Desde hace años venimos sufriendo tanto los vecinos de Benidorm como los usuarios del transporte de viajeros por carretera, la inexistencia de una estación de autobuses.
En Benidorm, el transporte público de viajeros en autobús, que es el principal, (no existe estación de ferrocarril, y el aeropuerto se encuentra a 43 kilómetros), tanto para viajes provinciales, como para el resto de España y Europa, parte desde una vía pública; todos los autobuses salen desde la avenida de Europa, número 8, y desde una calle estrecha siguiente a ésta. Los billetes se sacan desde un trozo de local de una cafetería que el dueño tiene alquilado para tal fin, en la parte baja de un edificio particular, los viajeros no tienen servicio de consigna, ni aseos, ni lavabos; se ven obligados a esperar los autobuses en plena calle, al sol durante el día, teniendo que dejar sus equipajes en la acera, con la sola vigilancia de una pareja de policías nacionales que, muy de vez en cuando, hacen acto de presencia para irse a los cinco minutos.
Los hurtos son frecuentes, la suciedad y la hacinación evidentes, los atascos, el ruido y las vibraciones de los autobuses permanentemente en marcha, aparcados unos detrás de otros, y a los lados, y los pitidos de los coches constantes, todo esto en el eje de la playa de Levante de Benidorm. Los autobuses y las horas de salida se anuncian a gritos, con un altavoz de mano rudimentario, comenzando el griterío a las ocho de la mañana con '¡Bilbao!, ¡San Sebastián!, coche número 1...'.
Lo que cuento no es una pesadilla, es la realidad, ni siquiera la realidad distorsionada, es lo que se hace en esta ciudad hace más de 10 años, aunque es difícilmente imaginable. Me pregunto a quién beneficia todo esto, cómo no se ha puesto fin a algo que tan lamentable imagen da de esta ciudad, por qué, corporación tras corporación, se deja pasar sin soluciones, y cuál será el tamaño de la tapadera que impide que tal desastre no haya sido denunciado por ningún medio de comunicación social.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001