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LA CRÓNICA

Pasaje Calders

En el tramo comprendido entre las calles de Comte Borrell y Viladomat, la calle de Parlament interrumpe su previsible geometría para dejar paso al pasaje de Pere Calders. Hasta hace poco, se llamaba pasaje de Parlament, una cacofonía topográfica que despistaba a los carteros. Un vecino de la zona me comenta que a Calders le han asignado este pasaje tan discreto porque el escritor es conocido sobre todo por sus cuentos, un género considerado menor por el arterioesclerótico academicismo oficialista. Y que si hubiera sido novelista, poeta o dramaturgo le habrían dado, seguro, una calle, una avenida o una plaza. No es una mala teoría, aunque una vez en el lugar de los hechos, da la impresión de que a Pere Calders no le habría desagradado la enorme discreción de este breve espacio peatonal. Está cerca de donde vivió desde que regresó del exilio en 1962, en el barrio de Sant Antoni, y tiene bancos en los que sentarse.

A Pere Calders no le habría desagradado este espacio peatonal, cercano a donde vivió desde que regresó del exilio en 1962, en el barrio de Sant Antoni

En el lado norte, una placa dice Passatge de Pere Calders, Barcelona 1912-1994, escriptor, sin aludir a su faceta como dibujante o como cartógrafo voluntario del ejército perdedor. Justo al lado de la placa, como si el absurdo no pudiera dejar de acompañar el alma de Calders, un cartel informa de que 'Queda terminantemente prohibido jugar a la pelota en este pasaje'. La disciplina de los vecinos es admirable: nadie juega a la pelota, pero algunos matan el tiempo ilustrando las paredes con pintadas tan existencialistas como 'tu puta madre', 'chupapollas' y 'puta ETA'. Cinco árboles escuálidos y el apedreado letrero de un taller de maquinaria para panadería, pastelería y pizzería completan este escenario de vida cotidiana, emparedado entre un bar que ofrece una extraña mezcla de sedimentos identitarios procedentes de diversas civilizaciones hoteleras (Hostelería Fertamar, Bar Eth Vaticano) y por el colmado Alimentación Herranz, que anuncia nueces del país y almendras de Tarragona sin que quede claro si ser tarraconense puede considerarse ser también del país.

En uno de los seis bancos de la zona sur, un indigente duerme tapado por una manta. Como si quisiera mantener cierta simetría con el hemisferio norte, una pared reproduce otra inscripción chusquera: 'Prohibido tirar basuras y otros objetos bajo multa gubernativa'. Seguro que Calders le habría sacado punta a esta obsesión por prohibir y multar. Muchos de los artículos que escribió a lo largo de su vida confirman esta sana capacidad para ironizar sobre la realidad. O para retratar su barrio, como en el titulado Barris a l'altre barri, en el que escribía: 'Hi havia un adroguer a cada cantonada, tots ells amb clientela fidel. De cop i volta, va fer aparició el primer supermercat de la zona, petit en relació als que han vingut després, però ja va alterar antigues rutines. Tot seguit, va instal.lar-se a menys d'una travessia de distància, un altre supermercat una mica més gran. I en vingué un altre, i un altre, fins a arribar a un que ja és gran de debò. Com a conseqüència quasi immediata, han desaparegut quatre adrogueries i només en queden un parell que em fa l'efecte que llangueixen'.

A Calders le habría gustado comprobar que el pasaje que lleva su nombre termina en una reja que da a un patio del centro escolar Ferran Sunyer y a otro patio, el del centro municipal de Fitness Aiguajoc. En este mundo de droguerías y pequeños talleres amenazados por la especulación, que sobrevivan grandes espacios públicos constituye una victoria digna de ser celebrada en, pongamos, el Cocedero / Freidura Don Marisco, en la esquina con Parlament, donde, además de servirse ostras de Arcade, se imparten, lo juro, clases de country. Falta, quizá, un restaurante mexicano que podría servir de homenaje a los 23 años de exilio de Calders en México. Sería una buena manera de calderizar todavía más este rincón de mundo, una pequeña muestra de complejidades mayores, como tantos de los cuentos de Calders, a quien su biógrafo Agustí Pons definió acertadamente como un escritor que combinaba la voluntad desdramatizadora con el rigor y un enorme respeto al lector. Y se me hace extraño pensar que Calders estuvo aquí, primero andando muy deprisa, como era su costumbre, y más tarde, limitado por los achaques de la edad. Él mismo lo contaba en un artículo melancólico y lúcido (Avui, 3 de mayo de 1992): 'Vet aquí que la fama que tenia entre els veïns del meu barri, en el sentit d'ésser un velocista de carrer (tenia per costum caminar de pressa encara que no calgués), ha tingut un desenllaç patètic: m'he de desplaçar a poc a poc i sempre acompanyat si m'allunyo de casa. Necessito l'ajuda d'un bastó perquè les cames, sobretot la dreta, no em surtin de polleguera. A més d'una medicació complexa, se m'ha prescrit un canvi d'habituds i de vida. M'he de mentalitzar per concloure que les coses ja no tornaran mai més a ésser com abans, tot esforçant-me a conviure amb les xacres acabades d'estrenar'.

Los bancos del pasaje que ahora lleva su nombre le habrían venido bien para descansar en esos paseos que, resistiéndose a la tentación del inmovilismo, los viejos más valientes siguen dando por este barrio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001