Estaba tomándome un helado en el Mini Golf del Vinyet, en Sitges, cuando leí en la revista Sólo Golf unas declaraciones de Juan Carlos Becerra, político adscrito a Coalición Canaria, en las que decía: 'El turista de golf gasta cuatro veces más que el de sol y playa'. 'Ésos del golf, siempre faltando', pensé, y, en homenaje a la madre de Becerra, pedí media docena de helados más. Orgulloso de mi condición de turista de sol y playa, contemplé la honrada sencillez de este pequeño oasis, tan parecido a otros que dan vida a chiringuitos, bloques de apartamentos agrietados, urbanizaciones sin terminar o cámpings presionados por los especuladores.
Ya lo habrán notado: el mini-golf me va. No es un deporte de riesgo, lo sé, ni requiere de indumentarias caras o sofisticados despliegues de material, tampoco de escuderos llevando arriba y abajo manojos de espadas a su caballero. Aquí, saliendo de Sitges hacia Vilanova i la Geltrú, a pocos metros del Santuario de Nuestra Señora del Vinyet, levantado en 1734 por una parroquia de fieles compuesta básicamente por pescadores, no muy lejos del Golf Terramar donde la jet-set barcelonesa acude a perfeccionar su bronceado, está el Mini Golf El Vinyet, un rincón de ocio interclasista e intergeneracional. La parra, indomable, se encarama al cartel y tapa las letra de 'mini', como si le diera vergüenza defender su condición ante los que consideran este noble deporte de masas un pasatiempos cutre, de horteras y lolailos. El chiringuito, perfectamente organizado por una familia que lleva 26 años regentando el negocio, centraliza una oferta de servicios que va desde camas elásticas (300 pesetas los 10 minutos, boing, boing), un circuito de mini-karts rodeado de neumáticos para los conductores más chalados, mesas de ping-pong, billares americanos, futbolines y un recorrido de 18 hoyos que ríanse ustedes de El Real Club Golf El Prat o de esos lluviosos campos escoceses en los que zorros plateados ataviados con gorra y bombacho intentan localizar el hoyo entre la espesa niebla. Aquí, en cambio, el verde no es el color predominante y lo que se lleva es la tierra batida, cuidada y regada no por aspersores controlados por ordenador sino por una resultona manguera manual. ¿El recorrido? Una virguería. Hay un loop metálico, puente, desniveles, túneles, obstáculos y todas las dificultades propias de un arte que requiere destreza, naturalidad, temple y, por supuesto, mucha suerte. Puede que, como dice Becerra, sea un pasatiempo de gente que gasta poco, pero ya intentaremos convencer al dueño de que aumente el precio por persona: 475 ptas. Cada mini-golf es un mundo, y no todos merecen el precio que se paga por jugar en ellos. En el complejo hotelero de las pistas de esquí de Boí Taüll, a 1.630 metros de altura sobre el nivel del mar y con una vista impresionante, hay un mini-golf abandonado a su suerte, de 500 pesetas la hora, muchas veces encharcado y castigado por una climatología que no le favorece. Y es que el mini-golf no puede instalarse así como así. Junto a una carretera y con zonas de sombra está bien, porque permite al practicante, mientras espera su turno detrás de los nutridos grupos familiares que le preceden, distraerse mirando el paisaje, en este caso, una sucesión de autocares con apellidos míticos pintados en su aerodinámico fuselaje: Molist, Plana... Amorrados a las ventanas, los pasajeros miran al minigolfista y comprueban con cuánta habilidad flexiona las rodillas para intentar meterla, con perdón, muy adentro. Los envidian, se nota, aunque sean turistas de poco gasto. En las camas elásticas, unos niños alemanes saltan a lo loco, como ninguna legislación les permitiría saltar en su país. En el hoyo 11, un adolescente vestido como si fuera a una discoteca, dice, con voz de carajillo neochunguista: 'Le voy a pegar un swing que se va a cagar la burra'. Falla y, por suerte, la burra se abstiene, en esta ocasión, de defecar. Unos niños intentan aprender arrastrando sus palos made in USA ante un padre que, a pesar de haber firmado un contrato de hipoteca, no consigue entender el punto 3 de las normas de juego: 'Toda pelota que no haya conseguido, por tercera vez de intentarlo, pasar el obstáculo, será colocada al otro lado del citado obstáculo mediante una penalización de un punto y añadiendo los tres anteriores, lo que hace un total de cuatro puntos'. En el Santuario, termina una boda de verano. Suenan las campanas y los cláxones. Los invitados menos allegados se acercan a tomar algo y ya empiezan a sentir el gusanillo de jugar una partida. Van vestidos como si acabaran de atracar el armario de Eva Sanum y, al igual que la modelo noruega, el brillo de su sonrisa les delata: son plebeyos y marchosos. Y es que entre tanto aristócrata y neomonárquico converso, entre tanto defensor de las virtudes del golf y sus handicap, resulta tranquilizador comprobar que siguen existiendo turistas de sol y playa, gente de poco gasto, despreciados por los ministros de Hacienda y por los grandes inversores hoteleros, practicantes, a mucha honra, del mini-golf.
El mini-golf no es un deporte de riesgo, ni requiere despliegue de material, ni escudero, pero me va
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001