Milton Friedman, autor entre otros libros de Capitalismo y libertad, insiste, a los 89 años de edad, en su renovada demanda de un Estado más fuerte y su fe en el sistema económico capitalista.
Pregunta. Señor Friedman, como jefe de filas del neoliberalismo, se le consideró durante mucho tiempo como un brillante vencedor. Ahora, sin embargo, parece como si de entre las ruinas del World Trade Center de Nueva York asomara la faz de su viejo contrincante, John Maynard Keynes. Uno tras otro, los Gobiernos inician programas multimillonarios de gasto para reactivar una economía conmocionada. ¿Le da rabia esto?
Respuesta. Estos programas de gasto público son una idea pésima, son totalmente indeseables y perfectamente innecesarios. Keynes vuelve a estar de moda, se abren de par en par las compuertas y los Gobiernos están sometidos a una gran presión para gastar más. Es cierto: el ambiente ha cambiado radicalmente desde el 11 de septiembre.
'No soy un cínico. El establecimiento de leyes muy rígidas no conduce a una mejor retribución, sino a más desempleo. En Alemania no se crea empleo porque es difícil despedir'
'Lo bueno del sistema capitalista es la obligación que hay de obtener beneficios, que conduce ineluctablemente a que el dinero pase a manos de la gente más eficaz'
'Si muchas compañías aéreas tienen que ir a la quiebra, no pasa nada. La empresa privada vive según el sistema de pérdidas y ganancias. Perder es casi más importante que ganar'
'Quienes participan en las manifestaciones antiglobalización no son los afectados, sino sobre todo los hijos de la clase media, que lo que quieren es divertirse y pueden permitírselo'
P. Numerosas líneas aéreas están amenazadas de quiebra, las compañías de seguros se enfrentan a indemnizaciones gigantescas, un pueblo amedrentado tiene que ser tratado con antibióticos... ¿No le parece sensato que en tales tiempos de crisis intervenga el Estado activamente?
R. Analicemos de manera realista el daño producido el 11 de septiembre. No hay duda, nos hemos empobrecido. Dos edificios gigantescos fueron destruidos, las obras de desescombro y de reconstrucción requerirán mucho dinero. Pero eso no justifica que el Gobierno tenga que gastar más. Al contrario, igual que cualquier ciudadano, ahora debería ser más ahorrativo.
P. ¿No subestima los aspectos psicológicos de la política? La gente está pidiendo un Estado más fuerte.
R. No, lo que piden es una conducción firme del Gobierno. Los que deben ser fuertes son los militares, no el aparato de Gobierno. La tarea principal es conducir una guerra, y no arreglarles las cuentas al sector de las compañías aéreas o de seguros.
P. Lo que se pretende es quitar a la gente el miedo a una crisis económica mundial. El mismo The New York Times llegó a decir después del atentado que era un deber patriótico consumir, y llamó a sus electores a que, por el bien de América, fueran de compras a los centros comerciales. ¿Puede el Gobierno quedarse al margen?
R. En todo esto se está jugando con los miedos de la gente. La realidad es que desde finales de 2000 o principios de 2001 nos encontramos ya en una recesión. En mi opinión, ésta terminará en el primero o segundo trimestre de 2002. Por supuesto que el ataque terrorista ha acelerado y profundizado el retroceso económico, y ahora se utiliza como pretexto para la intervención del Estado. Pero el incremento del gasto público no conduce a la estabilización de la economía, eso ya lo sabemos por experiencia. Lo que pasa es que, apelando a Keynes, los políticos justifican un gasto adicional para sus propios intereses, pues eso es lo que están haciendo los legisladores: gastar el dinero de los demás. Y la cuestión siempre es la misma: ¿podemos dejar que sigan haciéndolo? También hay que decir que los acontecimientos del 11 de septiembre han dado respetabilidad social al gasto público.
P. Con George W. Bush vuelve a ocupar la Casa Blanca un conservador, pero se dedica a gastar a manos llenas. ¿Le han decepcionado los republicanos?
R. Por supuesto que no. Me gusta Bush, le he votado y encuentro que, en términos generales, lo está haciendo muy bien. Pero no deja de ser más que un político sometido a una presión aplastante. Claro que su reducción de impuestos no es apropiada para relanzar la coyuntura, pues como la mayoría de las medidas de política fiscal su efecto es más bien a corto plazo. Pero al menos los republicanos pretenden reducir los impuestos. Y como es sabido, yo estoy a favor de ello en cualquier momento, en cualquier forma y por cualquier motivo, con el único objetivo de rebajar el gasto público.
