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COLUMNA

¿Conferencia de Paz?

La tentación de ignorar la Conferencia de Elkarri es grande. Digo que, lealmente, desde la lealtad y honestidad intelectual, desde la radical convicción democrática -algo a recuperar socialmente; y no se le llame, por favor, 'fundamentalismo democrático'-, desde un sano sentido de ciudadanía, lo que el cuerpo pide, incluido el cerebro, es ignorarlo, abominar de él (o de ella). Entiendo muy bien a quien lo califica como 'parque temático Elkarri' que presenta una Euskadi 'irreal' (Rosa Díez eurodiputada socialista), o a quienes le acusan (acusan a Elkarri) de ser el adelantado del PNV, quien hace el trabajo preparatorio, previo, de los fastos 'autodeterministas'que preparan políticos como Egibar o Ibarretxe (¡que envió a su mujer, santo cielo, al acto; como Reagan envió a Nancy con los niños parapléjicos o Aznar hizo con Ana Botella, recopiladora de cuentos con moraleja. Eso sí que es 'retrógrado', y no lo de los Magníficos).

Comprendo, comprendemos todos esa disposición descalificadora cuando se dice (lo dice Elkarri) que los principios, ¡nada menos que los principios!, que han de guiar la Conferencia son tres (y un solo objetivo verdadero): 'la violencia no es un buen camino' -que se lo digan a quien perdió a su padre, a su hermano o a su marido; o vive, día a día, amenazado de muerte por un delito de opinión; ¡qué frivolidad!-, 'el diálogo es imprescindible' y que en el País Vasco 'existe un problema que resolver'. A quién se puede engañar con esa secuencia. A nadie que haya estado aquí en los últimos tiempos y haya seguido el tema, la cosa, en sus ratos libre (hay quien lo hace full time). Es la llave que legitima retroactivamente el uso del terror totalitario y abre un escenario favorable a las tesis máximas del PNV: hay un problema de soberanía en el País Vasco que nos lo sirven en bandeja 'los de la metralleta'; es hora de que nos dejen administrarlo sin enredar ya más (y cirios para los muertos por la causa).

Hay, desde luego, razones sobradas para descalificar ese encuentro. 'Proyecto de investigación de escenarios de consenso', 'la construcción de la paz es una conquista progresiva de espacios de distensión y diálogo', 'observatorio para la paz», bla, bla, bla. Lengua de madera. Palabras huecas que ocultan una realidad verdaderamente cruel: muertos y miedo; miedo a morir. Totalitarismo. Cuando a uno le descerrajan un tiro en la nuca, no piensa en la academia ni en la política. Piensa en sus hijos, en su mujer, en sus actos (ni tan siquiera en eso). Piensa en la vida. Y eso, digo, está más allá de la pugna política. Elkarri, por el contrario, lo trae más acá. Como si todo, incluso la vida, fuera elemento de debate, de diálogo. Una cuestión de método. No. Yo, nosotros, nos rebelamos frente a ello.

Pero el país, este paisito, está sediento de tranquilidad. No entra -en general, aunque sea una pena - en ese nivel de debate. Quiere 'la paz', quiere -queremos- tranquilidad. Y, aunque ya tenga callo, aunque sea escéptico respecto a cualquier receta (aunque sea a seis meses vista), algo espera de una conferencia que se proclama por la paz. Una conferencia que dice que no aspira a un arreglo político específico sino a poner las bases de un entendimiento.

Sus promotores, sus coordinadores, creen sinceramente en ello. Podemos considerarles equivocados, pero representan una sensibilidad muy extendida en el paisito. Hay una opinión internacional que respira por ese poro (¿qué hace Danielle Mitterrand metida en estas lides una vez muerto el Cid?). La gente espera algo (todos esperamos siempre algo que nos evite afrontar las cosas crudamente). Sería ingenuo ignorarlo. Aunque el cuerpo lo pida, el cerebro, la inteligencia, debe llevarnos a potenciar los componentes de libertad que también se dan cita en esa conferencia.

Larga vida a quien sinceramente dedique su tiempo, su vida, al arreglo de nuestras cosas. Pero, que no nos salven, por favor. Ahí vale el principio democrático y generalista: siempre apuesta por la libertad frente al sacrificio o la sumisión. Bienvenida la conferencia. Pero debe contar con todos nosotros. Debe contar con la democracia para ser libre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 2001