Estoy convencido de que Javier Tusell (Ceguera, EL PAÍS, 6 de octubre de 2001) no pretendía en ningún momento menospreciar a los ciegos, pero eso no es óbice para que me resultase lamentable la equiparación sinónima que estableció entre los términos ciego y ceguera con otros tales como inepto, incompetente, tonto e incluso diría yo que cínico e hipócrita.
Un ciego puede reconocer perfectamente una 'exhibición política o institucional impúdica'; de la misma manera, puede percibir la meteorología social y política con un alto grado de fiabilidad, y de igual forma es capaz de divisar la torpeza política de un Gobierno en un tema como el de la reforma universitaria.
Es más, tras compartir con miembros de la ONCE magníficos momentos, puedo afirmar que los ciegos tienen tanta o más visión de los asuntos políticos que nosotros los videntes.
Pero, aun transigiendo con el desliz de estilo del autor, hay algo que no comparto de su artículo, ateniéndome a la acepción de ceguera que propone Tusell.
Los dirigentes del Partido Popular, respecto a su actitud frente al caso -su caso- de Gescartera, no son ciegos, porque tal no es la condición del que mira hacia otro lado, rehúye la mirada o se instala en una visión cínica e hipócrita de los hechos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001