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COLUMNA

Euskadi rosa

En Euskadi no termina de haber buenas noticias. Quiero decir que, aunque las haya, siempre acaban relegadas a un segundo plano, cubiertas por el trapo negro del terrorismo. O por decirlo de otra manera, aquí siempre acaban las buenas noticias por poblársenos de reservas y de dudas.

Hace unos días, el lehendakari expresó su apoyo a la causa de los derechos de los homosexuales, asegurando que en breve en el Parlamento de Gasteiz se votará la Ley vasca de parejas de hecho. Me pareció una excelente noticia por muchas razones. También porque el respeto y la defensa de las diferencias son siempre signos de altura democrática, rasgos de madurez institucional y social. Rasgos y signos que en este tema nos colocarían no sólo en los puestos de cabeza autonómicos, sino por delante en Europa, al lado de las sociedades más progresistas y avanzadas.

¿Pero somos realmente ese modelo de país?, o mejor ¿ese país modélico? Por desgracia la respuesta es no. Y no voy a insistir en lo obvio de una realidad que está permanentemente de cuerpo presente, o de cuerpo escoltado o acallado o atemorizado o exiliado.

En cambio, en lo que no hay que dejar de insistir es en lo paradójico de la realidad vasca, donde la abundancia material convive con penurias éticas. Donde máximos legales y formales se traducen luego en mínimos de hecho. Donde una actividad cultural y creadora comparable a la de los países de nuestro entorno coexiste con una acultura democrática y convivencial impensable en estos.

Donde, en definitiva, una pareja de gays o lesbianas podrá gozar muy pronto, ojalá, de una cobertura legal y por lo tanto de una libertad de expresión semejantes a la de las parejas heterosexuales; a menos que sus miembros además de homosexuales sean jueces o periodistas o empresarios o libreros o profesores o diputados o concejales, porque en ese caso, en total y despreocupada libertad no podrán hacer casi nada.

Vivimos con estas paradojas que son sin embargo insufribles. Que te mantienen en vilo y como columpios te empujan de la esperanza al desengaño, de la euforia al sufrimiento, como una depresión. Que son también profunda, sangrantemente injustas porque permiten a unos ciudadanos vivir a la luz de cotas cada vez más altas de libertad, mientras condenan a otros a la sombra proporcionalmente más inhóspita de su privación. Paradojas que son además peligrosas porque distraen y engañan. Crean oasis y espejismos -argumentos y tentaciones de autocomplacencia- sin acabar con el desierto circundante que se vuelve más duro por contraste, más atroz.

Supongo que la claridad con la que Ibarretxe se ha manifestado en defensa de la causa gay -y de otras causas 'evolucionadas'- obedece también a un anhelo de tipo compensatorio: más derechos, más tolerancia para contrapesar la negritud intolerante en que estamos sumidos. Pero esa compensación no es posible. La goma de ciertas formas de progresismo no puede borrar, ni siquiera difuminar, la mancha terrorista. Del mismo modo que los beneficios sociales, el crecimiento económico o la evidente 'europeidad' de algunas propuestas públicas no pueden ocultar el horror, convertirse en sábanas de tapar cadáveres. Ni pueden ni deben.

Pensar que como sociedad estamos cerca del pelotón de cabeza europeo me parece en muchos sentidos excesivo e improcedente; y creo además que dificulta el cambio social que necesitamos llevar a cabo. Pensar, por el contrario, que somos uno de los países de Europa donde peor se vive, donde menos se tiene, porque un malvivir escaso, amenazado y amputado es la experiencia de muchos ciudadanos vascos, me parece una manera más seria, más lúcida de abordar nuestra realidad, de plantarle cara. Y una de las pocas vías creíbles para alcanzar esa Euskadi en paz, 'blanca', que la mayoría de los vascos deseamos. Y rosa, naturalmente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001