El barrio residencial estaba en las afueras de la ciudad, al pie de una colina nevada, y tenía la sutileza de un paisaje de Monet. Los vecinos de aquel barrio eran comerciantes, industriales y joyeros, que siempre se habían sentido felices y a salvo de cualquier riesgo, hasta que se instaló en el chalé del fallecido criador de puercos, aquel tipo lleno de cicatrices, que apenas si salía de la casa, y sólo a altas horas de la noche. Según los papeles, el intruso era extranjero, pero carecía de antecedentes. Sin embargo, las declaraciones de los vecinos resultaban alarmantes: en sus extraños paseos se dedicaba a examinar las fachadas de las mansiones y sus rosaledas, hasta que se recogía de madrugada, tranquilamente; no asistía a los oficios religiosos; no respondía a los saludos, más que con una sonrisa, que se les antojaba sarcástica, a cuantos se cruzaban con él.
Y fueron tantas las denuncias, que el jefe de policía, empujado por aquellos influyentes burgueses, decidió vigilarlo e investigar su pasado. Por eso solicitó informes a los servicios de inteligencia. En vísperas de Navidad, supo que aquel tipo, muy joven aún, había combatido contra los nazis, hasta que fue a parar a Auschwitz; que en Argentina, sufrió la picana y otras torturas; que en la España franquista estuvo en Carabanchel; que en el Chile de Pinochet casi lo trincan, por ponerse al lado de los miserables. Entonces el jefe ya no tuvo ninguna duda: aquel tipo era un perverso revolucionario. Entonces, llamó a los militares. Y los militares juzgaron en secreto al sospechoso, en su propia casa, y lo condenaron a muerte, por terrorismo. Era la madrugada del 25 de diciembre, y los militares tenían prisa por regresar con sus familias. Así es que lo colgaron sumariamente en el abeto navideño de aquel barrio residencial: un árbol enorme, adornado con toda opulencia y mal gusto. Y la verdad, entre el espumillón, las luces intermitentes, el fulgor de las bolas de colores, la estrella de púrpura y un gran Santa Claus con sus renos, hasta la lengua del ahorcado resultaba decorativa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001