La casamentera, obra de un gran escritor, Thornton Wilde (Nuestra ciudad), pasó al teatro musical y se convirtió en Hello, Dolly (y Dolly es, precisamente, la casamentera que al fin se casa), y perdió en el cambio algunas cosas literarias y cierta ironía, mientras ganaba una música popular y pegadiza (una de sus canciones tiene ya docenas y docenas de versiones), y entraba muy bien en ese género ingenuo, en esos cuentos para mayores que no quieren lo que llaman complicaciones. Después de dar varias vueltas al mundo, y de conocerse aquí sus versiones musicales (a mí me divierte extraordinariamente la de Louis Armstrong), llega la obra, entre tantos musicales como ahora gustan (a mí, no. No es mi género).
José Carlos Plaza, director también muy encima del género musical, pero muy capaz para él, mueve una cantidad enorme de bailarines y cantantes, de actores, y traza una graciosa geometría en el escenario del Calderón, donde, además, todos hablan bien y dicen perfectamente sus frases. De muchos de ellos ya se sabe esa virtud; sobre todo, de Concha Velasco, que también está muy por encima del género (es una gran actriz), al que se dedica de siempre y reúne todas las capacidades de la estrella, de la gran vedette. No desmerecen los demás; y no desmerece el público, que sigue el viejo cuento y las nuevas luces, escenografías y brillantes trajes con mucho gusto y que aplaude largamente al terminar la función. El tiempo se hace rápido en manos de Plaza y sus actores, y no deja que llegue el cansancio. Es un éxito.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de octubre de 2001