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Tribuna:

Nueva economía y sociedad informacional

Del 12 al 14 de septiembre se celebrará en Valencia el 14º Congreso Anual de Eben (Red Europea de Ética de los Negocios) organizado por la valenciana Fundación Etnor (Ética de los Negocios y de las Organizaciones) que preside Emilio Tortosa y dirige fehacientemente la profesora Adela Cortina. El tema central del congreso será, nada menos, que la 'ética de la empresa en la sociedad de la información y de las comunicaciones'. El congreso tratará de auscultar qué papel juega, o, debería jugar, la ética en el mundo de la empresa dentro de la llamada 'nueva economía'. No me cabe la menor duda que será un debate apasionante tanto por el tema en sí mismo como por los participantes: abre las sesiones una conferencia de Amartya Sen, a la que les siguen otras de Justo Villafañe, Ignacio Ramonet, Gerd Schulte-Hillen, Georges Enderle, Juan Luis Cebrián, etc., concluyendo con una intervención de Manuel Castells. Y se llevarán a cabo diversos talleres donde se abordarán aspectos de la ética económica y empresarial en la sociedad de la información.

Como ya han resaltado M. Castells y Martín Carnoy, conviene precisar que la nueva economía tiene dos soportes fundamentales: las nuevas formas de organización facilitadas por el uso de las nuevas tecnologías de la información, la telemática y robótica; el otro soporte es la economía global, cuyas actividades estratégicas nucleares -innovación, finanzas y gestión empresarial- funcionan a escala planetaria en tiempo real. La flexibilidad y la adaptabilidad de las nuevas tecnologías en ese contexto global, permite a las empresas de la nueva economía combinar y separar simultáneamente el trabajo en proyectos y tareas específicos en cualquier lugar y en cualquier momento sentando las bases de la empresa virtual como entidad funcional.

Este proceso es concomitante con la incesante presión empresarial para flexibilizar cada vez más la contribución del trabajo y romper la resistencia institucional a esa lógica organizativa. Las consecuencias son un aumento de la productividad y la rentabilidad, si bien el trabajo perdió su protección institucional y se ha hecho -o se está haciendo pues no es lo mismo el contexto de EE UU que el europeo, hoy por hoy- cada vez más dependiente de la capacidad de negociación individual en un mercado laboral en cambio constante. El trabajo se está individualizando. Y la sociedad diferencia cada vez más entre ganadores y perdedores en un proceso infinito de negociación individual.

En esta dirección, los salarios reales (en el periodo 1979-1998) de gran parte de los trabajadores, especialmente los que carecen de una educación universitaria, se han reducido en forma constante y acusada. Es más, según la OCDE, la distribución de los beneficios salariales se ha hecho más desigual, aumentando la desigualdad aproximadamente en la misma proporción que la distribución de la educación formal a través de los géneros, etnias, sectores industriales y ocupaciones.

Por otro lado, la sociedad informacional a la que parece que estamos abocados implica trabajadores formados, profesionales cualificados, polivalentes que puedan insertarse en ese mercado laboral volátil de la nueva economía. En este sentido, siendo considerables las diferencias salariales entre trabajadores cualificados, educados y los que no lo son, peores son las perspectivas de futuro de estos últimos.

En efecto, parece un hecho probado que los mayores niveles de fecundidad se dan en las familias con un nivel educativo inferior. En esta dirección parece ser que la media de los padres con un nivel educativo menor está en desventaja a la hora de ofrecer lo que los niños de corta edad necesitan para un buen rendimiento escolar. Este problema puede agravarse por otras cuestiones tales como el estancamiento de los ingresos reales de las familias de nivel educativo inferior -antes ya mencionado-; porque en algunos países hay un elevado porcentaje de mujeres cabeza de familia, con salarios más bajos, a los que se les une niveles educativos también bajos; y, por último, la inversión pública en la atención y educación temprana de los niños es escasa -educación entre los dos y seis años-. Ciertamente, este último aspecto no es universal pues países como Francia, Escandinavia y algo Alemania, lo tienen mejor resuelto que el resto.

Carnoy, aconseja redefinir los centros de producción de conocimientos -desde las escuelas infantiles a las instituciones superiores- para proporcionar una combinación de desarrollo de las etapas tempranas de la infancia, escolarización formal, actividades académicas y extraacadémicas complementarias y educación de adultos, lo que implicará un uso flexible de su personal y, en muchos casos, subcontratar parte del trabajo a organizaciones no gubernamentales y proveedores privados. Eso sí, con el paraguas público entendido de una forma flexible pues la educación hay que entenderla como una experiencia colectiva común que concita confianza social, especialmente en las épocas tempranas y medias de la educación. En definitiva la cooperación en lugar de la competencia. Éstas y otras muchas cuestiones se van a plantear en este congreso. Apasionante ¿no cree?

Emèrit Bono es catedrático de Política Económica de la Universidad de Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001