Como ciudadano irlandés nacido en Belfast hace más de cuarenta años, hijo de padre protestante y madre católica, y ahora residente en España desde hace más de dieciséis, permítanme expresar mi dolor profundo por lo que estoy viendo en el televisor y leyendo en los periódicos sobre las acciones de unos desgraciados en las calles de Belfast, a primera hora de la mañana, cuando pasan delante de ellos unas niñas (algunas de sólo cuatro años) para ir a su colegio. Nunca olvidaré las imágenes de las caras de estas niñas. ¡El odio de estos hombres y los insultos, y después, las piedras y las bombas! Todo esto no es nada nuevo, pero sí tiene su explicación lógica.
Hace ochenta años, los británicos dividieron la isla de Irlanda, crearon un Estado artificial, llamado por los protestantes el 'Ulster', y permitieron que el Partido Unionista y su policía privada discriminasen y maltratasen sistemáticamente a la minoría católica. Todos los gobiernos británicos (laboristas incluidos) cerraron los ojos durante cincuenta años, hasta que el movimiento pacifista por los derechos civiles fue brutalmente reprimido a finales de los años sesenta. Mandaron a sus soldados, dijeron que era un problema de terrorismo o de ley y orden, y no del odio, sectarismo y del racismo más puro que ellos mismos provocaron.
Tres generaciones de protestantes, sobre todo en los barrios obreros, han crecido en un Estado artificial que les empujaba a odiar a sus vecinos católicos, considerándoles ciudadanos de segunda clase y sometiéndoles a los peores tratos. A las niñas de Holy Cross os pido con todo mi corazón que no odiéis y que perdonéis a vuestros vecinos protestantes. Ellos no tienen la culpa. Pero ¡no olvidéis nunca quiénes son los verdaderos culpables!-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001