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Reportaje:

Montejo de la Sierra, capital de la Andalucita

El alemán Gottlob Werner halló y designó este silicato de aluminio en el pueblo serrano, emporio minero desde el XVIII

Madrid comparte hoy con Asturias el tercer puesto entre las provincias españolas con mayor variedad de minerales, que son Badajoz y Cáceres. En todo el sur madrileño abundan ópalos, ágatas y numerosas variantes del cuarzo que, en su cualidad ahumada, muestra gemas muy bellas en Valdemanco. Allí y en El Berrueco menudea también el cristal de roca y otros cuarzos preciosos, como las amatistas, de cálido color vino corinto.

Incluso el berilo, mineral del que se extrae la esmeralda, se da con cierta abundancia en la zona del valle de Cuelgamuros -históricamente, Cuelga Moros-, próxima a San Lorenzo de El Escorial.

Pero son Vicálvaro y Vallecas los emporios mineros de Madrid. Albergan quizá los más importantes yacimientos del mundo de sepiolita. Se trata de una arcilla yesífera conocida como espuma de mar, empleada para la fabricación de pipas de fumar, piensos para la alimentación de animales, así como excipiente de medicamentos y componentes de aislamiento eléctrico. Cosa curiosa, con la sepiolita se fabrican camas para gatos, de muy elevada demanda en Inglaterra. Dos empresas, con filiales en las principales capitales europeas, explotan estos yacimientos. Los minerales no industriales, sin embargo, apenas se extraen ya del otrora prolífico subsuelo madrileño, aquejado también por la crisis estructural de la minería, que ha cerrado numerosas explotaciones en las últimas décadas.

Pero hubo una vez en la que Madrid y su provincia fueron, por unos meses, un pujante y seductor Eldorado. Noticias fragmentarias de presuntas riquezas en gemas deslumbrantes corrieron de boca en boca por las principales cortes de Europa. Era el año de gracia de 1773. Los rumores entonces desatados hallaron su caldo de cultivo al calor de la fiebre científica contagiada a la Corte de Madrid por el rey-alcalde Carlos III. Su amparo a los estudiosos y a los sedientos de saberes, ingenieros, arquitectos, botánicos, zoólogos y hombres de ciencia en general, atrajo hacia el reclamo de la Corte de Madrid, primero, y al del pueblecito boscoso de Montejo de la Sierra, después, a una de las grandes figuras de la mineralogía de todos los tiempos: Abraham Gottlob Werner, nacido presumiblemente en la localidad sajona de Werhau, cerca de Görlich, en 1749, que destacaría años después como inspector de la Academia de Minas y profesor de Minería del emporio alemán de Freiberg.

La región donde se halla esta ciudad alemana gozaba a la sazón de la tenencia de hasta dos centenares de yacimientos de otros tantos minerales. Desde allí sus gentes expandían su ansiedad descubridora hasta los confines meridionales del Viejo Continente como un reguero esperanzado de bonanza. Werner, atraído por las noticias que le llegaban desde Madrid, se desplazó hasta la localidad montejana y el pueblo vecino de El Cardoso, en Guadalajara, para realizar sus indagaciones mineras, según Javier García Guinea, investigador del Consejo Superior de Investigacioneas Científicas, experto en piedras preciosas.

Era entonces Werner un treintañero ilusionado. De sus estudios y experimentos surgiría un hallazgo singular. Tal fue el descubrimiento -y el curioso bautizo científico aquí - de la andalucita, un silicato de aluminio de colores rosa, marrón, gris y blanco, que engastaba sus hasta entonces desconocidas gemas de simetría en forma de rombos y fluorescencia verdosa en el subsuelo de la sierra septentrional madrileña, surcada por una faja de esquistos de dos kilómetros de anchura donde este raro mineral se encajaba. La prosperidad que el adverso discurrir negaba en la superficie a los predios de Montejo de la Sierra -sólo teñidos de esplendor en el otoño con el fulgor de las copas amarillentas de sus árboles- el subsuelo la regalaba copiosamente encajada en los rincones de las rocas metamórficas que dibujaban con sus trazos un desafiante paisaje.

De los trabajos de Werner, que llegaría a ser el autor de una revolucionaria Nueva teoría de los filones, publicada en la Corte de Dresde el 20 de noviembre de 1791 y traducida al español en 1802, surgió la detección en la sierra madrileña de otras gemas, como las distenas, de color azul o amarillo verdoso, cuya doble dureza le confería grandes dificultades para ser lapidada, además de almandinos, estaurolitas y sillimanitas.

El hecho de que el mineral hallado en Montejo de la Sierra fuera bautizado como andalucita es hoy todo un enigma, provocado quizá por las confusiones geográficas de la época que habrían llevado a Werner a considerar Montejo perteneciente a Andalucía. Una fuente del Instituto Geominero, en la calle de José Abascal, 23, señala irónicamente: 'El aragonito fue denominado de esta manera por haber sido descubierto por científicos forasteros en Molina de Aragón, si bien esta localidad se halla en la provincia de Guadalajara'.

En los subsuelos de Montejo y de Horcajuelo de la Sierra, así como en El Molar, abunda otro de los minerales más espectaculares por su brillo: la moscovita. No lejos de allí, en La Cabrera, existen grandes extensiones de laumonita, al igual que en Valdemanco, mientras que Hoyo de Manzanares ha sido escenario del hallazgo de grandes contingentes de wolframita, muy apreciada durante las etapas bélicas por su elevado punto de fusión, apto para la fabricación de cañones y fuselajes.

De todos estos yacimientos da cuenta la exposición permanente de minerales, desglosados por comunidades autónomas, que cobija uno de los grandes desconocidos de los trayectos culturales y científicos de la ciudad: el Instituto Geominero de Madrid, al que es posible acceder gratuitamente, de lunes a sábados, entre las 9.00 y las 14.00.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de diciembre de 2001