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Tribuna:

El 'efecto llamada'

Para cualquiera que haya circulado el mes de agosto por las carreteras de Marruecos el desfile continuo de automóviles con matrículas de la Unión Europea, pero con chóferes y pasajeros indígenas, constituye el primer signo, el más llamativo, de los cambios introducidos en la sociedad del país vecino por la llegada masiva de un millón y pico de magrebíes establecidos en el extranjero. A diferencia de hace unos años, éstos no vienen ya únicamente en vehículos usados y antiguos, en caravanas de segunda mano. Ahora conducen las mejores marcas, flamantes todoterreno, descapotables con música ensordecedora. Regresan a su tierra como triunfadores. Son los indianos de la época.

Traen con ellos otro estilo de vida: prendas veraniegas o deportivas, nuevos gustos musicales, un mayor apetito de libertad. Gran parte de las muchachas visten exactamente como las europeas y procuran comportarse conforme a sus pautas. Abundan los niños que se expresan en francés, en holandés, en alemán, en español. Visten camisetas de Gap, Fila, Chevignon o de La Caixa. Son turistas en su propio país y sus padres les fotografían o filman con sus cámaras de foto o de vídeo. Muchos jóvenes vienen a buscar novia y casarse en una ceremonia obligatoriamente grabada en magnetoscopio (este último requisito es ineludible y creo que las autoridades religiosas o judiciales deberían estudiar la posibilidad de declarar nulas aquellas bodas que no hayan sido convenientemente filmadas a fin de ser proyectadas durante días y aun semanas a las visitas en el comedor de los cónyuges).

El espectáculo nocturno que ofrecía Aín Aserdún, el bello y frondoso parque que corona la ciudad de Beni Mellal, me impresionó. Una multitud de jóvenes de los dos sexos, ataviados a la americana, se mezclaban con familias, infinidad de chiquillos, inmigrantes con gorra y pantalón corto, madres casamenteras. Sentados en los bancos públicos o tendidos sobre mantas en el suelo, cenaban, charlaban, bebían té o refrescos mientras los guardias municipales -impotentes regidores del caos- trataban de encauzar los atascos de la circulación. Entre los automóviles estacionados al borde de la carretera que serpentea por el flanco de la montaña divisé a seis con matrícula de Barcelona, tres de Murcia y dos de Madrid.

El panorama me recordó el de las zonas 'atrasadas' de España a comienzos de los sesenta, cuando dos millones de emigrantes en Francia, Alemania, Holanda o Suiza volvían también con costumbres e ideas nuevas a sus lugares de origen. Como sabemos, la emigración a Europa, juntamente con la llegada de millones de turistas, cambió de forma decisiva la sociedad hispana y sembró las semillas de la futura descomposición del régimen autoritario que conmemoraba orgullosamente por aquellas fechas sus 'Veinticinco años de paz'; descomposición provocada no por la lucha política de una oposición marginada e impotente sino por una dinámica económico-social que convirtió a aquél en un cascarón vacío, cuya sustancia interior había cuajado, fuera de él, en nuevos proyectos de convivencia y de sociedad. Si el nivel de vida de los turistas e inmigrantes abría los ojos de los campesinos respecto a sus míseras condiciones de vida y los de los obreros tocante a la falta de libertades sindicales, la burguesía descubría a su vez unos valores y gustos muy alejados de los de la cerril y pacata sociedad tradicional. Este mismo efecto 'contaminador' y el anhelo de formas de vida similares a las del mundo europeo se extienden hoy por todo Marruecos, incluidas las zonas rurales en donde proliferan los hongos blancos de las parabólicas. Millones de jóvenes en paro o con empleo precario contemplan día y noche las imágenes de un mundo embellecido e inaccesible. Una buena parte de ellos se liarán un día la manta a la cabeza y se lanzarán a la aventura de alcanzar sus orillas.

Pero el posible paralelo entre la España de hace cuarenta años y el Marruecos de hoy se detiene aquí. Si bien el nivel de la renta per capita de nuestras provincias pobres del sur o de la Meseta era unas diez o doce veces inferior al de Suiza, Alemania o Suecia -esto es, una diferencia similar a la que nos separa hoy de nuestros vecinos del sur-, las circunstancias en las que se produjo nuestro despegue económico son radicalmente distintas de las del Marruecos del nuevo milenio. Mientras los inmigrantes españoles eran acogidos con los brazos abiertos por los empresarios y dueños de una economía europea en plena expansión, esta válvula de escape no funciona ya. Los candidatos a la inmigración -ya sean del Magreb, del África subsahariana o de Iberoamérica- encuentran todas las puertas cerradas: visados difíciles o imposibles, fronteras blindadas en Ceuta y Melilla con vallas coronadas con alambre espinoso, cámaras de vigilancia y control, focos halógenos y sensores volumétricos. La inaccesibilidad de la Fortaleza Europea les pone en manos de las redes mafiosas que explotan su pobreza e ilusión de alcanzar el estatus de esos inmigrantes que vuelven anualmente a su país envueltos en un halo de riqueza y triunfo personal.

Este es el verdadero efecto llamada y no la modificación favorable de ciertas cláusulas de la inicua Ley de Extranjería como sostenían y sostienen con increíble aplomo el señor Fernández-Miranda y sus colegas del Gobierno. Los millares y millares de candidatos a la emigración clandestina del vilayato de Beni Mellal ignoran del todo el contenido de aquélla: se limitan a comprobar de visu la llegada de sus compatriotas instalados en Europa en automóviles de marca y con enseres modernos. Las características económicas de la región -grandes latifundios, quiebra del sector agrario como reserva de mano de obra barata a causa de la industrialización de la agricultura, ruina de los pequeños agricultores agravada por la sequía, etcétera- explican el éxodo a las grandes ciudades y el poder imantador de la inmigración. En todos los pueblos y zocos que he visitado, los nuevos indianos venden los productos que han traído consigo a precios que desafían toda concurrencia. ¿Quién puede resistir al efecto llamada de sus vecinos enriquecidos y de los flujos imparables de la mundialización?

