Estas gentes del PP valenciano son viciosas de la lisonja y el hisopeo. Hace tan sólo unos días, cerraban el periodo estival en La Vila Joiosa mediante un fin de fiesta en el que se pusieron morados de tanto celebrar sus propias bondades políticas y maravillosa gestión. 'No se pueden tener tantos éxitos históricos en tan poco tiempo', proclamó el presidente Eduardo Zaplana y la frase puede valer como corolario de un discurso que muy bien pudo haber colmado diciendo que vencida y desarmada la oposición, las huestes populares han cubierto todos sus objetivos, incluso los que no han pasado del bastidor de los proyectos, como el AVE y el Plan Hidrológico, que se dan por hechos. Euforia y narcisismo, pues, a punta de pala.
Con este mismo ánimo, y quizá para que no decaiga, los populares, amos del tempo y de la oportunidad, acaban de convocar para el próximo miércoles el debate sobre política general que, obviamente, reeditará la referida pirotecnia autocomplaciente. Con una ventaja añadida, por si fuera poco: los partidos opositores, la izquierda, contribuirán con su presencia e intervenciones a que esa puesta en escena no parezca un vicio solitario. Pero eso acabará siendo por más que se crucen los galleos dialécticos. Hoy por hoy, y veremos hasta cuando, el molt honorable está condenado a practicar el toreo parlamentario de salón, adornándose incluso con mortificantes detalles de condescendencia para con sus adversarios. La portavoz del Gobierno, Alicia de Miguel, lo ha dicho en su periódico predilecto: 'Aquí seguimos echando en falta un interlocutor serio'.
Y el interlocutor, por su parte, -digo del PSPV- no ha perdido la ocasión de exhibir su flaqueza protestando, primero, y resignándose después a la perentoriedad de la cita en las Cortes. Por lo visto, como a los malos estudiantes, le ha faltado una semana para aprenderse el programa y buscarle las vueltas a la gestión del Consell, como si con unos cuantos días más de reflexión y acopio de materiales críticos pudiesen enmendar el tino y el tono que han tenido a lo largo de seis años. Me pregunto yo, por preguntar, si Ximo Puig, el portavoz socialista, podría cambiar su talante hincándose de codos unas cuantas noches. O si Andrés Perelló, la lengua flamígera, puede ser más lacerante de cuanto nos tiene asombrados. O si Joan Ribó, que su papel juega, puede añadir algún sesgo a su homilía.
Así las cosas, no arriesgamos gran cosa al prever un debate en el que unos se solazarán publicitando su incomparable eficiencia y los otros nos aleccionarán sobre las siete plagas de Egipto que nos abruman y de las que no nos hemos enterado. Es, en suma, el habitual diálogo de besugos -dicho sea con perdón- que puede matar de tedio a las mismas vacas. Lo del debate no deja de ser un eufemismo y una liturgia más bien plasta y perfectamente prescindible. Al menos en tanto que las partes contrincantes no se batan con armas, pesos y alientos semejantes. Y lo que resulta más decisivo, que aborden asuntos de auténtico interés para el vecindario y lo hagan sin el consabido maniqueísmo que traduce un mismo enunciado en un prodigio o en una calamidad.
Como doctores tiene la iglesia -digo de los asesores y pensantes de los partidos- en su mano está poner el énfasis en lo que importa, que es más o menos lo de siempre: la sanidad, el I+D, la enseñanza de calidad, la seguridad ciudadana, la inmigración, la devastación del territorio, el agua escasa, la prepotencia de las compañías eléctricas, los servicios sociales y, en suma, estos y otros asuntos que emergen a diario en los periódicos y que, sin negar los progresos alcanzados, son manifiestamente mejorables, incluso para un partido que cree haber conquistado el doctorado cum laude en la gestión política y que tiene franquía para dormirse sobre los laureles porque la oposición no es -ni se le espera- alternativa próxima. El miércoles se verá.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001