El Banco de España abre su espléndido chaflán a la plaza de Cibeles. Se trata de un hecho raro, reservado para celebraciones solemnes. En esta ocasión, la apertura de puertas de la sede madrileña del gran banco persigue dar solemnidad a dos circunstancias especiales: la despedida de la peseta y la llegada de la nueva moneda común a 12 países europeos.
Apenas sesenta días antes del adiós definitivo a la moneda española, el Banco de España tributa a su querida y bicentenaria empleada un homenaje singular: la exposición El camino hacia el euro. El real, el escudo y la peseta.
El montaje de la muestra sesga su mensaje hacia los intentos de aproximación de las monedas continentales como una constante de la historia de Europa. Pero, sobre todo, rinde pleitesía visual a la unidad de cambio que presidió la vida cotidiana en España desde que fuera adoptada como moneda oficial mediado el siglo XIX. Para tributar tal homenaje, se menta necesariamente al principal antepasado de la peseta, el real. Quedó éste fijado como moneda castellana en torno al año de 1360 por Pedro I, quien muriera en Montiel a manos de Enrique de Trastamara ayudado por el mercenario Duguesclin. En el siglo XVII, el real de vellón, aleación de plata y cobre, fue la unidad en cuantas transacciones realizaba la Corona española, señaladamente con América. Esta moneda funcionó como base del entramado monetario español hasta 1848. Reinaba a la sazón Isabel II, bajo cuyo mandato se decide diezmarlo y adaptar el real al sistema internacional de cambios.
En 1864, el ministro de Hacienda de Isabel II, Pedro Salaverría, sustituye el real por el escudo de plata, equivalente a diez reales, para facilitar el comercio americano. Pero tal innovación no consiguió consolidarse por la crisis internacional del capital a la sazón rampante.
Cuando en 1868 la revolución triunfa y se instaura en Madrid un Gobierno provisional, las acuñaciones de moneda suprimen la efigie regia y la sustituyen por la de una musa, Hispania.
Se decide igualmente establecer la peseta como moneda única para todo el territorio nacional, según decreto del ministro Laureano Figuerola, que buscaba adaptar la moneda española a las de Francia, Bélgica, Suiza e Italia, integradas en la Unión Monetaria Latina creada en 1865 y a la que España no logró acceder.
La exposición de la sede bancaria de Cibeles muestra con delicadeza aspctos de la historia monetaria española. Es de agradecer la información brindada sobre la etapa de la Segunda República española: una fotografía del catalán Luis Nicolau D'Olwer muestra la mirada inteligente de quien fuera gobernador del Banco de España entre 1936 y 1938.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001