Luis Carlos Restrepo Sánchez intenta descifrar, ahora que el dolor se lo permite, las razones que llevaron a un sicario a quitarle la vida a su hermano y a su cuñada. Edwin Restrepo Sánchez tenía 24 años y Angélica Lasprilla Correa, 22. Ambos, colombianos, murieron asesinados en la noche del pasado 16 de agosto mientras se hallaban en el interior de un coche estacionado en batería en la calle de Manuel Noya, en el distrito de Usera. La policía cree que se trató de un ajuste de cuentas.
En el silencio de Edwin, siempre tan alegre pero al mismo tiempo tan reservado, Luis Carlos pretende, infructuosamente, encontrar una explicación: 'Me hubiera encantado tener la confianza suficiente para que Edwin me contara sus cosas. Pero los dos siempre fuimos así. Cada uno con sus problemas, aunque en el fondo estábamos muy unidos'. Mientras habla, Luis Carlos apura una cerveza con cierta desgana en la misma plaza donde dos meses atrás se sentó con su hermano. Tiene los ojos enrojecidos. Tanto, que parece que le duelen. Se expresa con voz muy pausada y en sus palabras sólo se percibe llanto. 'Yo me pongo a pensar... En Colombia nunca nos sucedió nada. ¿Cómo es posible que tengamos que pasar por algo así, tan terrible, en un país como éste?'.
Algunos amigos hicieron una colecta para poder enterrar a los fallecidos
'A veces pienso que pudo tratarse de un error, pero entonces duele más', dice su hermano
Edwin nació en la ciudad de Cali en 1977, en el occidente colombiano. Llegó a España en septiembre del pasado año. Vino, como muchos compatriotas, obligado por la pobreza, la violencia y las esperanzas de un futuro mejor. El hijo menor de la familia Restrepo Sánchez, apenas cursó hasta el tercer grado de bachillerato. Se hizo soldador de montajes eléctricos, pero la escasa oferta laboral le hizo pensar en la posibilidad de buscar otros horizontes. En Cali se quedó Angélica, su joven compañera. Y se quedaron también los tres hijos de ambos. Edwin Steven, de 6 años, primogénito de Edwin y fruto de una relación anterior, y Angie y John, los hijos que Angélica tuvo con otra pareja.
En Colombia quedó también una deuda de varios ceros a la derecha: 'Nosotros le apoyamos mucho para que viniera. Como no teníamos dinero, mi madre tuvo que hipotecar la casa para comprar el billete. Es que en Colombia no hay nada que hacer. Allí no hay manera de vivir. No podíamos ni pagar el teléfono, que eran unas 2.000 pesetas de aquí', relata Luis Carlos.
Edwin llegó a Madrid y se instaló en casa de unas amigas en un piso del distrito de Usera. Lo primero que hizo fue trabajar como portero en una discoteca. Después, según cuenta su hermano, se empleó eventualmente en la construcción, en mudanzas y fontanería. Siempre, dice Luis Carlos, enviaba dinero a casa para su familia y para mitigar, aunque fuera poco a poco, la deuda que le había dejado la hipoteca.
El pasado febrero fue Luis Carlos, soltero y de 31 años, el que se lanzó a la aventura de buscar otros horizontes. Él, el mayor de los hermanos, hipotecó la casa de su abuela y hasta sus sueños para poder venir a España.
Los hermanos Restrepo Sánchez, pese a no vivir en la misma casa, mantenían contacto. Salían de vez en cuando, jugaban al fútbol con amigos en común y albergaban la firme esperanza de ayudar a su madre, entre otras cosas porque en Colombia la figura materna alcanza cotas de devoción absoluta. 'Queríamos pagar las deudas para ir después a Colombia. Iríamos en diciembre y llevaríamos a mamá a pasear, le íbamos a dar unas vacaciones bien guays' , cuenta Luis Carlos.
Cuando habían transcurrido casi once meses de su llegada a Madrid, Edwin consideró que era el momento de cumplir su promesa y de traer a Angélica, su mujer. En esos días, dice Luis Carlos, se le veía feliz.
