Estados Unidos vivió el 11 de septiembre un choque cultural. En Harvard, una de las mejores universidades del mundo, con una concentración sin parangón de centros de estudios internacionales y de política exterior, dirigidos ahora por una nueva generación, se han puesto a celebrar seminarios, a elaborar documentos y a pensar sobre lo ocurrido y el porvenir. ¿Cómo ven el mundo y EE UU? Los de Harvard no tienen aún respuesta a los futuribles. No coinciden necesariamente en sus planteamientos, pero empiezan a divisar líneas de fuerza profundas con la referencia central al harvardiano conservador Samuel Huntignton, el autor de Choque de civilizaciones, miembro de la generación en vías de jubilación, para apoyarle o criticarle. Muchos son los que temen que una mala gestión de la situación lleve a que se cumpla su profecía. Para Peter Hall, director del Centro de Estudios Europeos, de momento lo que estamos viviendo no es un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes, sino entre modernidad y tradicionalismo.
Slaughter pronostica el nacimiento de un nuevo régimen internacional que convierta en crimen cualquier matanza de civiles con el propósito que sea
EE UU se siente como una sociedad sitiada, desde dentro y desde fuera. La impresión de vulnerabilidad deriva más del ántrax que del 11-S
Para Michael Ignatieff, ésta 'es una guerra sin victoria: el objetivo es reducir el terror a niveles que probablemente estemos dispuestos a aceptar'
¿POR QUÉ EL 11-S?
Para una experta en terrorismo, como Louise Richardson, decana del Instituto Radcliffe para Estudios Avanzados, se podía haber anticipado el ataque del 11-S. Ella ya había alertado de la posibilidad de ataques con aviones comerciales contra embajadas de EE UU en África. Ha habido un 'fallo colosal de la inteligencia', frente a lo que, en su opinión, son unas decenas o centenares de terroristas. 'Hemos inventado y creado a Bin Laden', señala Michael Ignatieff, ahora director del Centro Carr para Política de Derechos Humanos. 'Somos especialistas en crear monstruos y luego abandonarlos', añade. Se alimentó a los fundamentalistas para derrotar al régimen prosoviético en Afganistán y, una vez alcanzado el objetivo, EE UU se olvidó de ellos. 'Ahora han regresado'.
LA REACCIÓN CÍVICA
Más allá de la individual, se ha dado en EE UU una reacción sin igual cívica, emotiva. Richardson ve en ella una manera de unir a EE UU como nunca antes lo estuvo, y no de una forma xenófoba. Las banderas en los coches, casas o tiendas, incluso en Harvard, uno de los bastiones de la izquierda americana, chocan a un europeo, pero, para esta decana, es una manera de compartir la pena, de reforzar la identidad y la simpatía hacia EE UU; también entre los afroamericanos. Es real. Como recuerda Jorge Domínguez, director del Center for International Affairs, la bandera fue durante la guerra de Vietnam un símbolo de división sobre la respuesta militar. 'Este caso es bien diferente'. Resulta, sin embargo, curioso que el pañuelo haya vuelto a la cabeza de muchas estudiantes musulmanas de Harvard, también como seña de identidad.
Las emociones patrióticas pueden provocar consecuencias imprevisibles, según George Ross, director del Centro de Estudios Alemanes y Europeos, que se pregunta, preocupado, si estas emociones son movilizables, es decir, manipulables por la política.
MIEDO A LA VULNERABILIDAD
La sensación de vulnerabilidad se deriva, más que del 11-S, de los casos de ántrax. No saben de dónde vienen, si de dentro o de fuera, o ambas cosas a la vez. Y estos días es éxito de ventas un excelente libro titulado Gérmenes: armas biológicas y la guerra secreta americana, de la periodista Judith Miller y otros dos coautores, que refleja que Estados Unidos, Rusia e Irak hicieron en buena parte caso omiso del tratado de 1972 que prohibía la fabricación de estas armas. Preocupa la posibilidad del terrorismo nuclear del tipo que sea, como el más fácil de material radiactivo pulverizado por una explosión convencional. 'Es aterrador', señala Ignatieff. Coincide con Stephen Bosworth, decano de la Fletcher School of Law and Diplomacy, al considerar que 'no podemos aislarnos del mundo'. Pero la sensación de sociedad sitiada, desde dentro y desde fuera, surge una y otra vez en todas las conversaciones. La mala sensación creada han llevado a multiplicar las reuniones de departamento o los seminarios en los que se discute de esta crisis, no sólo por una cuestión intelectual, sino para reforzar los vínculos comunitarios, explica Domínguez: en aras de la salud mental.
