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REPORTAJE

La fidelidad de Achúcarro a Beethoven en Torroella de Montgrí

Torroella de Montgrí

El Festival Internacional de Músicas de Torroella de Montgrí es un extraño y hermoso festival que consigue compaginar la evolución más atrevida con un intenso sentido de la fidelidad.

Hace 21 años empezó con un concierto de la Orquesta Franz Liszt de Budapest y este año junto a Beethoven y Mozart incluye un concierto de un grupo musical gitano de Rajasthan y un espectáculo de canciones y danzas massai. Esto es evolucionar, sumar y no restar.

Junto a su capacidad para encajar y disfrutar lo nuevo, destaca en Torroella el sentido de la fidelidad. Los artistas pasan por allí y vuelven una y otra vez, se sienten a gusto con el público de Torroella, un público también extraordinariamente fiel, cálido y atento, formado por una sólida base estable de gente de la villa y de los pueblos cercanos y completado con veraneantes con muchos trienios de constancia ampurdanesa y una cantidad razonable de turistas para dar color.

Uno de los artistas más fieles al Festival es el pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro. Pasó por Torroella en 1990 volvió en 1993 y desde entonces no ha faltado ni un sólo año a su cita veraniega con el público y sus alumnos del curso de piano.

Para su concierto de este verano, que tuvo lugar el pasado lunes, Achúcarro aceptó un importante órdago pianístico: tocar en una sola sesión, acompañado por la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Praga dirigida por el joven y competente Vojtech Spurny, los conciertos 3 y 4 de su amigo Beethoven.

La relación entre Achúcarro y Beethoven, también es un asunto de fidelidades, viene de muy atrás y ha llegado finalmente a un hermoso punto de estabilidad. Él ha aceptado y hasta le ha perdonado a Beethoven que no fuera de Bilbao y el alemán cuando está con el amigo vasco muestra una de sus caras más hermosas, aquella, romántica, que le muestra como un 'titán' universal de la música y no aquella que le muestra como un educado -aunque a veces, impertinente- caballero vienés de principios del siglo XIX.

El Beethoven de Achúcarro es muy sutilmente equilibrado, es intenso, fuerte y claro en lo expresivo, pero también es sobrio y conciso y no se permite el menor amaneramiento ni el ensimismamiento narcisista. Todas las notas están en el pentagrama para decir algo, ese algo hay que decirlo sin rudeza pero sin titubeos y sin quedarse ahí mirándose la redonda belleza del propio ombligo. La relación entre Beethoven y Achúcarro no muestra el menor atisbo de rutina. Ya no hay, ciertamente, ningún signo ni de angustia ni de agobio en el pianista, que para algo han de servir tantos años juntos por los escenarios, pero no hay relajación ni dejadez, el bilbaíno sabe que con el alemán no se juega y que a más de uno que le ha tomado excesivas confianzas lo ha dejado en ridículo en medio del escenario. Achúcarro le sabe todos los trucos a Beethoven y si quisiera hasta podría hacerle trampas, pero no se las hace. Eso no se le hace a un amigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001