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COLUMNA

Las palabras de ella

Había discutido otras veces con su marido, pero siempre se quedaba con las ganas de decirle lo que pensaba de él o de mandarle al cuerno. Después de cada una de sus peleas se arrepentía de no haber hecho acopio de valor para coger la puerta y marcharse de casa. En su fantasía, sin embargo, no dejaba de hacerlo.

-¿Sabes qué te digo? Que me voy.

Y se ponía el abrigo, salía al descansillo, esperaba mordiéndose las uñas a que llegara el ascensor y se iba de casa. Estaba segura de que bastaría con que lo hiciera una sola vez para que su marido se diera cuenta de lo que la necesitaba. Pero la distancia entre la fantasía y la realidad era excesiva para decidirse a dar el salto. Al final le dejaba hablando solo y se metía en la cama poseída de una rabia que, con suerte, se diluía en el sueño.

Aquel día ocurrió algo dentro de su cabeza, porque cuando llevaban media hora peleando, y al comprender ella que no se trataba de una discusión de trámite, sino de una manifestación de poder por parte de él, abrió la boca y misteriosamente salió la frase que tantas veces había pronunciado en su fantasía.

-¿Sabes qué te digo? Que me voy.

Cogió el abrigo con una expresión idéntica a la imaginada, se lo puso con los mismos movimientos y dio el número de pasos que había dado tantas veces dentro de su cabeza. Cerró la puerta de la casa tras de sí, llamó al ascensor y, mordiéndose las uñas, esperó a que llegara. Ya en la calle, giró por costumbre a la derecha y se puso a caminar sin preguntarse adónde iba. Eran la once de la noche y había poca gente. Al cabo de media hora de caminar sin rumbo había menos. Entonces se detuvo y comprendió que no tenía adonde ir. En su fantasía siempre se había detenido en el momento de dar el portazo y llamar al ascensor. Carecía de entrenamiento para llegar más lejos.

Entonces tomó un taxi y se fue al tanatorio de la M-30. Como estaba llorando, pensó que allí llamaría menos la atención. Y no la llamaba, pero tampoco se sentía a gusto en una atmósfera tan fúnebre. Había hecho algo bueno, algo que tenía que hacer para mantener intacta la dignidad y no era forma de celebrarlo pasándose la noche en una capilla ardiente. Entonces oyó, de pasada, una conversación en la que alguien dijo que venía de urgencias, de La Paz. Urgencias, de La Paz, se dijo a sí misma.

Había ido varias veces, cuando los niños eran pequeños, y pensó que no era un mal sitio para pasar la noche. Mejor que el tanatorio, desde luego, o que una estación de trenes o autobuses.

Mejor también que el aeropuerto. Una vez había ido al aeropuerto por la noche, para despedir a un familiar, y le pareció más fúnebre, si cabe, que el tanatorio.

Así que tomó otro taxi y se marchó a urgencias. La sala estaba llena de gente. Se puso al lado de una chica joven con un niño en brazos.

-¿Qué le pasa al niño?- preguntó al rato.

-Tiene más de cuarenta y lleva así dos días -respondió con expresión de angustia la chica.

Ella le explicó que los problemas de garganta hacían subir mucho la temperatura, que en los niños pequeños tampoco es tan preocupante. Notó que la chica se fue calmando con sus palabras y cuando la llamaron le dio, al despedirse, un beso. Luego se colocó al lado de una mujer de su edad cuyo hijo había tenido un accidente de moto.

-Lleva más de dos horas ahí dentro- le dijo.

-¿Y aún no le han dicho nada?

-No.

-Eso es buena señal- añadió ella, y fue capaz de explicar por qué era buena señal notando que sus palabras producían un efecto analgésico en la madre del motorista.

Toda la noche, en fin, fue de una a otra persona aliviando con sus palabras las penas de la gente. De súbito se dio cuenta de que tenía un don para tranquilizar a los demás que jamás había sabido aplicar a sí misma.

Cuando ya amanecía volvió a casa. Su marido no se había acostado. Estaba en la cocina fumando y bebiendo café con cara de desesperación. Cuando la vio entrar endureció, sin embargo, el gesto.

-No te esfuerces- dijo ella-, esta noche me he dado cuenta de que no puedes vivir sin mí. Y te lo perdono. Anda, vamos a descansar un poco.

Él la siguió dócilmente y se metieron en la cama a la misma hora a la que otros días se levantaban para acudir al trabajo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001