En una de las novelas de su trilogía fantástica relataba Italo Calvino la historia de un vizconde al que la bala de un cañón dividió en dos mitades que sobrevivieron de forma independiente y aglutinaron, respectivamente, el bien y el mal que existe en los seres humanos. Tras la batalla, el regreso de las dos mitades del noble a su feudo fue para el pueblo una auténtica tragedia. El desconcierto, el temor y la desconfianza se apoderaron rápidamente de la población, sujeta tan pronto a la perversidad cruel de uno como a la candidez estúpida del otro. La vida no se normalizó hasta que las dos mitades volvieron a unirse y un vizconde equilibrado, mezcla de bien y mal, gobernó por fin.
Algo de esto parece sucederles hoy al principal partido de la oposición y a sus votantes, iluminados sólo por algo parecido a la mitad bondadosa del vizconde. Quizás no importara si sólo fuera una cuestión interna y partidista, pero puede resultar preocupante si se considera necesario para la supervivencia real del sistema democrático disponer de representantes capaces de fiscalizar el poder y los intereses -públicos y privados- de quienes lo ejercen y, más aún, si se piensa que España merece un Gobierno mejor que el que tiene.
Queda aún mucha legislatura para corregir el rumbo, distinguir quiénes son compañeros y quiénes rémoras, renovar ideas y personas, imponer rigor y firmeza, apuntar salidas creativas para resolver los problemas y hacerse acreedor de la confianza de la mayoría; en síntesis, elaborar un proyecto político alternativo capaz de ilusionar a los ciudadanos. Es tiempo de abandonar lealtades inquebrantables, seguidismos ciegos y empezar a forjar la historia de ese vizconde completo y equilibrado de Calvino, del que algún día en el futuro, tal vez, merezca la pena escribir su historia...
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001