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Raíces

Educa que algo queda

Dicen que las universidades europeas nacieron al calor de grandes bibliotecas. No fue éste el caso de la de Osuna que se sacó de la manga el conde de Ureña un día de la Inmaculada de 1549. Para su creación hubo bula del Papa y hasta se adujo una autorización de Carlos V que al parecer nunca existió. Como Osuna no creció al amparo del bosque de los libros medievales, sirvió de hazmerreír a la caterva de deslenguados que poblaron nuestro Siglo de Oro. El mismo Cervantes la cita con sorna, pues en su época, para referirse a alguien poco esclarecido se decía: 'éste es licenciado por Osuna'.

El mismo desvelo que tuvieron los Ureña por Osuna lo hemos visto reverdecer hace muy poco. En un santiamén Andalucía se ha llenado de Universidades sin que mediaran bulas pontificias ni autorizaciones imperiales. Tampoco había por medio grandes bibliotecas ni otras infraestructuras necesarias para procurar la buena formación del alumnado; sin embargo, para ponernos la facultad en la puerta de casa, se improvisó una zarabanda tal que hoy haría palidecer a la misma casa de Osuna.

Las facilidades que nuestros poderes públicos han dado para rodearnos de universidades contrastan fuertemente con las carencias culturales que las encuestas revelan entre los universitarios. Se ve que no todo es hacer universidades a troche y moche. El reposo no sólo le viene bien al vino, también la ciencia es un saber acumulativo y para que se acreciente y madure, es necesario dejarla reposar. No hemos acabado una reforma cuando nos recetan otra. Desde la enseñanza primaria hasta los estudios superiores no hay títere que se libre del ímpetu reformista de nuestros administradores.

No hace mucho, la teoría de conjuntos, una de las ideas más complejas de la matemática moderna, se enseñaba a nuestros escolares como si se tratara de un corralito en el que había encerradas unas cuantas ovejas. Al poco se cayo en la cuenta de tamaña barbaridad y se volvió apresuradamente a los cálculos aritméticos huyendo del lobo, que se comió a las ovejas encerradas en los conjuntos.

Nuestros estudiantes vuelven a llenar las calles. Esta vez no piden más universidades ni más libros para leer, sino que no les apliquen otra ley de reforma que para colmo, según dice la ministra del ramo, tampoco han leído. Tal vez sea ya tiempo de oponerse a las reformas educativas sin siquiera leerlas. Poner más parches al edificio educativo sin registrar a fondo sus cimientos no nos garantiza más que una precariedad bien administrada.

Si se trata de educar agrandando cada vez más los márgenes de la enseñanza obligatoria o improvisando universidades sin preguntarnos qué sentido tiene llevar a los niños directamente de la maternidad al colegio, o hacer más 'licenciados por Osuna', tal vez seamos cada vez más iguales; pero, sin duda, cada vez menos libres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001