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COLUMNA

Palabras mayores

Me pregunto si entre la proliferación indiscriminada de libros -en especial, de novelas y novelistas- y el asunto de los plagios que tanto se airea ahora no habrá una relación significativa. Lo cierto es que vivimos un momento en el que da la impresión de que si uno no ha publicado un libro -y, en especial, una novela- no es nadie. Hay un dicho popular que se refiere a este tipo de ansiedad social: hasta los gatos quieren zapatos. ¿Será esto lo que está sucediendo?

Todo oficio requiere su técnica, su experiencia y su trabajo. Escribir novelas también es un oficio. Un tanto especial, si se quiere, pero oficio. El mundo de la cultura escrita está coronado, como sabemos, por un halo de prestigio singular; esto es así desde los primeros tiempos de los contadores de cuentos orales hasta los más sofisticados sistemas de expresión literaria, y ese halo ocasionaba antaño una especie de temor reverencial ante el hecho de escribir. Sin embargo, la idea de que todo el mundo lleva dentro de sí una novela se está descartando. Recuerdo que hace años me sucedió más de una vez, al hilo de esas conversaciones que se prodigan en los trayectos de un viaje largo entre circunstanciales compañeros de asiento, que habiéndome visto obligado a reconocer que yo me dedicaba a la escritura el comentario que le seguía por parte de mi interlocutor era muy a menudo: 'Ay, si yo le contara a usted mi vida... ¡Ahí sí que tendría usted para una novela!'.

Pues se ve que ya no confían en mí y han decidido escribirla ellos. Es verdad que hay escritores que, por así decirlo, viven sus novelas antes de escribirlas. Pienso en Hemingway o en Malcolm Lowry. Pero lo que la gente no sabe -o no quiere saber- es que esas vivencias medio autobiográficas no constituyen la esencia de una novela sino que sólo son material de construcción, como los ladrillos o los sacos de cemento para un edificio.

No es cualquier cosa levantar el edificio de una ficción. Se requiere disciplina, trabajo ímprobo, imaginación, talento, autoexigencia, un yo irreductible y paciencia, mucha paciencia y perseverancia. Pero eso son palabras mayores y casi ninguna de ellas suele adornar bastantes de las novelas que salen alegremente al mercado, a juzgar por lo que contienen. En cierto modo hemos vuelto a la idea romántica de que escribir es un don natural que no necesita más que expandirse y que en esto de escribir una historia todo es ponerse a ello sin prejuicios. ¿El oficio? ¡Bah! Eso es para la gente que no tiene nada fuerte que contar. No deja de ser curioso, dicho sea de paso, que en España, en comparación con otros países, apenas se dé la figura del escritor que reflexiona sobre la escritura.

Así que escribir novelas se ha convertido en algo de relleno y al alcance de todos los españoles, como el No-Do. Hace poco, una de las personas más atrevidas e inteligentes que conozco, Juan Cueto, exponía el dilema del futuro de la televisión enfrentando dos modelos: los que responden a los conceptos de contenido y audiencia. Las cadenas generalistas optan por la audiencia (como las editoriales generalistas, diría yo) mientras que los intereses de las temáticas se mueven en torno a los contenidos; y entonces nos encontramos con que hay que hacer un producto barato e inmediato. Un producto barato e inmediato se hace sobre la marcha, a todo correr, inventando lo menos posible y copiando lo más posible. Y, claro, con tanta ligereza no da tiempo ni a vestirse para salir a la calle, así que se pone uno un chándal y a correr. ¿No se va tan a gusto con el chándal?, pues entonces ¿para qué complicarse la vida? Ande yo caliente...

Una de las fuentes de alimentación básicas de un escritor es la memoria literaria: la suma de lo que ha leído. Leído... y asimilado. Cuando la memoria de lo bien leído y asimilado regurgita en la escritura no hay plagio posible. Cuando lo que asoma es la prisa por terminar algo o la inexperiencia literaria o el negro de turno, lo natural es adornarse con material de otros confiando en que la audiencia sea tan simple que no advierta nada. Quien sólo busca la audiencia, casi siempre menosprecia a la audiencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001