El día de su muerte, Angélica Lasprilla Correa llevaba sólo 12 días en España. Estaba ilusionada por el reencuentro con su compañero, pero también por la ciudad: 'Me dijo que esto era muy bonito, que era muy grande', relata su cuñado. 'Ella tenía muchas ganas de traer a los niños', añade.
'Cuando me llamó la policía pensé que mi hermano había matado a alguien. No pensé que la víctima fuese él. Pregunté por ella y me dijeron que también la habían asesinado'.
Lo que vino después fue el horror. Luis Carlos cuenta que solicitó ayuda en el Consulado colombiano para repatriar los cadáveres pero no la encontró. Algunos amigos tuvieron que hacer una colecta para enterrar a la pareja, porque resultaba imposible llevarlos a su país. 'Me pedían 1.800.000 pesetas. ¿De dónde iba a sacar ese dinero? Esa semana comenzó mi odisea', dice. 'Ahora estoy ahogado en más deudas y pido ayuda para poder devolver el dinero que me han prestado'. Cuando le preguntan por el supuesto ajuste de cuentas que maneja la policía como móvil del asesinato, se queda en silencio. Y enseguida responde: 'Mi hermano era tan joven que yo no me explico nada. En la policía me dijeron que se trataba de un ajuste de cuentas, pero yo creo que si él hubiese estado metido en drogas habría tenido dinero suficiente para pagar sus deudas en Colombia'.
Para Luis Carlos lo único claro en la muerte de su hermano y su cuñada es la huella del sicario: 'Por la forma como los mataron se trató de colombianos. De sicarios. Yo creo que esa gente no tiene corazón, ni mente, ni alma. Es que no destruyen una sola vida, sino el futuro de mucha gente. A nadie le cabe en la cabeza. Mi hermano ni siquera tenía antecedentes penales. No me lo explico. ¿Qué le pasó, por qué lo mataron? A veces también pienso que pudo tratarse de un error, de una confusión, pero entonces duele más'.
Luis Carlos Restrepo Sánchez tuvo que soportar en solitario la muerte de Edwin y Angélica. Pero no era eso lo que más le atormentaba, sino la tragedia que se cernía sobre su familia en Colombia: 'Yo no quería contarles nada ni a mi madre ni a mi hermana, quería ahorrarles el dolor', relata. Pero los rumores llegaron hasta el barrio Antonio Nariño, donde viven, y entonces Luis Carlos ya no pudo más. 'Fue terrible', apunta. 'A los niños les tuvimos que decir que papá y mamá habían tenido un accidente y que estaban en el cielo'.
Edwin y Angélica fueron sepultados el pasado 26 de agosto, diez días después de su muerte, en el Cementerio Sur. Como pudo, Luis Carlos atendió las súplicas que desde Colombia hacía su madre: 'Les hicimos un entierro bonito. Les llevamos salsa y rancheras, y les tomamos fotos. Yo estuve mucho tiempo ahí para que no se quedaran tan solos'.
La huella del sicario
Pistoloco, punkero, torcido o simplemente, sicario. Las palabras abundan, pero el significado es uno sólo: jóvenes, a veces niños, que matan por encargo.
El fenómeno conocido como sicariato alcanzó su cima en Colombia a mediados de la década de los ochenta, en la etapa más floreciente de los carteles de la droga encabezados por Pablo Escobar, el que después se convertiría en el narcotraficante más buscado del planeta hasta su muerte en diciembe de 1993.
Las primeras apariciones de sicarios se remontan a los años setenta en la ciudad de Medellín, cuando se desencadenaron duras guerras entre contrabandistas de tabaco y alcohol. Pero fue Pablo Escobar y su poderosa industria del narcotráfico quien promovió, como si de una organización militar se tratara, el reclutamiento masivo de jóvenes que convirtió después en sicarios. Se trataba, según explica el periodista colombiano Carlos Alberto Giraldo, especialista en el conflicto armado de su país, 'de chicos de sectores populares, deprimidos; muchachos sin educación, sin empleo, sin futuro. Para ellos, jamás reconocidos por la sociedad, Escobar se convirtió en el más claro ejemplo de triunfo rápido y fácil'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001