima actual de incomunicación, de incomprensión y de inestabilidad? Nombraré algunas razones: un terrorismo asesino sin más objetivo que matar; un nacionalismo violento que solo entiende la acción política a la sombra de ETA; un nacionalismo democrático en el que el PNV se ve obligado a llevar en la mochila la pesada carga de una EA sin espacio político ni líneas ideológicas; un socialismo vasco en horas de recomposición que, aunque está llamado a construir la alternativa plural al desaguisado, no acaba de decidirse a hacerlo, y un PP enrabietado por la derrota electoral del 13-M, que se encastilla en la Moncloa para ignorar la complejidad del panorama vasco. No se trata de poner aros para que los otros pasen por ellos, se trata de estar dispuestos a compartir caminos.

Yo, que creo en el derecho de autodeterminación, considero estéril dedicar tanto tiempo a debatir sobre él en este momento. Bien creo, con el profesor Obieta, que el derecho de autodeterminación puede llegar a ser considerado un derecho humano siempre que no interfiera frente a los otros derechos, sin duda mucho más importantes y hoy seriamente amenazados y contravenidos por quienes matan y quienes pregonan que se mata 'por algo'.

Josu Montalbán es portavoz del PSE en la Diputación de Vizcaya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001