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Crítica:JAZZ

El futuro es suyo

La vida le ha dado un vuelco a Diana Krall desde que los halagos generalizados y el éxito de sus discos la han convertido en heredera electa de la gran dinastía vocal del jazz. La expectación entre los invitados a su tercer concierto madrileño, esta vez estrictamente promocional, era de gala.

Diana Krall

Diana Krall (voz y piano), Dan Faehnle (guitarra), Ben Wolfe (contrabajo) y Rodney Greene (batería). Teatro Casa de Campo. Madrid, 9 de noviembre.

Como en todos los artistas que conquistan los gustos de un sector de público amplio, Krall sabe sacar partido a la ambigüedad y hasta a la contradicción: su físico encajaría perfectamente en la cafetería del más exclusivo club de polo, pero su fraseo tiene un atractivo punto de descaro más propio de club subterráneo; su voz se despereza con encanto adolescente, pero disfruta rompiendo la imagen glamurosa con estratégicos detalles de madurez una pizca canallesca.

Todas esas sensaciones contrastadas, y otras no menos sugerentes, provocó su actuación en el concierto de clausura del primer ciclo Emociona!!! Jazz. Las orquestaciones palaciegas de su disco más reciente, The look of love, se redujeron a un exquisito formato de bolsillo, y su voz no perdió un ápice de autoridad con respecto a las versiones de estudio. Así fue convocando canciones en arreglos directos y contundentes que recordaron a los de los tríos del pianista Oscar Peterson, otro canadiense ilustre: introducciones íntimas de quietud nocturna, por lo general con Krall acompañada únicamente por guitarra, contrabajo o por su propio piano. Luego, entrada del resto de los instrumentos y cambio de escobillas a baquetas para remontar el vuelo definitivamente: simple pero eficaz.

De una pieza

Favorecida por esa diáfana filosofía instrumental, Krall manifestó que es cantante de una pieza, capaz de saltarse el protocolo con giros imprevistos y de matizar el significado de las palabras con herramientas del teatro más sutil y sobrio. La canadiense mantuvo, además, una radiante regularidad. Todas las canciones tuvieron su peso ideal, desde el swing casi ingrávido de Let's fall in love al drama fornido de Cry me a river. Puede que no sea una innovadora, pero lo cierto es que no se parece a ninguna otra, ni del pasado ni del presente. Quizá por eso el futuro es suyo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001