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Tribuna:

Patriotismo constitucional

Una de las cosas que más sorprende del terrible atentado a las Torres Gemelas es la reacción de algunos intelectuales y comentaristas ante las respuestas del pueblo estadounidense: aumenta la venta de banderas que se exhiben por todos los lados, se canta el himno, se asiste a celebraciones colectivas de desagravio donde se enarbolan símbolos comunes. Estas demostraciones de patriotismo suelen ser vistas desde aquí con cierto desdén amortiguado por la tragedia o como un elemento peculiar de la cultura política estadounidense, quizá olvidando el enorme poder de movilización sentimental que tiene la Marsellesa en Francia o las cuatro barras en Cataluña (y en amplios sectores en Valencia).

Esta movilización a través de símbolos que expresan la identidad colectiva de una población se le suele denominar 'patriotismo constitucional', término que tiene como referente las aportaciones de Habermas. También recibe el nombre de 'nacionalismo cívico', concepto más extendido en mi gremio intelectual. El patriotismo constitucional es un fenómeno que se articula alrededor de símbolos (himno, bandera), conmemoraciones, rituales públicos, que son comunes a la ciudadanía y que por tanto no son privativos de ningún grupo particular (aunque en un pasado remoto lo fueran). En consecuencia, unen, y su exhibición es un acto de afirmación de la pertenencia del individuo a un colectivo al que pertenece por derecho. Como reacción al atentado, amplios sectores del pueblo estadounidense avanzan la simbología de su nacionalismo cívico y estrechan así los lazos que les hacen sentirse parte del mismo grupo. Este grupo está por encima de las divisiones de clase, etnia, lengua, género, o cultura. Los símbolos se asimilan a la noción de ciudadanía y se alejan de la de grupo lingüístico o étnico.

La reacción a la tragedia del atentado brutal muestra también que cuando los ciudadanos participan en rituales públicos de carácter colectivo se genera una situación especial que Durkheim, uno de los padres de la sociología, denominó 'efervescencia social'. La efervescencia social tiene un efecto claro: es el germen del sentimiento de pertenencia a un grupo. La participación en rituales públicos (un concierto, un acto de desagravio, una manifestación, un homenaje, un aplec) suele suscitar en los individuos la adhesión a los símbolos que representan al colectivo. El mismo Durkheim recomendaba que la población participara en actos públicos como fórmula para reducir la desintegración social y la anomía de la III República francesa. Eso mismo es lo que ha ocurrido en los Estados Unidos: amplios sectores de la población han necesitado estrechar y consolidar los lazos que les unen a sus conciudadanos como consecuencia del caos generado por el atentado. Para satisfacer esa necesidad han avanzado aquello que tienen en común: los símbolos que les representan y expresan su identidad colectiva.

Ni en España ni en Valencia abunda ese patriotismo constitucional o nacionalismo cívico. Y en Valencia es difícil que exista en un futuro previsible: el sentimiento de pertenencia anda por los suelos y el conflicto sobre los símbolos perdura. Para amplios sectores de la población la bandera es un símbolo impuesto que no suscita muchas adhesiones, la lengua es un objeto de división más que de unidad, la denominación de 'Comunidad' no ha calado, y nuestras conmemoraciones históricas han perdido su significado de celebración colectiva, cuando no se continúan celebrando separadamente. En estas circunstancias, es bastante improbable que se genere ningún tipo de nacionalismo cívico. Nos queda el consuelo de pensar que en el reino animal, los invertebrados también (sobre)viven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001