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UN MUNDO FELIZ

La inmortalidad

Acabamos de saber algo de capital importancia: la mitad -¿sólo la mitad?- de los consumidores de medicinas del mundo no entiende los prospectos de los medicamentos. Ya era hora que se hiciera público este gran secreto: somos muchos -acostumbrados a tonterías como 'coca-cola' o 'patata'- los que cuando leemos que vamos a consumir 'palmoesterato, lorazepan, dexketroporifeno, paracetamol o trometanol....' no sabemos si santiguarnos y tragar la píldora o devolver directamente el insulto.

Es reconfortante saber que los ingentes esfuerzos hechos para asimilar, por ejemplo, palabras como 'analgésico' -asimilar, cuidado, no significa entender- o equiparar 'posología' a dosis y 'antipirético' a bajar la fiebre, es una verdadera comunión de los santos. Es, en fin, un alivio compartir con media humanidad -¿tanto sabio hay?- un espléndido analfabetismo farmacológico y sanitario, tanta debilidad mental, tanto mal de muchos. Tontos unidos...¡estamos ya en el siglo XXI!

Y es un consuelo, aunque no lo parezca, que salga a la luz, por esta vía, que tenemos muchísimo más parecido del que creímos con las sociedades primitivas de los antiguos imperios egipcios y mesopotámicos: en ellas, los sacerdotes administraban pócimas secretas para curar al vulgo, el cual, agradecido, tragaba -pura cuestión de fe- lo que estos dioses humanos les ofrecían. Así se ha mantenido durante siglos algo que ahora se constata: algunos supersabios -estos dioses humanos hoy son imperios farmacéuticos- conocen y dosifican los secretos del bienestar y la salud; el resto de la gente, enfermos todos en potencia, ignorantes con alevosía, sólo podemos pagarles con fe, esperanza, caridad e incluso adoración, además de dinero. Cosa que, desde luego, hacemos con sumo gusto. Que remedio: pura supervivencia.

He repasado algunos prospectos de medicamentos de uso corriente y me he encontrado con los secretos de los dioses expuestos con la habitual claridad de la casta sacerdotal. Daré dos o tres muestras, al azar. La gran ventaja de un analgésico de uso vulgar es que 'puede asociarse a uricosúricos, no afecta al tiempo de la protrombina, se absorbe rápidamente en tracto gastroentérico y el máximo nivel plasmático se alcanza entre los 30 y 60 minutos', ¡excelente recomendación! Las contraindicaciones de otro fármaco común son también transparentes: 'glaucoma de ángulo estrecho, miastenia gravis, contracturas neurológicas con neuroplasticidad', es decir, lo que se oye hablar cada día por la calle.

Pero hay quien se esfuerza en explicar aún mejor las cosas y así se nos advierte de que esas píldoras están 'contraindicadas por hipersensibilidad a cualquiera de sus componentes'. Y los componentes se llaman 'metotrexate, hidantoína, pentoxifilina, clorafenicol...' y cosas tan extraordinarias que ni siquiera el diccionario es capaz de imaginar. Entre las advertencias especiales, por ejemplo, está la de que 'hay que consultar al médico regularmente' -¿será el médico un traductor simultáneo?- o que 'los deportistas pueden establecer un resultado analítico de control de dopaje positivo', con lo que constatamos que los redactores de los prospectos, ¡menos mal!, son forofos de la prensa deportiva. Si a eso añadimos que los efectos secundarios más habituales oscilan entre el 'normalmente se tolera bien, pero puede aparecer mareo, entorpecimiento, somnolencia, ataxia, náuseas, vómitos, reacciones alérgicas, estreñimiento o erupciones cutáneas...', el cuadro es de un surrealismo futurista de vanguardia.

¿Alguna recomendación final? Tal vez un master generalizado a los 6.000 millones de habitantes del planeta para entender los prospectos, o un diccionario de uso casero o, sencillamente, no ponerse enfermo. Eso sería lo más fácil: decretar que enfermar es un pecado. Igual, esta sencilla fórmula resulta eficacísima para lograr la inmortalidad, que es, en definitiva, lo que nos interesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001