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COLUMNA

La otra patada

El amigo con quien tomo café es un virtuoso del cálculo diferencial, y un tipo observador y reservado, en la calle y en el claustro. Pero en la intimidad de su casa, entre libros, cerámica popular y encerados de color verde oscuro, se muestra elocuente y jovial. La relación entre democracia y cerrajería -me confió-, la formulé tras el análisis del artículo 21.2 de la ley Corcuera: se correspondía con una serie de Fourier. No me fue nada difícil demostrarlo. Pero hasta entonces, jamás un registro domiciliario, me había puesto a pie de pizarra.

Los de la brigada políticosocial del franquismo venían de madrugada y llamaban al timbre y a dos vecinos para que les hicieran de testigos, en pijama y aterrados. Luego, procedían, y te dejaban la casa de pena. En comisaría, te preguntaban lo de siempre: ¿comunista?, no; ¿marxista?, no; ¿y esta literatura, qué?, marxólogo, soy marxólogo. Se mosqueaban y te jugabas una pasada de hostias. Pero no se iban con historias ni invocaban leyes que no existían. Todo era así de elemental y abrupto. Sin embargo, con la democracia y lo de la patada en la puerta las cosas se complicaron. Una tarde, mi amigo se sobresaltó con el estrépito, mientras la cerradura le saltaba por los aires. Entró el ministro y otro señor demócrata. ¿Qué, un cafelito?, les dijo. Se tomaron el cafelito y le preguntaron si era terrorista o narco, mientras examinaban el polvo blanco que impregnaba los muebles. ¿Y esto? Solo tiza. Soy profesor. Me miraron con desconfianza: Pues ándese usted con mucho ojo. Cuando el Constitucional anuló aquel artículo, puse otra cerradura y envié la factura al ministerio, para nada. Ahora, parece que tratan de recortarnos, aún más, derechos y libertades, con lo del Bin Laden. Mira, los ideólogos de la dictadura inventaron un delirio: la democracia orgánica. Pero si continuamos así, éstos lo mismo nos inventan una democracia evangélica: Si te dan una patada en la puerta, pónles la otra. Por si acaso, aféitate. Tu barba parece más islámica que anglosajona. Y como te vea el marine de guardia, ya me contarás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001