LA RESPUESTA OFICIAL
Para Jorge Domínguez, la respuesta oficial ha sido 'una combinación de ineptitud y talento'. Muchos ven a Bush como un líder débil, aunque tras el patinazo inicial de declarar una 'cruzada' se ha rehecho. Sobre todo, tiene gente bien preparada en su entorno. En esta ocasión, los medios de comunicación van incluso por detrás del alarmismo de algunos políticos. Cuando el gobernador de California alerta del peligro de un ataque contra el Golden Bridge de San Francisco, está creando alarma social, e incluso 'sembrando pánico'. 'Emitir mensajes de este tipo es cooperar con los terroristas', señala Domínguez
Para Arthur Kleinmann, 'Estados Unidos estaba en una posición moral sin igual durante la primera semana tras el 11-S', pero al no saber gestionarla 'ha perdido buena parte de la simpatía global'.
LA RESPUESTA MILITAR
'El control de la información ha sido tal que es difícil de evaluar' la respuesta militar, considera Jorge Domínguez. El debate se está iniciando sobre si EE UU debió atacar Afganistán y, sobre todo, si los actuales bombardeos lo único que logran es 'convertir rocas en piedras', en expresión de Domínguez. ¿Estamos en una guerra? Si así es, para Ignatieff 'es una guerra sin victoria: el objetivo es reducir el terror a niveles que probablemente estemos dispuestos a aceptar'. Para Bosworth, se podrá declarar victoria cuando se logre denegar el uso de Afganistán a los terroristas.
En lo que parece haber un acuerdo general entre estos expertos es que en la lucha contra el terrorismo el papel de los militares es y debe ser muy limitado. 'El peligro de la acción militar es inflamar las pasiones que inspiraron al terrorismo', según Peter Hall. El objetivo debe ser, en opinión de Richardson y otros, 'secar la fuente social en la que vive el terrorismo', aislar a los terroristas de la sociedad, impactar para frenar su reclutamiento.
Ésta debe ser una lucha que lleven los servicios de inteligencia, las policías. Y de ser militar, de fuerzas de comandos especiales, de los que EE UU sólo dispone de unos 40.000, según Richardson. Probablemente, lo ocurrido lleve a un cambio en las prioridades militares, o a acelerar las reformas en marcha. Pero la Administración no va a renunciar al escudo antimisiles y, de hecho, el Congreso aprobará todo lo que se le presente en materia de gastos militares.
Washington creía que el régimen de los talibanes se desmoronaría en una semana. Y aguanta. Irónicamente, son los militares los que están frenando la acción militar, según Richardson, algo que ya ocurrió en la guerra del Golfo. 'Como todo imperio', observa Ignatieff, 'EE UU quiere minimizar sus daños para hacer el trabajo sucio a través de proxies [de fuerzas extranjeras]'. El peligro, según esta visión, es que cuanto más dure esta etapa, más perderán los moderados como Musharraf en Pakistán. Para Peter Hall, el efecto puede ser que no caiga el Gobierno de Afganistán, sino el de Pakistán. 'La gran cuestión es qué viene luego tras Afganistán', se pregunta. ¿Y si también cayera el régimen en Arabia Saudí, esa 'gran hipocresía', como la califica Ignatieff? Nadie tiene respuesta. Lo único claro es que, como indica Peter Hall, la política exterior de EE UU está 'dominada por el petróleo'.
En cuanto a ampliar la geografía de las operaciones a Irak, ninguno de los consultados cree en ello, salvo que se llegara a demostrar que el ántrax, o una parte de él, tiene allí su origen. 'Entonces habría presiones sustanciales para ampliar la campaña', asegura Bosworth.
LA RESPUESTA AL ISLAM
Para los terroristas, según Ignatieff, 'el islam es un multiplicador de fuerza'. La bomba de Oklahoma no tuvo audiencia. Los atentados del 11-S, sí. Ignatieff ve un problema básico en el islam, pero aconseja buscar el diálogo, reducir distancias y sobre todo 'dejar de ser tan ignorante' respecto de esta religión y sus gentes. La respuesta diplomática debe llevar a luchar por 'los corazones y las mentes de los musulmanes', consideran Ignatieff y otros. Para ello, EE UU y el conjunto del mundo occidental debería, por ejemplo, invertir en educación en Pakistán para evitar que los jóvenes acudan a las madrazas, donde se les adoctrina. En todo caso, la crisis va a tener, o está ya teniendo, un efecto inmediato en la política de Estados Unidos hacia Israel. 'El amigo era Israel, sin preguntarnos por el coste geopolítico. El 11 de septiembre', comenta Ignatieff, 'ha venido a cambiar esto. Por primera vez, EE UU no se plantea si apoyar a Israel, sino qué Israel apoyar: ¿el actual o el de las fronteras de antes de la guerra de 1967'. Y añade: 'Los terroristas creen en el mito de la omnipotencia de EE UU, pero en Oriente Próximo no tiene capacidad para imponer la paz. Y sin embargo su interés lo exige'. Una parte de la prensa empieza a hablar ya de la 'cuestión palestina'. En EE UU, en el propio Boston, por unas declaraciones de unos obispos episcopales sobre Israel, la tensión entre judíos y cristianos ha empezado a aflorar.
