El beneficio inmediato sobre los consumidores de la puesta en circulación del euro va a ser el fin de las campañas emprendidas por las televisiones públicas para presentar mediante un peculiar sentido del humor (el humor como desgarro intelectual) la nueva divisa. Hace muchos meses, cuando comprobé la cenicienta hilaridad del primer anuncio, no dudé en pensar que el guionista sería un ignoto ciudadano de Finlandia o Luxemburgo que había inyectado su risa neblinosa a la moneda tras ganar un concurso continental.
Al espectador común, tras ingerir el anuncio, se le quedaban los ojos paralizados durante varios segundos y los músculos faciales rígidos. Se trataba, en efecto, de un tipo de humor paralizante nada corriente que debía provenir de una galaxia remota. Supuse, tras una segunda reflexión, que se trataba de una muestra quintaesenciada del humor europeo, o eurohumor, una singular aleación de las razones que necesitan para reír el conjunto de naciones que forman la comunidad cuyo ejemplo más ilustrativo, hasta aquel momento, lo constituía el festival de Eurovisión.
Decidí aguardar las producciones publicitarias ibéricas para así comparar, pero cuando salieron a antena sufrí los mismos efectos patológicos: pupilas dilatadas y sensación general de aturdimiento. Disculpé a los guionistas españoles porque seguramente habían tenido que seguir ciertas pautas comunes y no habían podido introducir su inventiva en la publicidad. Opté por esperar la publicidad institucional de nuestro entrañable Canal Sur, y cuando llegó bajo sus diferentes apariencias humorísticas los síntomas inmovilizadores se manifestaron con aún más severidad.
En especial, el hieratismo del espectador alcanza la plena cualidad pétrea en el anuncio en el que aparecen unos pescadores reflexionando sobre el euro con un ceceo muy apropiado y de pronto un tipo con traje de buzo se lanza contra la superficie de una barca, acabando de este modo original el mensaje y, supongo, que la moraleja, resbaladiza como una medusa y confusa como una madeja. Canal Sur, pues, sólo añadió el acento pero no modificó el mensaje ni su humor.
Fue entonces cuando comprendí que el humor aplicado al euro, o a su pedagogía, era una especie de sacrificio inevitable y seguramente superfluo que debíamos soportar con una resignación metálica. Sólo nos salvaría la emisión de la moneda y el cierre de la campaña.
Incluso la realidad parece seguir el guión de los chistes publicitarios sobre el euro. Un ciudadano de Cádiz fue detenido hace unos días por aprovecharse de un error del banco que convirtió en su cuenta corriente 700.000 pesetas en 700.000 euros (unos 117 millones de pesetas). El hombre, probablemente bajo el influjo de las humoradas de las televisiones, en vez de dar cuenta del equívoco, fue transfiriendo discretamente los millones a diferentes depósitos. Al fin y al cabo, pensaría, el euro está amasado con risa y el error cometido por el banco era digno de figurar en una de estas campañas. ¿A que tiene muchísima gracia?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001