'Y ahora apenas había un día sin el ruido que, aparte de a sí mismo, no dejara sitio a ninguna otra cosa'. Así describe el escritor Peter Handke el efecto tan mortificante del ruido que hasta llega a quebrantar la salud física y mental de las personas. Pero cuando el que padece esta tortura protesta y se defiende, no pocas veces es demonizado.
El ruido no sólo es un problema individual. Hay zonas urbanas en que la cultura del ocio nocturno amenaza con destruir la cultura que define a un barrio o a una ciudad, la cultura del con-vivir. Son zonas en las que la concentración excesiva de locales está destruyendo la riqueza del tejido urbano y social. Reportan buenos beneficios al sector de la hostelería pero producen graves daños en la salud de los vecinos y en la de la ciudad. Generan puestos de trabajo, pero impiden el descanso y, por tanto, el trabajo de aquellos cuya jornada laboral se ajusta al horario diurno, es decir, la mayoría. Los vecinos que pueden las abandonan y las eluden los que buscan piso. El resultado es el despoblamiento, el empobrecimiento del comercio diurno y de las actividades sociales y culturales que enriquecen la vida de un barrio. E, inevitablemente, la aparición de problemas de convivencia entre propietarios de locales y vecinos.
Los vecinos que reclamamos nuestro derecho al descanso no estamos en contra de los bares ni contra la marcha pues ni todos los bares incumplen las normativas municipales ni la marcha, bien encauzada desde la municipalidad, tiene por qué desembocar en polución acústica. Estamos en contra el abuso y del desequilibrio. Estamos a favor de un barrio vivo y en el que se pueda vivir, por recuperar calles y plazas para hacer ciudad. Y porque apostamos por la convivencia, exigimos a nuestros ayuntamientos, como principales responsables de la misma, que dejen de mirar hacia otro lado. Que garanticen el cumplimiento de la legalidad al tiempo que promueven un mayor civismo con campañas de sensibilización hechas en colaboración con otras entidades, incluso con el gremio de los hosteleros. Seguro que estos aceptan. Al fin y al cabo, tampoco ellos pueden trabajar sin descansar.
Miguel Angel Piqueras es presidente de la asociación Amics del Barri del Carme.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001