P. ¿Entonces, no considera razonable salvar a las compañías aéreas?
R. Las autoridades de control del tráfico aéreo impidieron a las compañías volar durante varios días. Esto las hace acreedoras a una indemnización, pero para ello bastaría con mil millones de dólares; no hacen falta los quince mil millones que ha aprobado el Gobierno. No hay ninguna razón para que reciban tanto.
P. Pero entonces, muchas empresas irán a la suspensión de pagos.
R. ¿Y qué? Que quiebren, no pasa nada. La empresa privada vive según el sistema de pérdidas y ganancias. Perder es casi más importante que ganar.
R. ¿Usted admitiría la paralización del tráfico aéreo de Estados Unidos sólo por amor a la pureza de la doctrina capitalista?
P. ¿Y por qué no? Todos los valores físicos siguen existiendo: los aviones, los aeropuertos, las puertas de embarque. Las empresas pueden seguir operando después de una suspensión de pagos. Todo lo que ocurriría sería que las personas que ejercerían el control sobre las compañías cambiarían. Perderían los accionistas y ganarían los nuevos propietarios. Muy probablemente los malos gestores anteriores serían sustituidos por mejores gestores, lo que redundaría en un fortalecimiento de la industria de las líneas aéreas. Eso es precisamente lo bueno del sistema: la obligación de obtener beneficios conduce ineluctablemente a que el dinero pase a manos de la gente más eficaz.
P. En cuanto a la seguridad, las líneas aéreas no han demostrado ser muy efectivas. ¿Debe el Estado hacerse cargo de la seguridad en los aeropuertos?
R. Desde mi punto de vista, eso sería un grave error. Quien tiene mayor interés en no perder sus aparatos son precisamente las compañías aéreas, mucho más que los políticos. Que paguen ellas mismas, su seguridad no es asunto del Gobierno.
P. Usted siempre estuvo a favor de la retirada del Estado de la economía. Actualmente, los Gobiernos dan alegremente su aval a las compañías de seguros, conceden subvenciones a las empresas de energía, etcétera. ¿Es esto necesario para la seguridad nacional?
R. Por supuesto que no. Pero es eso lo que pasa precisamente cuando se abren las puertas del tesoro público. Todos quieren sacar tajada, y quien tenga suficiente poder de presión la consigue. Y a la opinión pública le venden estos regalos como consecuencias necesarias de los actos terroristas.
P. El liberalismo económico desarrollado por usted admite la intervención del Estado cuando está afectada la seguridad nacional. ¿Se da ahora esa situación?
R. Nuestros militares están para hacer la guerra contra otros países. En comparación con una guerra, esta intervención contra los terroristas es una misión muy limitada, que podría financiarse tranquilamente del presupuesto corriente, como ocurrió por cierto con la intervención en Kosovo. No hay en absoluto motivos para incrementar el gasto militar. Pero ya sabemos que la guerra es un buen amigo de los Gobiernos. En tiempos de guerra aumenta el poder de los Gobiernos, que así pueden intervenir más en la economía.
P. ¿De dónde le viene su profunda desconfianza a los representantes del pueblo, elegidos democráticamente?
R. Los Gobiernos hacen muchas cosas buenas, y los políticos son tan inteligentes como los empresarios. Tampoco son personas especialmente malas. Los hombres no hacen cosas malas con mala intención, sino siempre con las mejores intenciones. Incluso los terroristas creen que han hecho algo bueno. Por tanto, no sirve de nada investigar las intenciones de las personas. Lo importante es lo que les impulsa. Y los políticos tienen otra motivación que los empresarios. No gastan su propio dinero, sino el de los demás. Por el contrario, los empresarios se someten a la disciplina de los resultados, o sea, a los mercados, que son la auténtica fuerza motriz.
P. ...y generan resultados tan maravillosos como la burbuja de las punto.com.
R. Nada es perfecto en este mundo. La diferencia es que si el Gobierno hubiera participado en la burbuja punto.com, ésta nunca hubiera explotado. Seguiría existiendo con subvenciones por toda la eternidad.
P. ¿De dónde viene su confianza ilimitada en el mercado?
R. Porque en el mercado sólo se puede tener éxito cuando se es útil a los demás. ¿Cómo se gana dinero? Pues produciendo cosas que necesitan los demás...
P. ...mientras que a los trabajadores que las producen se les da la mínima participación posible en los beneficios. El 29% de las familias americanas con hijos pequeños tiene, según un estudio del Economic Policy Institute, ingresos que no alcanzan para un nivel de vida decoroso. ¿Le parece aceptable en el país más rico del mundo?