EL FUTURO DE LA COALICIÓN
Algunos de los actuales responsables, como Powell y Cheney (pero no Rumsfeld ni Rice) ya vivieron en la guerra del Golfo la necesidad y utilidad de una coalición internacional, recuerda Domínguez. La diplomacia pasa, naturalmente, por la nueva coalición internacional forjada tras el 11-S, coalición que no es natural, dada la diversidad de objetivos e intereses de los que la componen. 'Es artificial y frágil', según Bosworth; 'una alianza de conveniencias', para Richardson; o 'demasiado buena para ser verdad', dice Hall, al haberse forjado 'sobre suelo movedizo'. Si hubiera un ataque terrorista nuclear o biológico de gran amplitud, 'esta coalición se haría más reducida en número, pero más fuerte', opina Anner Marie Slaughter, catedrática de derecho internacional de la Kennedy School.
En esta crisis, con la rapidez y habilidad con que Putin ha maniobrado, Rusia ha ganado posiciones. América Latina, recuerda Domínguez, se ha quedado algo olvidada (y se ha retrasado la legalización de dos millones de inmigrantes mexicanos ilegales).
Domínguez no cree que esta coalición pueda perdurar. 'Podría hacerlo reconstruyendo las bases de la Alianza Atlántica', añade. Pero esto significaría incluir de una u otra forma a Rusia y tener una alianza que dé la vuelta al mundo, desde el hemisferio Norte contra el Sur. Ante esta objeción, Domínguez no duda en afirmar que 'políticamente no sería viable si no incluye a algunos países islámicos'.
Para Kleinmann, Estados Unidos debe 'hacer algo político, dar el ejemplo', y convertir esta coalición en una 'coalición moral'; por ejemplo, para el desarrollo de las economías más pobres. Sería 'utilizar el status de EE UU como víctima para darle la vuelta a la manera en que se suele demonizar a América', y serviría para algo que Bush no quería antes: construir Estados.
Ignatieff y otros andan preocupados e investigando el problema de los Estados fallidos, que se desintegran o nunca llegan a convertirse en orden, pero sí fácilmente en caldo de cultivo para terroristas. 'Vamos a tener que reconstruir Afganistán. No por ellos, sino por nosotros', indica, pues 'se necesitan Estados. Estados fuertes y capaces. Son la clave para el éxito global'. La lección de las intervenciones de los últimos años es que 'lo que importa es poner en pie nuevas estructuras políticas, y no es nada fácil', añade Peter Hall.
MULTILATERALISMO DÉBIL
Ni siquiera EE UU, militarmente, puede afrontar esta crisis solo. 'Incluso una superpotencia necesita amigos', afirma Ignatieff. Debe compartir inteligencia con, por ejemplo, Israel, Jordania, Arabia Saudí, Siria, Pakistán y Rusia. ¿Compartir? Para algunos interlocutores en Harvard, más que compartir lo que busca EE UU es recibirla de los demás. Pero también aprecia el apoyo europeo, aunque de Europa sólo se vea en EE UU a Tony Blair. Para Hall, sin embargo, 'Europa puede moderar a Estados Unidos'. Todos ven un giro de Washington hacia un mayor multilateralismo, aunque los juicios sobre su alcance difieran. Es un 'multilateralismo delgado', dice Hall. Para Ignatieff, EE UU ha tenido fases multilaterales. 'Para un país como España, el multilateralismo es la única posibilidad. Para un país como EE UU, el unilateralismo es una tentación posible'. Entre los republicanos, la ONU ha sido muy impopular. Pero EE UU 'necesita ahora el multilateralismo por razones diplomáticas y militares (bases, inteligencia, etcétera)'. Ignatieff, no excluye que, tras la crisis, EE UU vuelva a una posición unilateral. Si EE UU se siente atacado, más atacado, 'se endurecerán las actitudes americanas', añade Slaughter. Sin embargo, sí podría sumarse o intentar renegociar acuerdos de los que se ha quedado fuera, como la prohibición total de pruebas nucleares, el protocolo de prohibición de armas bacteriológicas, y otros.
¿CAMBIO DE MUNDO?
