Hace unos días salí por las calles de Madrid en busca de algo atípico. Ese algo podía ser cualquier cosa, daba igual con tal de que fuera distinto a lo anteriormente visto. Paseé durante largo tiempo por las calles más importantes, por las más visitadas, etcétera. No logré encontrar aquello que tanto buscaba y decidí marcharme a mi casa. Un tiempo después volví a salir por las calles de Madrid e hice todo lo anterior, con el mismo final. A la semana siguiente hice lo mismo.
A la cuarta semana se me ocurrió mirar lo que quería, y vi lo que nadie quiere ver. A mi alrededor había un vagabundo, un extranjero y una mujer de mal vivir. Eso no era lo que yo quería encontrar, pero es lo que realmente, y por desgracia, podemos hallar en las calles de la gran ciudad. Tan grande es la urbe que podemos encontrar gente de todo tipo. Lo lamentable y moralmente reprochable, ahora que la moral es tan importante, es que en una ciudad como Madrid (aunque esto valdría para cualquier ciudad), que presume, en especial su alcalde, de ser moderna y todos esos cuentos que los que vivimos aquí no nos creemos, siga habiendo gente sin techo, pidiendo, helándose de frío por cuatro miserables perras -entiéndase monedas- y que el Gobierno de la Comunidad se gaste el dinero en hacer trenes y facilitarles la vida a los mismos de siempre.
Con esto no digo que no se tengan que hacer trenes y mejoras, pero empecemos por mejorar a los que viven aquí, porque de qué sirve un tren de alta velocidad si quien no tiene nada lo va a utilizar para dormir en sus vías o para quitarse la vida por no poder más.
¿Existe en realidad la clase social? Esto lo pregunto porque no es más el que viste de Giorgio Armani que el que viste de rastrillo -afirmo-. Y es que somos tan sumamente hipócritas que decimos que no somos clasistas, cuando en realidad nos da asco juntarnos con la escoria callejera, con ésos que visten de trapillo harapiento y pantalones a medio terminar.
Puede que lo que he encontrado en la calle no me pertenezca o no haya encontrado más que un espejo, pero, aun siendo un espejo de lo que realmente existe, tenemos que concienciarnos de que, si hay algo peor, no tenemos que dejar que a nadie le afecte.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001