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COLUMNA

Vampiros

Cada libro tiene muchas historias, y no sólo aquélla que se agazapa entre sus páginas. Todos los libros que en estos días se amontonan en las casetas de la Plaza Nueva, en Sevilla, y la Plaza de las Monjas, en Huelva, son depósitos de anécdotas, circunstancias, gestos, los de las personas que los eligieron entre las muchedumbres de las librerías y los usaron para combatir el insomnio o acortar un viaje, para refrendar una declaración de amor o decorar la estantería demasiado vacía. Hoy yo paseo por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión y, como todos los años, me entretengo en buscar los rastros de esas vidas pasadas en las superficies de los libros: las dedicatorias, los exlibris, la seca fecha y una firma que nos habla de alguien que perdió su biblioteca. Si la dedicatoria es hermosa compro el volumen, simplemente para sentirme querido por un extraño, para que me alcance parte del sentimiento que quedó cristalizado en alguna de las primeras páginas, y así voy sorbiendo el amor ajeno como un vampiro. Como el vampiro que imaginó John William Polidori, médico de Lord Byron y acompañante suyo aquella mítica noche de principios de verano de 1816, en que junto al matrimonio Shelley, Mary y Percy, y la hermana de ella, Claire, se puso a imaginar historias de fantasmas al calor de la lumbre, frente a un fuego que atenuaba la humedad del lago Leman. En aquella reunión se gestarían muchas cosas: en primer lugar, una de las ficciones más inquietantes y perfectas de la literatura, el Frankenstein de Mary Shelley, pero también la larga sombra de desgracia e insatisfacción que desde entonces iba a apesadumbrar a todos los miembros de la tertulia. Byron moriría combatiendo en Grecia, después de ver morir a su hija Allegra y a un hijo de Mary y Shelley, quien se ahogaría poco más tarde bogando en alta mar. Polidori, el autor de El vampiro, primera aparición en las imprentas de ese personaje que llegaría a ser Drácula, Nosferatu y Lestat, huyó a Londres vejado por su amo, y luego de buscar infructuosamente la gloria literaria se suicidó, solo y triste, colgándose de la lámpara de su casa.

El vampiro es la historia de un monstruo que sobrevive alimentándose de la sangre del prójimo, pero este libro que sostengo hoy en un stand de la feria, y que reúne el relato de Polidori con otros de Shelley, su esposa y Byron compuestos en aquellos días remotos de Ginebra, contiene también otras historias de desengaño. En la página de respeto, bajo el nombre del traductor, una caligrafía de vocales blandas ha trazado unas palabras que acrecientan el frío de esta tarde de diciembre: 'Para Orejita, que te quiero mucho. Francis'. Quizá Orejita no valoró lo suficiente el regalo de Francis, quizá simplemente le desagradaban los cuentos de fantasmas: el caso es que ese pedazo de su amor pasado se encuentra aquí, en esta escombrera, donde también hay arrumbados amistades partidas, divorcios, abuelos sin valor cuyos libros podían alcanzar un buen precio en la reventa. Es como si la desgracia de Polidori hubiera sobrevivido en este volumen pequeño y lindo, que alguna vez una joven desencantada rechazó: y que yo, hoy, para que ese sentimiento no se quede volando en el aire y se pierda, me llevo a casa por ochocientas miserables pesetas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de diciembre de 2001