El 11-S, en opinión bastante general, no ha supuesto un vuelco en el mundo. 'Ha sido un golpe extraordinario', dice Louise Richardson, para la cual la lucha contra el terrorismo no va a ser el factor definitorio que fue la guerra fría. Pero Slaughter observa cómo el 11-S irrumpieron de forma violenta en la escena mundial actores no estatales, cuya culminación es quizá Al Qaeda, para luchar contra los cuales el mundo no estaba preparado. La religión les da 'un poder sin precedentes', según Ignatieff. Éste sí ve un nuevo periodo de enfrentamiento, un 'nihilismo apocalíptico' sin fronteras precisas, pues es a la vez externo e interno. Lo que es seguro es que Estados Unidos ha cambiado y mira al mundo de otra manera, como estima Anne Marie Slaughter, que ve la posibilidad de que en el plazo de cinco años este país ratifique el estatuto del Tribunal Penal Internacional permanente, aunque antes buscará cambios que no lleguen, sin embargo, a excluir a los soldados estadounidenses de su jurisdicción. Aunque no tenga claro en qué forma organizativa tome, Slaughter sí pronostica el nacimiento de un nuevo régimen legal internacional que prohíba y convierta en crimen cualquier matanza de civiles con el propósito que sea. Ya antes del 11-S, recuerda, Bush y Rumsfeld empezaron a apartarse de la disuasión heredada de la guerra fría. La citada prohibición puede llevar a ilegalizar las armas de destrucción masiva.
¿Y hacia dentro? ¿Preocupa el recorte en las libertades civiles y la xenofobia? Poco a poco, se está convirtiendo en un tema de debate. Se recuerda que el presidente Lincoln suprimió durante la guerra civil el habeas corpus. Los controles a la inmigración se han reforzado. Pero la complejidad de la situación se ve alimentada, apunta Domínguez, por el hecho de que, por razones económicas, la derecha republicana, la de Bush, está a favor de la inmigración.
La muerte del mito de Pollyanna
EL 11 DE SEPTIEMBRE puso fin al mito de Pollyanna, el personaje angelical de Eleanor Porter, la huérfana enferma que contagia a todo el mundo con su angelical optimismo. Es en la dimensión de la salud mental donde el ataque terrorista es comparado a un choque cultural por Arthur Kleinmann, catedrático de antropología social de la Universidad de Harvard y de antropología médica y psiquiatría en la Facultad de Medicina, que hace uso de esta metáfora. Los estadounidenses creían controlar sus riesgos, en una visión alimentada, además, por un crecimiento económico sin precedentes. 'Tenían una visión del mundo enormemente simplista, pueril o adolescente'. Los estadounidenses han chocado con la realidad. El 11-S ha constituido un 'acontecimiento de las proporciones de un cataclismo para la visión estadounidense', afirma Kleinmann, para quien el resultado no tiene porqué ser negativo. Desde la guerra civil, y salvo un breve episodio en 1814 con Canadá, no habían sufrido ningún ataque en su territorio. Mientras, en estos últimos años aumentaba la inestabilidad social o incluso sanitaria. Los estadounidenses, añade, deben ahora 'afrontar los verdaderos peligros de este mundo'. Y percatarse de que 'EE UU participa en la creación de estos peligros', desde el ántrax a Bin Laden. Deben 'reconocer que el último estadio del capitalismo financiero resulta sumamente desestabilizador para nuestras sociedades'. Deben tomar en serio 'las consecuencias morales de sus acciones'. Pero Kleinmann lanza una advertencia: 'La experiencia de amenaza y peligro pueden llevar a una sobre-rreacción y a una violencia en masa que puede acabar transformándose en un peligro aún mayor'. Ése, añade, fue el caso en Europa en los años treinta, cuando el miedo a que el comunismo destruyera las sociedades contribuyó a fomentar muchos movimientos fascistas'. De ahí que la reacción al peligro no cree mayores peligros. George Ross teme también que la interacción entre una 'opinión pública volátil' y el planeamiento o marcha de la guerra genere reacciones no deseadas. Para Kleinmann, hay un peligro de que Estados Unidos acabe 'atacando de forma ciega todo lo que consideremos amenaza. Algo de esto hay en el bombardeo' de Afganistán. Si por intentar derrocar a los talibanes o atrapar a Bin Laden se destruyen las bases sobre las que se apoya el pueblo afgano, mal negocio se habrá hecho. Kleinmann tiene una preocupación central: que no se conteste de manera que, moral y religiosamente, se siga legitimando el odio hacia Occidente por los que nos odian. Si se reacciona de forma desproporcionada, dice, se dará vida a la profecía de Huntington de un choque entre civilizaciones. Sin duda, en unos años, añade Kleinmann, se habrá generado una nueva mentalidad cultural, más cercana a la europea, menos superficial, más próxima, cita él, a esa idea de Ortega y Gasset de que el ser humano siempre vive al borde del precipicio. Lo peligroso es que en Estados Unidos se sientan como en una sociedad acosada, pues una expresión se repite una y otra vez: 'Nos sentimos sitiados', un sentimiento que ha crecido con los misteriosos casos de ántrax.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001