Pasé por el hospital público de Málaga, el Carlos Haya, como acompañante, en tensión, dolorido, y las horas de tensión fueron menos dolorosas gracias a la capacidad, el respeto y, más aún, la delicadeza de las personas que trabajan en ese hospital del Servicio Andaluz de Salud. Así que recordé una inscripción que leí en el inmenso portal catedralicio del metro de Nueva York: 'En memoria de quienes con sus manos, cabeza y corazón levantaron este edificio para el servicio público'. El hospital que funciona bien es un monumento en memoria de sus trabajadores, pero también en memoria de los ciudadanos que lo sustentan con su trabajo diario y sus impuestos.
Una anomalía llamó mi atención: todos los relojes del hospital estaban parados (todos los que yo vi), todos a la misma hora (o así lo recuerdo, aunque quizá se me quedó el reloj que miré más veces: la fijeza de la antesala del quirófano), a la una y unos minutos, no se sabe si de la madrugada o del mediodía (me inclino a pensar que de la madrugada: en la depresión siempre son las tres de la mañana, decía Scott Fitzgerald). No sé si estos relojes son una metáfora del tiempo parado de la angustia, cuando uno desea que pase rápida la mala hora y todo salga bien, o si forman parte de una estrategia terapéutica, diseñada por psicólogos hospitalarios: un reloj que dice siempre que el enfermo acaba de entrar y no ha pasado ni un minuto, que no hay motivo para la alarma o la impaciencia.
En la administración de este buen hospital tiene mucho que ver el partido que gobierna aquí. ¿Necesita, entonces, ese partido caer en asuntos tan ridículos como el caso del alcalde de Sevilla? El alcalde ha mandado 35.000 ejemplares de una carta, pagados con dinero del Ayuntamiento (millón y medio de pesetas), para difundir una iniciativa parlamentaria de su partido, el partido socialista, sobre política fiscal local. He oído dos opiniones sobre el caso. Primera opinión: el alcalde usa mal el dinero público para un fin particular, es decir, para hacer propaganda de su partido; segunda: el alcalde cumple con su deber, informando a sus conciudadanos de un proyecto político beneficioso.
Yo sería de la segunda opinión si el alcalde tuviera la costumbre de difundir las iniciativas parlamentarias de cualquier partido, siempre que afectaran a Sevilla. Si no existe esa costumbre, hubiera sido más elegante inaugurarla difundiendo las iniciativas de algún partido rival. El gesto del alcalde me parece menos un servicio a los ciudadanos que a su partido, y menos un servicio a su partido que al propio alcalde. Con un sistema electoral en el que no hay vida fuera de la atmósfera partidista, el alcalde parece haber encontrado una buena oportunidad para demostrar su devoción al partido, que, como el alcalde y todo el mundo, no quiere que los impuestos frenen el desarrollo del pequeño comercio.
(Otra cosa. El partido predominante se distingue porque inculca sus palabras al partido perdedor, y el PSOE de hoy habla de impuestos como el PP de ayer: como si, antes que justos o injustos, necesariamente fueran una maldición antidesarrollo.)
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001