El presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, ante un grupo de periodistas, ha dicho en Berlín lo que hace un siglo pensaban todos y hoy vuelve a ser opinión de muchos. No vale mirar a otra parte y quitar hierro a un incidente que revela el trasfondo ideológico de una vuelta a un pasado que creíamos definitivamente superado. En efecto, antes de la Primera Guerra Mundial, nadie en nuestro mundo albergaba la menor duda respecto a la superioridad de la civilización europea. En la primera mitad del siglo XIX esta creencia se sustentaba en la geografía: clima templado y húmedo, extensas llanuras que potencialmente encierran una enorme riqueza agrícola; diversidad y longitud de las costas, que ofrecen multitud de puertos naturales, facilitando la navegación y el comercio. Determinismo geográfico que caracterizó al positivismo, por ejemplo, de un Hipólito Taine. A finales del mismo siglo, la geografía cede el paso a la biología y la singularidad de Europa se infiere ahora de sus componentes raciales. 'La superioridad de la raza blanca' sería el último fundamento de 'la superioridad de nuestra civilización occidental'.
A principios del pasado siglo, el concepto de raza, aunque sobresaliese por su falta de precisión, estaba plenamente aceptado. La comunidad científica contaba con una amplia oferta de tipologías de razas y, desde luego, nadie se desacreditaba por derivar de ellas consecuencias culturales. Con el rápido desarrollo de la genética, tras el redescubrimiento de las leyes de Mendel en 1900, se puso énfasis en la herencia, postergando el medio, hasta el punto de que la eugenesia se convierte en el saber ideal para garantizar el progreso, que se supone en relación con la supremacía de la raza blanca. Durante decenios, la superioridad de la raza blanca, en especial de la nórdica, se consideró un axioma indiscutible.
La Primera Guerra Mundial, con su consecuencia más grave, la pérdida de la centralidad de Europa, representó una ruptura brusca en todos los aspectos de la vida económica, política, social y, sobre todo, cultural: revolución en la física, en la filosofía, en las artes plásticas, en la literatura. En los años veinte empieza una nueva época histórica, sobre cuyo alcance -segunda modernidad, posmodernidad- las opiniones son aún muy divergentes. Pues bien, en este nuevo marco cultural la idea de raza empieza a deshilacharse, perdiendo poco a poco credibilidad en los círculos científicos, proceso que lo acelera el que los nazis adoptasen el racismo como el núcleo central de su ideología. La llegada de Hitler al poder impulsa en el Reino Unido y en Estados Unidos, más por razones políticas que científicas, una crítica frontal a la ideología racista. Ilustres científicos, como Julian Huxley o Gordon Childe, que en sus años juveniles habían asumido actitudes o supuestos racistas como si fuese lo más normal, se convierten en adalides de la lucha contra el racismo, neologismo que justamente aparece en el mundo anglosajón en los años treinta. Obsérvese que la misma ciencia que había fomentado el racismo en las condiciones de la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, lo denuncia después de la Segunda. Cambio de actitud que pone de manifiesto la estrecha dependencia que tiene el saber científico de su entorno político y social, pese a que a menudo se niegue en nombre de una falsa objetividad.
El empuje que la genética ha recibido en estos últimos decenios con el desarrollo de la biología molecular ha propiciado un nuevo renacer del biologismo, con todas sus implicaciones racistas, en las ciencias sociales. En estas circunstancias, cuando la civilización occidental se preparaba para defender sus valores frente a la agresión de otras culturas, las palabras de Il Cavaliere de ningún modo cabe echarlas en saco roto; revelan mucho de lo que está ocurriendo en los bajos fondos de la conciencia occidental.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001