Lo de jardín de flores pertenece a la leyenda. En el atardecer, cuando uno abre los balcones de su casa de par en par para acoger al viento perfumado de aroma de galán de noche, lo que invade su salita es el ruido de un tropel de motos: El ensordecedor y estresante concierto de tubarros; los característicos tubos de escape que sofocan e interrumpen conversaciones placenteras en calles y terrazas.
Cuando cae la noche se produce un crescendo: Cualquier insensato, armado de su tubarro, se permite el lujo, desde la avenida del Cid a la Malvarrosa, de amargar el sueño de decenas de miles de ciudadanos, que trabajan al día siguiente, que veranean o que están enfermos. ¿De qué material está compuesto el cerebro de este sujeto, cuál es su sensibilidad musical para necesitar nutrirse y solazarse con tanta estridencia? Huelgan comentarios.
No entro en los riesgos para la salud de la contaminación acústica, sino en el atentado que supone contra el derecho al placer en las calles y en los balcones. Una amiga me ha mostrado su solución: Convertir su casa en una pecera blindada cuyo horizonte era la calidad de los materiales. Castigarse a mirar la pared. Todo un ascético manifiesto de renuncia a un medio urbano habitable.
Se podría amenizar cada noche de los responsables de ventilar este asunto con un nocturno de tubarros que durase hasta el amanecer. Probablemente les entusiasme.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001