Si nadie lo remedia, éste va a ser nuestro último verano con pesetas en la cartera, las huchas y los bolsillos. Y me sorprende la docilidad con la que los españoles encaran la inminente aplicación del euro como seña de identidad económica colectiva. Pero me admira todavía más el entusiasmo europeísta de los que han pasado de la doctrina neopolanquista a un europapanatismo de conversa y disonante rima y que, pese a la extensa bibliografía existente, confunden el libertinaje dedocrático con la libertad digital. No hay mal que por bien no venga, dijo Jovellanos (¿o fue Viriato?, ¿o fue Azaña?). Y es cierto que la nueva moneda traerá consigo algo que, sin ánimo de ser presuntuoso, algunos veníamos pidiendo a gritos: el retorno, bendito sea, del decimal. Ya que el bachillerato presenta importantes vías de agua fomentadas por un Gobierno acomplejado, que reniega de su propia grandeza identitaria para dejarse amedrentar por las veleidades psiconacionalistas de los que no conocen más letanía que la de la queja, la aritmética y las matemáticas de a pie recuperarán parte de su perdido prestigio. A los nostálgicos les recomiendo que aprovechen este último verano de moneda patria y disfruten de la sonoridad de su catalana, aunque española, denominación de origen: peseta. En la Cataluña de Jordi Pujol, secuestrada por la sempiterna bandera de un nacionalismo excluyente que abusa de sus prerrogativas políticas hasta el hartazgo, a la peseta siempre la han llamado pela. Lo sé porque, hace ya mucho tiempo, yo viví allí, en aquella Barcelona sin complejos en la que la memoria de fenicios, griegos, cartagineses o romanos no era obstáculo para construir la historia sin jibarizarla con ese victimismo retórico tan en boga en estos tiempos de convergencia en lo propio y desunión en lo ajeno. Era, en el buen sentido de la palabra, una ciudad abierta que, sin embargo, pronto fue invadida por los nada sutiles ejércitos normalizadores, lacra social desmovilizadora, pandemia de tergiversadores a sueldo de un discurso que lleva más de 20 años perpetuándose y que, sin respeto alguno por la aureola cervantina, ha dado carpetazo a esa vieja leyenda de archivo de cortesía. Ahora, con la nueva moneda, ya no podrán decir aquello de 'la pela es la pela' y tendrán que conformarse con un eurofónico 'el euro es el euro'. Mientras cobren, me temo que a ellos les da exactamente igual.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001