En épocas de bilingüismo monetario como las que estamos -ahora contamos en euros, ahora en pesetas-, una nueva prótesis electrónica se hace imprescindible: la calculadora. Imposible imaginar qué sería de nosotros sin ella. Aferrados al veredicto inapelable de la calculadora, somos como hojas que se niegan a ser arrancadas del árbol por el viento de otoño. Pero todos sabemos que sucumbiremos a la tormenta de enero, cuando la moneda única europea se convierta en nuestra nueva, e inquietante, seña de identidad. Una identidad con calculadora a cuestas.
Tal vez los estilistas globales previeron en algún momento lo muy ocupados que estaríamos los europeos en hacer posible el milagro de llegar a final de mes en euros. Pero si alguien -me refiero a los genios que se dedican a predecir las tendencias del futuro- imaginó que el nuevo dinero sería un estímulo al consumo y al optimismo, probablemente erró. A medida que se acerca la fecha de la unión monetaria lo que se percibe es que aquí todo el mundo se apresura a gastar lo que tiene y lo que no. Cuando llegue el euro, por ejemplo, hasta el dinero negro estará ya invertido en casas, terrenos, cuadros y esas posesiones que el tiempo solidifica sin que se sepa muy bien por qué.
El riesgo de la llegada del euro, con su calculadora incorporada, es algo que nadie ha calculado aún: a la gente, por ejemplo, le puede dar por usar el dinero de otra forma. Los despachos que, al predecirlas, diseñan tendencias del futuro tal vez han pasado por alto que, con una moneda de tal empaque y preparación, acaso nos dé por ser menos exigentes en los perfumes y mucho más en cuestión de cosas básicas como carreteras, tendido eléctrico, agua y comida, justicia, libertades, y hasta en líderes políticos creíbles.
En París, esos anticipadores de futuro -que, por cierto, no detectaron que podía suceder algo tan gordo como el 11 de septiembre, pero tampoco olieron la previsible crisis de la industria del lujo- andan hoy tirándose de los pelos porque, por lo visto, nadie compra ya otra cosa que vaqueros de los más baratos. Vamos, que esas lumbreras ni tuvieron en cuenta que la previsible crisis económica y la más que anunciada llegada del euro nos convertirían en lo que empezamos a ser: individuos pendientes de una calculadora.
Esto tiene consecuencias variopintas, que van desde que las corbatas rosas -al estilo Aznar- se han convertido en una horterada hasta la consolidación de una nueva relación, privada y pública, con el dinero. De hecho, lo que puede estar fraguándose, con la llegada del realismo de la mano del euro, es una reivindicación del dinero como instrumento de inteligencia individual y colectiva. Algo así como el descubrimiento del lado bueno del dinero cuando se invierte con justeza, generosidad y precisión.
La obligación de acarrear la calculadora va a provocarnos, con seguridad, pensamientos desestabilizadores para esa economía criminal que nadie se atreve a calcular, pero que el Grupo de Acción Financiera Internacional sitúa en el 5% del PIB Mundial con un crecimiento del 20% anual según el Fondo Monetario Internacional. La idea de la existencia de un dinero ético, por el contrario, podría florecer, aún sin quererlo. El primer libro sobre Banca ética en España, otro síntoma, acaba de ser publicado en Barcelona por FETS-Finançament Étic i Solidari (una asociación de asociaciones). Es un volumen sesudo, pero expresivo de los tiempos que corren: se trata de hacer algo sencillo, aunque no fácil, como plantearse que -ya que es tan importante en nuestras vidas- vale la pena que el dinero sirva para algo positivo. Con el euro y una calculadora, además, deberíamos volvernos más humildes. Quién sabe.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001