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FIESTAS DE VITORIA

Ciudad emblemática

Vitoria podría ser una ciudad emblemática -palabreja de moda-. Ciudad urbanística antes que arquitectónica; un símbolo y una realidad. Sí, podría, piensa el paseante mientras camina por sus calles. Hay ciudades que tienen su río (el Támesis o el Nervión), sus colinas y su mar (Edimburgo) o un marco incomparable (Río y Sanse). O tienen su edificio (Torre Eiffel). Hay otras ciudades, incluso, que últimamente se proyectan y promocionan en torno a ciertos edificios (llamados 'emblemáticos'). Es lo que ocurre con el nuevo Bilbao, el Guggi y Euskalduna, el llamado efecto Bilbao. Y está la ciudad, la ciudad misma, Nueva York (o París en su día). O la ciudad dispersa americana que viene (pongamos que habla de San Luis). Vitoria no. Vitoria no tiene nada de eso. Y tampoco aspira a ello.

Pero Vitoria podría ser en sí misma un emblema de la ciudad de hoy. Podría, piensa el paseante mientras recorre Lakua por Duque de Wellington y tuerce por Baiona camino de la plaza de Cataluña, podría ser la imagen de un paisaje urbano, exquisitamente urbano, pero hecho a la medida del hombre. Una ciudad bien urbanizada, con una arquitectura a medida, sin espectáculos y fastos ornamentales o filigranas de ingeniería. Podría, sí, piensa mientras recuerda aquellos edificios hace un año como esqueletos varados, con sus grúas, caballos de combate antes de la batalla. Una ciudad hecha para la velocidad del automóvil, pero también para la del peatón, con la suficiente concentración para que no resulte suburbana o cuasirural, pero sin el agobio masivo de la urbe industrial. Una ciudad hecha para ser vivida.

Se detiene y contempla paisajes diáfanos, horizontes ondulantes con mínimas aristas, edificios límpidos, hijos de las concepciones racionalistas y humanistas del De Stijl holandés y el diseño nórdico, un urbanismo abierto, plástico, cálido, abarcable, heredero de las ideas del austríaco Camillo Sitte (el primer urbanista anti-haussmanniano). Y se detiene y recrea con el llamado Anillo Verde, lugar más próximo a la selva que al huerto, humedales con ánsares, y jabalíes y corzos en las proximidades.

Y mira atrás y contempla alguna joya arquitectónica (no hay por qué renunciar a nada). La Catedral de Santa María del siglo XIV y la Plaza Nueva de Olaguíbel; la casa de Ajuria Enea de Alfredo Baeschlin y la gasolinera Goya. Pero se detiene especialmente en las viviendas de Peña Ganchegui, en el centro de salud de San Martín (Luis María Uriarte; puro pos), en el Palacio de Justicia (Iñaki Aspiazu y Javier Botella), y en el Archivo Provincial o ATHA (José Luis Catón). Para qué más.

Ciudad de expansión simple y natural, ciudad hecha para ser vivida, emblema de ciudad de hoy. Eso puede ser Vitoria de proponérselo.Vitoria podría ser una ciudad emblemática -palabreja de moda-. Ciudad urbanística antes que arquitectónica; un símbolo y una realidad. Sí, podría, piensa el paseante mientras camina por sus calles. Hay ciudades que tienen su río (el Támesis o el Nervión), sus colinas y su mar (Edimburgo) o un marco incomparable (Río y Sanse). O tienen su edificio (Torre Eiffel). Hay otras ciudades, incluso, que últimamente se proyectan y promocionan en torno a ciertos edificios (llamados 'emblemáticos'). Es lo que ocurre con el nuevo Bilbao, el Guggi y Euskalduna, el llamado efecto Bilbao. Y está la ciudad, la ciudad misma, Nueva York (o París en su día). O la ciudad dispersa americana que viene (pongamos que habla de San Luis). Vitoria no. Vitoria no tiene nada de eso. Y tampoco aspira a ello.

Pero Vitoria podría ser en sí misma un emblema de la ciudad de hoy. Podría, piensa el paseante mientras recorre Lakua por Duque de Wellington y tuerce por Baiona camino de la plaza de Cataluña, podría ser la imagen de un paisaje urbano, exquisitamente urbano, pero hecho a la medida del hombre. Una ciudad bien urbanizada, con una arquitectura a medida, sin espectáculos y fastos ornamentales o filigranas de ingeniería. Podría, sí, piensa mientras recuerda aquellos edificios hace un año como esqueletos varados, con sus grúas, caballos de combate antes de la batalla. Una ciudad hecha para la velocidad del automóvil, pero también para la del peatón, con la suficiente concentración para que no resulte suburbana o cuasirural, pero sin el agobio masivo de la urbe industrial. Una ciudad hecha para ser vivida.

Se detiene y contempla paisajes diáfanos, horizontes ondulantes con mínimas aristas, edificios límpidos, hijos de las concepciones racionalistas y humanistas del De Stijl holandés y el diseño nórdico, un urbanismo abierto, plástico, cálido, abarcable, heredero de las ideas del austríaco Camillo Sitte (el primer urbanista anti-haussmanniano). Y se detiene y recrea con el llamado Anillo Verde, lugar más próximo a la selva que al huerto, humedales con ánsares, y jabalíes y corzos en las proximidades.

Y mira atrás y contempla alguna joya arquitectónica (no hay por qué renunciar a nada). La Catedral de Santa María del siglo XIV y la Plaza Nueva de Olaguíbel; la casa de Ajuria Enea de Alfredo Baeschlin y la gasolinera Goya. Pero se detiene especialmente en las viviendas de Peña Ganchegui, en el centro de salud de San Martín (Luis María Uriarte; puro pos), en el Palacio de Justicia (Iñaki Aspiazu y Javier Botella), y en el Archivo Provincial o ATHA (José Luis Catón). Para qué más.

Ciudad de expansión simple y natural, ciudad hecha para ser vivida, emblema de ciudad de hoy. Eso puede ser Vitoria de proponérselo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001