Minutos antes de las diez de la mañana, los accesos al Museo de Bellas Artes de Bilbao estaban ayer desiertos. La mañana amenazaba lluvia, el viento soplaba del Norte y la temperatura rondaba los siete grados. El primer temporal del otoño no animó al público a madrugar para descubrir las novedades que ofrece el museo tras las obras de ampliación y reforma, hasta que al filo de la apertura la llegada de un autobús con un grupo de 24 participantes en un simposio del Palacio Euskalduna puso en escena a los primeros vistantes de la nueva estapa del museo. A lo largo del día el ritmo de afluencia se fue animando; a primera hora de la tarde empezaron a formarse colas, y al cierre de las salas a las ocho de la tarde, el museo estaba más lleno que nunca en su historia. Con entrada gratuita, batió con casi 4.700 personas el récord de asistencia en una sola jornada, que con 4.100 visitantes había logrado la exposición Sorolla-Zuloaga en diciembre de 1997.
La primera persona en acceder al renovado museo por la plaza de Eduardo Chillida fue Montserrat Tanganelli, una barcelonesa de 71 años, a quien la reapertura del museo le pilló de paso por Bilbao. Visitante asidua de los centros artísticos de su ciudad - 'el Macba, el Tàpies, el Miró', contaba- no quería perderse 'un ribera delicioso que sé que tienen aquí'. Pidió ayuda y lo encontró en su actual ubicación, al fondo del espacio de 3.000 metros cuadrados donde el museo ha hecho su propuesta más audaz, mezclando las obras de los artistas vascos actuales de la exposición temporal Gaur, Hemen, Orain con las piezas más emblemáticas de la colección, sin respetar la cronología ni la conexión estilística.
Montserrat Tanganelli encontró un paralelismo en la vida doméstica para entender mejor que un cuadro de Ribera - san Sebastián aseteado, atendido por santa Irene, pintado en el siglo XVII- se vea en el museo junto a la instalación de Pello Irazu, que utiliza una gran tienda de campaña. 'Es como una familia, en la que hay que acostumbrarse la variedad', explicó. 'Te choca, pero se ve muy bien. Además hoy es imposible pensar en otro Museo del Prado'.
En las salas de pintura antigua la guía aportaba otro tipo de explicaciones ante el cuadro de Tàpies Signo y materia 3-D (1961) que rompe el conjunto. 'Es un contrapunto, que cada uno puede interperetar como quiera', decía. El nexo, añadió, está entre 'la expresividad del material de Tàpies' y 'el sentimiento religioso' de una piedad del siglo XIV.
Tras el grupo, una pareja, bilbaínos conocedores del museo, no salía de su asombro. 'A mí no me gusta este cuadro aquí', sentenció la mujer. 'Mejor estaría en el otro lado', replicó su acompañante.
Muchos visitantes redescubrieron el museo en silencio. Al llegar a la galería acristalada que ahora comunica los dos edificios, la instalación de sonido de Sergio Prego provocaba un sobresalto a los desprevenidos.
Desconcierto
Las obras de Gaur, Hemen, Orain despertaron más sorpresas que la irrupción de obras contemporáneas en el recorrido histórico del edificio antiguo. Algunas caras mostraban desconcierto, que no se correspondía con comentarios públicos.
El exterior el museo no ha logrado desprenderse todavía del aspecto que ha tenido durante las obras. Ayer faltaba el agua deslizándose por el cuerpo de la musa del Monumento a Arriaga y la instalación de la obra de Juan Luis Moraza Fanal (Garden of Delights), un conjunto de farolas ubicado en el exterior del museo, aún sin terminar estaba todavía protegida por vallas.
En palabras de Miguel Zugaza los cruces de obras de arte antiguo y contemporáneo, de piezas emblemáticas y obras de exposición temporal invita al 'ejercicio privado de la experiencia del arte'. Ante La aldeanita del clavel rojo, de Adolfo Guiard un hombre permaneció unos minutos observando atentamente el cuadro. Su concusión fue muy personal: 'Se parece a mi nieta'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de noviembre de 2001