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COLUMNA

Dobles

Es dudoso que Bush o el Papa hayan leído alguna vez a Octavio Paz; de haberlo hecho, habrían podido saber qué les obliga a negar la posibilidad de la clonación, qué oscuro resorte dentro de sus cerebros se opone a que se realicen pruebas terapéuticas, a que la ciencia contribuya a delimitar más el mapa de ese inmenso territorio desconocido que es el ser humano. Recorro las páginas del librito Arenas movedizas y me doy de canto con el inicio de un cuento que dice así: 'Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme'. El anónimo protagonista choca consigo mismo una noche, se persigue a través de los callejones de la ciudad, penetra en un bar; intenta convencer a los parroquianos de que el individuo que se halla bebiendo en la barra no es él, sino otro, un usurpador, un embustero que quizá se apropió de su rostro mientras él dormía. Los clientes del bar le ordenan callarse después de un rato de lloriqueos, el camarero le amenaza: termina la noche vapuleado en la acera, contemplando cómo su otro yo bebe plácidamente su cerveza tras el escaparate.

El gran presidente del mundo y el capataz del Vaticano se miran en los espejos y desconfían, como todos los presidentes, como los jefes de consejos de accionistas, como los directores, gerentes, encargados y almirantes de todas partes: observan su imagen en el cristal y tienen miedo, duermen con un párpado abierto, con el pie derecho fuera de la sábana y un lejano regusto a sed en el fondo de la lengua. Tal vez, una noche, aquel que duerme al otro lado tome la iniciativa y se apropie de las ropas que aguardan sobre la silla, tal vez se calce el sombrero o la corona o se meta en el bolsillo la llave que da salida a las ojivas nucleares. No, los dueños del mundo no quieren clones porque cualquier día pueden llegar al despacho y encontrarse consigo mismos delante del escritorio: gritarán, sollozarán, exigirán que expulsen a aquel impostor de su poltrona, antes de que el servicio de seguridad les cierre la boca con una tajante patada en las posaderas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001