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COLUMNA

Matar un escritor

Antes los señoritos acudían a las monterías con zahones, lebreles y escopetas, y a perdigonadas destrozaban el bosque, unas cuantas torcaces, algún aristócrata venido a menos y varios santos inocentes de los que les cobraban las piezas. Ahora, los señoritos también abaten escritores al vuelo o bajo tierra, pero en el despacho, de corbata y con lápiz rojo. Un día, el conde de Yebes pidió que le prologara un libro venatorio, a Ortega y Gasset, quien se confesaba tan incruento como poco cazador, y no veía por qué una antigua amistad tenía que florecer en prólogos. Finalmente, concluyó que a lo largo de los siglos nunca se había dejado de cazar, hasta el punto de que se había hecho de esta ocupación un privilegio de los poderosos, a los que procuraba un repertorio de sensaciones felicitarias. Los conejos, las palomas y los poetas, saben mucho de esas razzias. Los conejos y las palomas suelen terminan su peripecia en la cazuela. Los poetas, los narradores, los dramaturgos, además de una posible gloria efímera y unas decenas de lectores fieles, tienen destinos más abominables: el Index, la hoguera, la nefasta oficina del censor, el exilio, la celda, el juzgado, los planes de estudios, o la calle, que algunos hacen, porque el oficio anda más prostituido que la Charito, y se van detrás de la pasta gansa o de un cargo en el trastero del poder. Los escritores son una prenda incómoda y hasta una perdición, cuando les da por lo del compromiso y la independencia, que es estrategia de rojos y elementos agitadores. Entonces, si no se dejan manejar, si no se tiran al elogio y al panegírico como es de menester, o no se avienen y renuncian a las servidumbres de la canonjía, lo más prudente es despacharlos, sin contemplaciones. La historia nos ofrece demasiados ejemplos de escritores que en vida o después de palmarla, han sido víctimas de la cetrería del poder; y en eso consiste su inmortalidad: en proporcionarle, con sus obras, otra nueva ocasión de excomulgarlos, maldecirlos, excluirlos, echarlos a la hoguera, en tanto sus despojos alimentan malvas y algún suspiro.

El poder cuando es totalitario, despótico, absoluto o de mayorías absolutas, y aún de apariencias democráticas -el neoyorkino Henry Miller, pero qué obsceno-, se los ventila. Y el poder dispone de una batería de decretos, leyes y argucias, capaz de pararle los pies a todas las maldades posibles. Como por ejemplo: cortarle las mangas al régimen, criticar la gestión oficial, discrepar con la autoridad, contar cochinadas, narrar episodios de abusos y arbitrariedades, declamar disidencias e intimidades, crear personajes inmorales e irreverentes, describir posturas eróticas, utilizar un idioma supuestamente sospechoso e invasor, relatar amores extravagantes o las peripecias de un guerrillero o las desventuras de un viajante, ser catalán o ser mallorquín. Pero, ¿a qué vienen esos temores, esas medidas y esas discriminaciones, por razones de origen?, ¿es un caso de xenofobia literaria repentina, o más bien dictada por unos sectores que tienen la hegemonía de la intolerancia y el obscurantismo, y que controlan parte de las urnas?, ¿o se trata de la incubación de un complejo de inferioridad y de urgencia para Freud?, ¿excluir a Bernat Metge, a Salvador Espriu o a Llorenç Villalonga, con el frágil y paternalista pretexto de dar 'una mayor protección' a los autores nacidos en el País Valenciano? Seguro que los autores valencianos que escriben en la misma lengua que aquéllos ni quieren algo así como una 'reserva de especies en extinción', ni están, de ninguna manera, por la carnicería literaria que, con su excusa, puede perpetrar la Consejería de Cultura. Que medite la barbaridad, con sosiego, y que desista. Las palabras no tienen fronteras. Sartre dijo que quien atentaba contra una lengua y una literatura cometía un genocidio cultural. La Generalitat no puede ni debe cometer un genocidio cultural, y menos con su propia lengua. ¿O sí?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001