Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

París contrasta sus relaciones artísticas con Barcelona desde 1888

La exposición en el Grand Palais contiene 400 obras y termina en 1937

París es uno de los faros de la creación artística durante el siglo XX, y en los últimos años ha querido presentar, mediante exposiciones, las relaciones culturales con Nueva York, Moscú, Bruselas o Berlín. Ahora le ha tocado el turno a París-Barcelona. De Gaudí a Miró, con más de 400 obras, que se inaugura mañana y que permanecerá abierta hasta el 14 de enero, en el Grand Palais, para viajar el 28 de febrero al Museo Picasso de Barcelona.

A lo largo de los siglos son muchas las ciudades que se han autoproclamado como la 'nueva Atenas', como capitales artísticas del mundo, de Alejandría a Florencia, de Roma a Nueva York, pero para el arte y la cultura del siglo XX, al menos hasta acabada la II Guerra Mundial, esa condición de faro de la creación recayó en París. La capital francesa ha sabido explotar ese pasado a través de múltiples manifestaciones que prolongan hasta el presente su gloria, y dentro de ellas han desempeñado un papel importante las exposiciones que ponen de relieve los puentes entre diversas ciudades europeas.

La historia común de París y Barcelona se circunscribe en el tiempo por varias razones. La primera, y más obvia, es porque hacer síntesis histórico-artística de 20 siglos resulta demasiado aventurado. La segunda es que, durante muchos siglos, París miró hacia el Norte, hacia Londres, Amsterdam o Hamburgo, mientras que Barcelona andaba ocupada por los piratas mediterráneos.

El escritor Eduardo Mendoza constata cómo ese vivir a espaldas la una de la otra se plasma en la ficción. 'En el mismo momento en que los tres mosqueteros cruzan el canal de la Mancha para poner patas arriba las maquinaciones de Richelieu, Don Quijote asistía en Barcelona a la captura de un navío pirata, procedente de Argel, capitaneado por una mujer cristiana disfrazada de hombre'.

La tercera y definitiva es que la costumbre barcelonesa de viajar a París para 'ver mundo' no adquiere un carácter casi normativo para burgueses y bohemios hasta bien entrado el siglo XIX. De ahí que París-Barcelona. De Gaudí a Miró abarque de 1888 -exposición internacional- a 1937, año de otra exposición internacional, ahora en París, y en el que se asiste al canto del cisne de una ciudad a la que el franquismo va a poner a régimen de mesa camilla y rosario diario.

La arquitectura, la confrontación Guimard-Gaudí, es el primer plato fuerte de la exposición. Viollet-Le-Duc desempeña el papel del inspirador indiscutido y Domènech i Montaner, Puig i Cadafalch, Busquets, Homar, Clapés y Junyent acompañan el debate. Los escultores catalanes -Llimona, Blay, Arnau, Clarà- encuentran en Rodin un primer modelo, pero su sensualidad es difícil de aceptar para unas imágenes cuyo destino mayoritario está en los altares. Maillol y sus 'bien plantadas' mediterráneas es una solución momentánea. Casas, Rusiñol o Canals visitan París como quien acude a unos almacenes de moda: compran lo mejor y lo más nuevo. Picasso, Gris, Dalí o Miró van a transformar la oferta, a instalarse en la ciudad francesa, a ser adoptados como franceses. Los cuadros expuestos vienen de París y Barcelona, claro, pero también de Madrid, Washington, Valencia, Lisboa, San Petersburgo o Río de Janeiro, de museos o de colecciones privadas. Algunos, como Le moulin de la galette, un picasso de 1900 propiedad del Guggenheim neoyorquino, son revelaciones deslumbrantes; otros, como Nonell, se descubren un hermano siamés en la persona de Degas; el paisajista Pidelaserra sale muy bien librado de su encuentro con un Monet modesto.

La exposición de Picabia en las galerías Dalmau prueba que el flujo entre las dos ciudades ya no es en una sola dirección y que los talentos -Gris, Herbin, Maillol, Braque, Picasso- ya no se detienen en la tierra de nadie de Céret, sino que bajan hasta Barcelona, como el ya citado dadaísta o el tándem Bataille-Masson.

La guerra cambiará el sentido de los intercambios. Le Corbusier y Sert ya no soñaban con mejores casas, sino con ciudades enteramente distintas. El pabellón español en París de 1937 contenía fuentes de Calder, esculturas de Julio González o Gargallo y, sobre todo, ese terrible Guernica que explicaba la irrupción de la pesadilla en la realidad.

La exposición, que ayer fue visitada por el alcalde Joan Clos, acompañado de la ministra de Cultura francesa, Catherine Tasca, ha generado también un catálogo de 700 páginas, libro de consulta obligado para todo lo referido a la historia cultural de las dos ciudades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001