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RAFAEL AMARGO LLEVA DESOLACIÓN Y DESAMOR A LOS PALOS DEL FLAMENCO

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Mientras los operarios retiran las marquesinas del madrileño teatro Lope de Vega en las que se anuncia el musical La Bella y la Bestia, en el escenario del local el cuerpo de baile de Rafael Amargo interpreta unas sevillanas en clave flamenca. Amargo, el espectáculo en el que se recogen las principales coreografías del bailarín, se reestrena hoy y estará en cartel hasta el 26 de agosto. El regreso a Madrid con su compañía le ha supuesto anular las actuaciones que tenía previsto realizar en Conde Duque. "Espero que el Ayuntamiento me perdone".

Veinticuatro horas antes de la reposición de Amargo, que contará con Hiniesta Cortés como bailaora invitada, no se percibe tensión entre la compañía, en la que trabajan 29 personas, entre técnicos y artistas. El bailarín y coreógrafo prefiere mantener con ellos el trato entre colegas a dar órdenes. Raúl, un bailarín de 18 años, se rompe el tacón en medio de la representación, pero, pese a la guasa, el ensayo prosigue. Amargo lleva pantalones cargo, camiseta sin hombros y zapatos de baile. Chorreando sudor, pregunta cómo se escucha desde abajo. "Casquea un poco porque no hay público, pero luego se oirá mejor", grita un técnico desde el patio de butacas.

El espectáculo Amargo, que se estrenó en mayo del pasado año, es una suite de palos flamencos sin argumento. "El hilo conductor es la música", cuenta el bailarín, que tiene 19 piezas coreografiadas de las cuales, dependiendo de dónde actúe, interpreta 10. Como bailarín, Amargo se define como una esponja. "Eso lo aprendí de los japoneses, con los que trabajé en un tablao en Tokio. Allí antes de dar el paso ya lo han aprendido", dice. Después trabajó, entre otros, con Mario Maya, Antonio Canales y Manolete. Entonces, cuenta ahora, era "Rafita, y siempre procuraba ponerme en las últimas filas".

Convertirse en Rafael Amargo no ha sido fácil. A los nueve años le dijo a su padre que quería ser como Antonio Gades. Valderrubio, el pueblo de Granada donde nació en 1975, no se parece a la ciudad minera donde transcurre la infancia de Billy Eliot, pero Amargo conoce bien lo que supone luchar por un sueño. "Estudiaba en Granada en un centro religioso y a las cinco, cuando salía del colegio, me iba a clase de danza hasta las nueve de la noche. Cuando regresaba a casa, eran las diez en la noche, y en las calles del pueblo no corrían ni los gatos".

Cada junio viajaba a Madrid para examinarse en el conservatorio y así estuvo hasta los 16 años, que decidió venirse a la capital y buscarse la vida. Madrid, Tokio y Nueva York son las tres ciudades que han marcado su trayectoria. "Todo lo que he ganado lo he invertido en mi compañía", explica Amargo, que es productor del espectáculo que se representa estos días en la Gran Vía madrileña. En su currículo se cuenta también una actuación con el saxofonista cubano Paquito D'Rivera y una coreografía para el Chillida Leku de Hernani. "Ésa es la idea que yo tengo del arte. El flamenco debe estar en todos los frentes".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001