Todos los racismos son igual de rechazables. Pero no todos son iguales. Los pueblos anglogermánicos redondean el racismo político y social con el racismo biológico: el asco del otro. Los pueblos latinos han practicado básicamente el racismo del poder y, en menor medida, el de la religión, pero han sido más amenos para el color diferente.
¿Tiene el sionismo -principal forma de producción de sentido del pueblo judío en el siglo XX- connotaciones racistas?
El sionismo proclama el derecho exclusivo de la comunidad hebrea del mundo entero sobre un pedazo de tierra de contornos más o menos coincidentes con la Palestina romana, lo que implica la negación de ese mismo derecho a cualquier otro pueblo, cualquiera que sean sus títulos de asentamiento secular.
Eso significa que un judío de Nueva Zelanda, por ejemplo, sin más conexión con Tierra Santa que algún antepasado que hubiera vivido allí por encima de hace dos mil años, tiene derecho irrestricto a reclamar y ocupar su metro cuadrado de Palestina, y si eso implica -como ha ocurrido en cientos de miles de casos- la expulsión de un descendiente de moradores del lugar con tan idéntica solera, pues, peor para él.
Toda la literatura de los padres fundadores del Estado de Israel, de Weizmann a Ben Gurion, está surtida de expresiones de desprecio, superioridad, desconocimiento y antagonismo antropológico hacia el árabe.
El judaísmo es una religión o una cultura básicamente no proselitista; es decir, que no aspira a la redención del género humano como los salvacionismos de tipo cristiano, sino a que el resto de la humanidad deje en paz a su comunidad, y, así, ésta pueda reproducirse siempre dentro de sí misma. Por eso, la condición de judío, que automáticamente confiere el derecho citado a la nacionalidad israelí con el consiguiente establecimiento en Palestina, tiene un carácter sacral, de mucha mayor intensidad que la de español o francés, naturalizaciones a las que se accede cumpliendo una serie de requisitos tan sólo materiales.
Evidentemente, no todos los israelíes son judíos, pero eso no se debe a la falta de ganas de los creadores del Estado, sino a que el mundo es imperfecto y quedaron palestinos en Palestina en 1948 y 1967, y ahora no parece ya posible desembarazarse de ellos; de igual forma, Israel, como Estado, admite nacionalizaciones y el sanedrín de los rabinos, conversiones. Pero los casos no abundan. En la selección nacional israelí de baloncesto juega un negro norteamericano, Derrick Sharp, que no es probable que naciera hebreo, y, convertido o no, hoy es ciudadano israelí.Y parece que Marilyn Monroe, casada con el dramaturgo judío Arthur Miller, acabó convirtiéndose a la fe mosaica por lo que habría podido emigrar a Israel. Pero en ambos casos está estrechamente regulado el derecho de admisión. Y, sobre todo, los árabes es mejor que no pierdan el tiempo.
Si el pueblo israelita hubiera mantenido un asentamiento político allí donde la Biblia establece su nacimiento, es posible que hoy, con la fuerte reducción del componente religioso en todas las sociedades del mundo occidental, el Estado de Israel fuera una polis normalizada, con una mayoría de afectos, al menos culturales, a la ley mosaica, y, al mismo tiempo, con una gran minoría de gentiles en total pie de igualdad con la mayoría. Sin quinta columna palestina.
Pero la diáspora mundial, la discriminación de los cristianos, los pogromos y la gran tragedia final del holocausto han hecho de una parte del pueblo de Moisés un gueto ambulante, una paranoia nacional que, al volver a refugiarse a una tierra muy distinta a la que dejaron, sólo podía pensarse en la exclusividad, la exclusión y la excentricidad comunitaria ante su entorno.
El propio judaísmo había erigido un muro de servicio para su autoprotección, basado en la mitología del pueblo elegido: la diferencia permanente. Y aunque esa teoría nace, sin duda, de la fe mosaica, a su perpetuación puede que hayan contribuido tanto o más los cristianos que el mismo pueblo hebreo.
¿Hay en todo ello elementos de un cierto racismo de supervivencia? Inevitablemente, sí, pero no tanto como el que media en la acción de los conquistadores españoles y portugueses en América; de los italianos en su tardo-imperio; de los franceses sobre todo en Argelia; y de los anglogermánicos en todas partes. En los pueblos europeos, el racismo imperial ha sido ariete mucho más que parapeto.
El sionismo, como proyecto político de esa visión del mundo, no podía, finalmente, recobrar ni reconstruir su Palestina sin una poética ni una práctica coloniales, que se resumen en la discriminación del nativo. ¿Ha existido jamás un colonialismo despojado de posiciones racistas? El ocupante ha necesitado para actuar una justificación ante sí mismo, como es la creencia en la superioridad del hombre blanco, del agente de la modernidad, del poseedor de un mejor derecho. Nadie despoja de nada a nadie desde la igualdad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001