El Museo Judío se convertirá a partir de hoy en la más importante institución cultural judía en Alemania. Con su inauguración, en un espectacular edificio del arquitecto israelí Daniel Libeskind, el centro trata de recuperar la milenaria historia del judaísmo en Alemania, interrumpida brutalmente por el nazismo. A la ceremonia de apertura acudirá toda la élite política y cultural de Alemania, incluido el canciller Gerhard Schröder.
El museo, que incluye también el edificio del antiguo museo de la ciudad de Berlín, se inaugura tras más de un 25 años de preparativos centrados en encontrar el lugar y el formato idóneos para contener los 2.000 años de la historia del judaísmo en Alemania.
La exposición permanente aún no ha sido mostrada a la prensa, pero se sabe que reunirá objetos, obras de arte, documentos e instalaciones multimedia no sólo para mirar, sino también para tocar y experimentar. Se expondrán, por ejemplo, un par de gafas que en el siglo XVIII pertenecieron al filósofo Moses Mendelssohn, o el más antiguo mapa que se conoce de Palestina (1475), pero también los instrumentos que se utilizan para la circuncisión, o un baúl de judío errante.
'Esto se tiene que convertir en una casa que no sólo mire hacia el pasado, sino también al futuro', explica el director de orquesta Daniel Barenboim. Al frente de la Orquesta Sinfónica de Chicago, en la sede de la Filarmónica de Berlín, Barenboim abrirá hoy las celebraciones con la séptima sinfonía de Mahler, la más complicada del compositor austriaco. Al concierto asistirán el presidente de Alemania, Johannes Rau; el canciller, Gerhard Schröder, y el ex secretario de Estado de EE UU, Henry Kissinger, además de 900 invitados de la élite cultural, económica y política germana, que se ha volcado en las celebraciones. Tras el concierto, todos los invitados asistirán a una cena de gala en el mismo edificio del museo.
El horror
No es éste un museo sobre el holocausto, aunque el horror está en cada una de las esquinas de este edificio con formas zigzagueantes, construido por Daniel Libeskind con un presupuesto cercano a los 10.000 millones de pesetas y casi tan celebrado por su arquitectura como el Museo Guggenheim de Bilbao, construido por Frank Ghery.
Más de 350.000 personas lo han recorrido, vacío, en los últimos dos años, desentrañando las múltiples lecturas simbólicas de una construcción en la que todo remite a la historia de los judíos en Alemania: desde las líneas que unen las muchas pequeñas ventanas (trazadas según un mapa de las casas de los judíos que residían en este sector de la ciudad), pasando por el jardín del exilio (en el que un bosque de estelas torcidas produce una fuerte sensación de mareo), hasta una hermética torre de hormigón (en la que, finalmente, el visitante se enfrenta con el vacío que han dejado las víctimas del nazismo).
En este marco, el museo pretende 'mostrar cómo los judíos a lo largo de los siglos han influido en la cultura alemana, y cómo los alemanes han hecho lo propio con la cultura judía', explica W. Michael Blumenthal, el director del museo.
El mismo Blumenthal, para no ir más lejos, puede rastrear en sus antepasados hasta el siglo XVII. Eran respetados ciudadanos de Oranienburg, aquella misma localidad en las afueras de Berlín en la que los nazis instalaron un campo de concentración (la familia del director del museo pudo huir en 1939 a Shanghai, desde donde en 1947 emigró a Estados Unidos).
W. Michael Blumenthal es un director de museo casi inverosímil. A sus 75 años, este judio estadounidense y economista de profesión irradia una energía infantil. Entre 1977 y 1979, durante el mandato del presidente Jimmy Carter, fue secretario del Tesoro de EE UU.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001