R. No conozco ese estudio, pero puedo asegurarle que ese 29% tiene unos ingresos más elevados que el 90% de la población mundial. La living wage [salario mínimo] de que habla es un concepto totalmente subjetivo. ¿Y qué es una renta adecuada? Adecuado es todo aquello que corresponde al valor real de un trabajador, es decir, es tan alto como elevada sea su productividad. Si esto pudiera regularse con una simple ley, ¿para qué ser tan modestos? ¿Por qué no exigir un salario mínimo de 100 dólares si lo único que hace falta es dictar una ley?
P. Es usted un cínico. ¿Es demasiado pedir que personas que trabajan ocho o diez horas al día puedan mantener, vestir y alimentar a su familia con sus ingresos?
R. No soy un cínico. Pero el establecimiento de leyes muy rígidas no conduce a una mejor retribución, sino a más desempleo; donde mejor puede verlo es en Alemania. Allí no se crea empleo porque es muy difícil despedir.
P. Su desconfianza hacia los políticos es grande, pero ¿no desconfía de las grandes empresas?
R. ¡Por supuesto que sí! Los empresarios son los enemigos de una sociedad libre, toda empresa supone un gran peligro para los Gobiernos. Al fin y al cabo, se sirven de los Gobiernos para sus propios fines. ¿Por qué, dirá usted, reciben las compañías aéreas tanto dinero? Porque su lobby, sus representantes, reparten generosamente fondos entre los políticos de Washington. Por esa razón también estoy a favor de que el Gobierno sea más débil, más reducido, con objeto de reducir el poder de las grandes empresas.
P. Ahora habla usted como un adversario de la globalización. ¿Será posible que al final tenga usted hasta comprensión para este movimiento?
R. No, por favor; si tienen un montón de ideas contradictorias, todas realmente absurdas. Quienes participan en las manifestaciones no son los afectados, sino sobre todo hijos de la clase media bien situada, que lo que quieren es divertirse y además pueden permitírselo. No es más que un movimiento para pasarlo bien.
© Der Spiege
El poder del dinero
MILTON FRIEDMAN nació el 31 de julio de 1912 en Brooklyn, Nueva York, el cuarto y único varón de una familia inmigrante de Europa Central con pocos recursos económicos. Se licenció en Económicas en la Universidad de Rutgers y amplió sus estudios en la de Chicago durante 1932 y un año después en la de Columbia. Su paso por estas dos universidades le abrió muchas puertas. En Chicago coincidió con el profesor Homer Jones y se integró en un grupo de brillantes economistas -Jacob Viner, Frank Knight, Henry Schultz, Lloyd Mints y Henry Simons, entre otros- que defendía a ultranza la renovación del liberalismo económico. Más tarde se conocería como la Escuela de Chicago, de la que Friedman sería su máximo representante. Analista de estadísticas para el Gobierno, desde mediados de los años treinta inició una fructífera colaboración, que se prolongó hasta 1981, con el National Bureau of Economic Research, relación que le fue muy útil para la tesis doctoral que presentó en 1946 en la Universidad de Columbia y para la elaboración de sus teorías económicas. También en 1946 obtuvo plaza como profesor de Economía en la de Chicago, iniciando una carrera docente que le llevaría a las universidades de Princetown, Columbia y Sttanford, entre otras. En 1976 le fue concedido el Premio Nobel de Economía 'por sus estudios en el ámbito de análisis del consumo, historia y teoría de la moneda, y por su demostración de la complejidad de la política de estabilización'. Su teoría sobre el consumo rompía con el keynesianismo reinante en los años cincuenta y sesenta. Según su hipótesis de la renta permanente, el consumo de una familia era proporcional a la renta media que esperaba obtener en un cierto periodo de tiempo. Su rechazo a la intervención del Estado y la defensa de la libre competencia le llevaron a propugnar el monetarismo frente a las medidas de carácter fiscal, quizá la más polémica de sus teorías. Friedman ha mantenido siempre que el nivel de los precios y la actividad económica vienen determinados por la cantidad de dinero en circulación, que el Estado debe controlar la expansión moderada del dinero para apoyar el crecimiento económico. El extremado conservadurismo de sus ideas le valió muchas críticas -sobre todo por el coste humano que suponían-, pero también el apoyo de los sectores ultraliberales de la sociedad. Miembro del Partido Republicano, asesoró al senador Barry Goldwater y a los presidentes Richard Nixon y Ronald Reagan en la elaboración de sus programas económicos. En la última campaña electoral dio su apoyo a George W. Bush y aseguró que el empresariado estadounidense le respaldaba. Pero fue en Chile donde la dictadura de Augusto Pinochet puso en práctica sus teorías económicas. De su obra cabe destacar Teoría de la función de consumo (1957), Un programa para la estabilidad económica (1959), Capitalismo y libertad (1962), Historia monetaria de los Estados Unidos, 1867-1960 (1963), Ensayos de Economía Positiva (1966) y Teoría de los precios (1976).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001