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REPORTAJE

Brillos de lycra bajo un cielo de guerra y 'gota fría'

El monasterio de Sant Miquel dels Reis reúne a los invitados a la recepción oficial de la Generalitat valenciana

Aunque el imperio del lenguaje políticamente correcto lo haya transformado en casi una incomodidad ideológica para los más solidarios, el 9 de octubre supone para los valencianos el triunfo de la Cristiandad sobre el Islam. El hecho aún forma parte de ambos imaginarios, y mientras para unos significó 'una inmensa desgracia' cantada por sus poetas con mucho desgarro (incluso rememorada en el último comunicado de ese iluminado que ha hecho del Corán un Kalashnikov), para los otros fue una gesta que significó el acta fundacional de una nación, todo lo rara que se quiera, cuyo motivo último acaso no sea otro que estar invitado a esta magnánima recepción. Por ello Jaume I alcanzó una gran fama en la Cristiandad y se convirtió, según el jesuita Robert Ignatius Burns, en 'un campeón' para el Papa Inocencio IV, quien incluso pensó en él para la reconquista de Palestina cuando el emperador de Bizancio y el khan de los mongoles le propusieron una alianza para tomar Tierra Santa.

Quizá por eso, y porque las circunstancias han reactualizado de algún modo esa confrontación, ese otro 'campeón', según Julio Iglesias, llamado Eduardo Zaplana, dispuso que este año, para acceder al claustro de la sede de la Biblioteca Valenciana, se tuviera que atravesar la nave de la iglesia del siglo XVII y rendir así un homenaje paseado a esa especie de George Bush que fue el cruzado Jaume I en aquella coyuntura mundial. Y ése debía ser el motivo, porque lo primero que había nada más salir del recinto santo era el cardado platino de Rosita Amores formando un aura detrás de las cabezas de algunos vicarios de clergyman, varios cardenales y algún obispo, todavía con el entusiasmo del Te Deum que apenas una hora antes había recreado la solemnidad de aquel estupor sagrado que aconteció en Valencia en el otoño de 1238.

También en el claustro del monasterio, como después de aquella entrada escenificada por Jaume I tras negociar las condiciones en el campamento de Russafa, había mucha hambre de victoria. Sólo había que ver el tropel de alcaldes, consortes y primos cómo daba cuenta (en estilo e intensidad) del despliegue de bandejas de canapés, montaditos, pataquetas, croquetas y fiambres, con unos daños colaterales sin duda muy aplaudidos hoy en las tintorerías. Se podía morir aplastado en ese ardor de apetito municipal, aunque a día de ayer el catálogo de posibilidades de palmar andaba muy diversificado. Por arriba estaba la amenaza de la gota fría, aunque el sol todavía brillaba con rabia sobre algunos vestidos de lycra. También estaba el riesgo del rociado vengador de antrax con cualquier avioneta de las que realizan los tratamientos del cucat sobre los arrozales, mientras que por abajo algunos perfumes apabullantes de clavariesa podían hacer perder el conocimiento con no menos eficacia.

Suerte que llegó Zaplana con la corbata caqui, muy a tono con el alto mando de la región militar y con los tiempos que corren, y se relajó el asedio a las bandejas. Era tiempo de tratar de acercarse al presidente y conquistar un aparte para hacer ejercicios petitorios, por lo que algunos engulleron sin masticar el pincho de tortilla y se limpiaron la boca y los dedos pringados con la primera chaqueta que pasó a su lado. Sobre el parqué flotante del claustro empezaron enseguida los negocios y refulgieron varios ases como Vicente Boluda (con gesto de haber dejado obsoleto a Arquímedes), Juan Roig (con la piel de cordero del baloncesto), Juan Lladró (con el pelo de color tapa de piano) o Federico Félix (cuya sonrisa dental desafiaba a todos los malos augurios de los índices económicos), configurando un núcleo muy potente, que era precisamente la textura que los zapatos de cascabillo de Zaplana requerían como pedestal. No lejos de allí, Luis Fernando Cartagena, con la elegancia de un mástil de yate y sin rastro de sus primas, y varios anillos de asteroides cuyo cometido no era otro que chocar la mano del presidente de la Generalitat, mientras Rita Barberá blandía su carcajada envuelta en un vestido de color mantecao, que es como antes se llamaba al helado de vainilla en valenciano.

Si la tendencia natural de todo poder es ocupar el centro, el punto caliente de la recepción se desplazó hacia el corazón del claustro, dejando una periferia fría sin más sentido político que el piscolabis, y sin otra esperanza que la salida de las paellas. Allí andaba Santiago Grisolía regateándose a sí mismo con un traje negro (su legendario traje gris perla está considerado en algunos círculos muy entendidos como el penó del pacto lingüístico), apenas unas horas después de haber llegado a la conclusión científica de que Valencia pasaba por un momento similar al que vivió en los siglos XV y XVI, justo cuando el esplendor cultural fue la luz muerta de un reino políticamente momificado y trastamarizado en el compromiso de Caspe.

Aunque para hablar de agonías, allí estaba Joan Ignasi Pla y la parte más suculenta de su ejecutiva haciendo piña para alcanzar algún modo de equilibrio y no caerse a trozos tras el último episodio de orfebrería fina. Menos mal que el tinte color naranja navel de Carmen Alborch daba un contrapunto ácido a la esquela que llevaban tatuada en el ánimo y su sonrisa parecía ser el único síntoma de vitalidad del PSPV. Pero a esas alturas ya estaba toda la conquista hecha, y la prueba es que a la puerta del monasterio había mucha carroza con los cristales ahumados para llevarse a los protagonistas y a sus comparsas, menos a Jaime Morey, que, reuniendo todos los méritos, no vino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001