Porque no hay que engañarse ni engañar a la opinión pública: la inmigración ilegal no va a detenerse por mucho que se extremen las medidas policiales para atajarla. La libre circulación de capitales y bienes pero no de personas va a aumentar, al revés, los desequilibrios y tensiones en las zonas de fractura entre las sociedades avanzadas y las llamadas piadosamente en 'vías de desarrollo'. Las mafias explotadoras de la miseria humana internacionalizan sus actividades siguiendo el modelo de las grandes empresas y cárteles de la Aldea Global. En los alrededores de Tánger se hacinan no sólo incontables jarragas (emigrantes ilegales) magrebíes y centenares, quizá millares, de subsaharianos: el número de asiáticos tiende a aumentar. En un céntrico café cercano al edificio de Correos fui testigo del contacto con el guía local de dos chinos candidatos al salto -cuántas veces mortal- a la orilla norte. Ignoro si llegarían a su destino, aguardan aún tascando el freno o si sus cadáveres se descomponen en los fondos marítimos del Estrecho. Nuestras playas reciben a diario a docenas o centenares de jarragas en zodiac o patera, mas no existen estadísticas fiables del número de desaparecidos.

Es desde luego obvio, como indicaba Francisco Peregil en su crónica (EL PAÍS del 26 de agosto de 2001), que este tráfico humano, o por mejor decir, inhumano, cuenta con todo tipo de complicidades entre las fuerzas de seguridad que vigilan las costas entre el cabo Malabata y la frontera ceutí. Pero el problema de los flujos migratorios es mucho más vasto y no atañe sólo a España y el Magreb: abarca unas redes internacionales bien organizadas cuyas bases se hallan también en Algeciras, Gibraltar, Ceuta y Melilla. En esta última 'plaza de soberanía' se lleva a cabo un gigantesco blanqueo de dinero procedente de toda suerte de tráficos (el volumen de las operaciones de compra y venta de divisas fue hace tres años el 10,42% del total nacional). Lo que aparece a la vista de cualquier observador honesto en medio de tanta behetría es sólo la punta del iceberg.

Muchas veces me pregunto cuáles serán las consecuencias de la entrada en vigor, dentro de diez años, del tratado de libre comercio entre Marruecos y la Unión Europea. Las últimas barreras proteccionistas desaparecerán y las mercancías de aquélla irrumpirán en los almacenes, tiendas y zocos de la orilla sur. Previsiblemente, miles de pequeñas empresas cerrarán, el dirham será devaluado, el número de parados subirá a consecuencia de estos cambios y del alto índice de natalidad. Según el semanario marroquí L'Economiste, bastantes empresarios liquidan sus negocios y sitúan sus capitales en puestos más seguros. Las contradicciones económicas y sociales se recrudecerán y llegarán a límites difíciles de imaginar pero que habría que prever desde ahora.

¿Cómo soportará la sociedad marroquí las transformaciones impuestas desde el exterior por la mundialización y sus Tablas de la Ley implacables? La invasión de capitales y bienes, paralela al cierre de las fronteras para las personas, provocará en cualquier caso unas ondas de choque que afectarán igualmente a España. Cuanto ocurre hoy es sólo el comienzo: el vendaval llegará más tarde.

El Gobierno de Aznar, cuya torpe arrogancia con Marruecos contrasta con su sometimiento ciego a la estrategia militar de Bush y el fracaso de su política agrícola en el seno de la Unión Europea, no arreglará las cosas achacando a Rabat la responsabilidad exclusiva de los dramas que acaecen casi a diario en las playas andaluzas y canarias. Según informes elaborados por diferentes entidades estatales y bancarias, España precisa de la llegada anual de 240.000 inmigrantes para mantener su actual nivel económico y el de sus prestaciones sociales. La naturaleza tiene como sabemos horror al vacío y los puestos de trabajo necesarios pero vacantes serán ocupados, nos guste o no, por los centenares de miles de mujeres y hombres que aguardan al sur del Estrecho una ocasión de mejorar sus precarias condiciones de vida. Un Gobierno responsable debería decidir de una vez si es mejor encauzar estos flujos por caminos legales o aferrarse a una visión catastrofista de las cosas que propicia la multiplicación de tráficos esclavistas y la creación de guetos infames de explotación y barbarie.

En un aguijador y bien documentado ensayo sobre las barreras mentales y psicológicas que lastran las relaciones bilaterales entre los dos países (Al sur de Tarifa. Marruecos-España: un malentendido histórico. Madrid, 2001), Alfonso de la Serna recuerda muy oportunamente que 'parte de nuestro destino de hoy y de mañana se encuentra en una estrecha y amistosa cooperación con el Magreb, ese inmediato vecino nuestro con el cual debemos tejer un denso tejido de intereses si queremos responder racionalmente a los desafíos de la geografía y la política'. Por desdicha, la falta de visión del actual Gobierno perpetúa un desconocimiento de las situaciones y los hechos que ha sido una constante nuestra desde la absurda 'cruzada' de O'Donnell hasta el presente siglo. Los errores acumulados a lo largo de una desdichada historia común deberían ceder paso a una respuesta conjunta de España y Marruecos a las realidades crueles de la globalización y su previsible impacto en las sociedades de las dos orillas. Las soluciones deben ser económicas y políticas, y no meramente policiales. Lo peor sería incurrir aún en la antigua costumbre de equivocarnos de época.

Juan Goytisolo es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001