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COLUMNA

Acosadores

En pocos días hemos tenido dos novedades en un tema del que ahora se empieza a hablar: el acoso en el trabajo. Uno de los casos se refiere al joven camarero de Cofrentes que murió estrellado en la carretera tras unas palabras con el jefe. El otro, a dos empleados de seguros a los que se acabó arrinconando (también físicamente) y, por supuesto, despidiendo.

Lo cierto es que las mujeres, en esto del acoso, tenemos una larga experiencia ya que el factor sexo suele subyacer en más de un conflicto cuyo origen es aparentemente distinto. Todavía hay tipos en la cadena de montaje, el almacén de naranjas o el despacho de gerencia que no han salido del medioevo, y aunque su rango sea ínfimamente elevado, no renuncian al 'derecho' de pernada o, al menos, al intento de acorralar y torturar a quien juzgan en posición más débil.

Otras veces el sexo no cuenta, y ni siquiera es necesaria la superioridad jerárquica, porque en el persecutor 'horizontal' aflora una profunda paranoia basada en los celos y las propias inseguridades. Se suele manifestar a través de esa tensión permanente, de ese estado de alerta ante lo que el otro hace o dice con la intención de encontrar o inventar faltas reprochables ante los superiores, tratando también de involucrar a otros, de concitar el máximo de complicidades que camuflen el propio desequilibrio.

Volviendo a los primeros casos, claro que el jefe acosador resulta doblemente peligroso, y más en la era del empleo basura que propicia la sumisión. Los anglosajones le dicen el boss, que suena como a mucha más autoridad, y por tanto su presión constituye el bossing. Éste es exactamente el término que utiliza nuestro Tribunal Superior de Justicia para ratificar, con ejemplar sentencia, la multa impuesta por la Inspección a una empresa de cuello blanco. Lo mejor de todo, tras el reconocimiento de que los empleados fueron tratados como parias, estas dos reflexiones: 'Las manifestaciones de feudalismo industrial repugnan al Estado de Derecho' y 'una sociedad democrática exige que sus trabajadores no sean humillados por el afán de productividad'.

Aviso para navegantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001