Cada año, desde hace casi 25, escribo una columna con motivo del 9 d'Octubre a modo de obligada cita con el estado de ánimo de mi termómetro político. A veces, incluso, me he limitado a desempolvar algún antiguo texto, le he despojado de adherencias de su momento, he recuperado párrafos enteros y, no obstante, me he sentido feliz repitiendo lo de hacía una década, o tres lustros.
Tentado de hacer un resumen de cuanto dije, a punto de cometer la vanidosa operación de antologarme para mi propio regocijo, rectifico, y ensayo otra glosa ritual que engrose la bodega de mi perplejidad.
Este 9 d'Octubre, que para sus múltiples figurantes se presenta en apretada competencia con la movida mundial contra el terrorismo anti-americano, vino además tan anodino como el resto de sus antecesores, es decir, y por decirlo con la propiedad que recomienda lo políticamente correcto, con el aburrimiento que la normalidad democrática confiere a fastos de liturgia desprovista de significación reivindicativa.
Alejados los demonios de lo que nunca llegó a ser, es decir, la posibilidad de un valencianismo radical exigente y flamígero (que se perdió en las luchas tribales de UV); desvanecida la tradicional cuña del nacionalismo de adscripción nacional catalana -que ahora no tiene partido serio que le escriba-, en sus entelequias historicistas cuando no autosatisfacción en el gueto; y huido ahora más que nunca hacia el no man's land el valencianismo bienpensante producto de la insólita aventura de desembocar en un mar incierto con la misma barca y patrón, las claves de esta nueva celebración están más en el preciosismo de la parafernalia que en la reivindicación de la normalidad como logro.
Más oficial que nunca, más rodeada de cargos públicos que jamás, agasajada por músicas, obispos, militares y deudos de lo público, la Senyera, talismán único y centro del día infausto, en su calculado periplo fue desde la urna municipal hasta la catedral a posar humilde ante el Señor, para acudir, después, a las puertas de la torre nueva de la Generalitat a rendir pleitesía al poder político y escuchar de nuevo los himnos que le recuerdan su imposible singularidad (porque es dual: valenciano-española), y finalmente, llevar su precaria libertad, rodeada de notarios y escribanos al rey del Penó para recordarle que las cosas ahora son como son, y que de aquello que de ponent: ni vent, ni gent, nada de nada.
Y ya después de agotadas las estaciones (la lógica de su paseo debería llevarle también hasta la Capitanía General, para cumplir como es debido), la enseña volvió como las golondrinas a su viejo balcón/guarida hasta que en otro día de Sant Donís se reedite su despertar mañanero para ir a rendir pleitesía a todos los poderes y reiterar así que ella no los tiene.
Hace más de una década, cuando un grupo de nacionalistas decidimos hacer bondad y asistir en un 9 d'Octubre a todos los actos oficiales tuve la sensación de que la Senyera, más que protagonista, parecía un rehén de puntillas, corbatas, sotanas, uniformes y levitas. Hoy, cómodamente instalado ante el televisor, que retransmite al detalle el pasacalle de marras, compruebo que aquello fue a más y que hoy por hoy, para que nada recuerde la lógica hipótesis que significa una enseña propia (de los valencianos) la liturgia y la parafernalia se han apoderado ¿definitivamente? de la Senyera.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001